El día 13 de septiembre de 1943 moría el doctor Francesc d’Assís Vidal i Barraquer, arzobispo metropolitano de Tarragona y primado de las Españas, cardenal de la Santa Iglesia Romana desde 1921 (título de Santa Sabina). Nacido en Cambrils el 3 de octubre de 1868, hace ciento cincuenta años, había querido hacerse jesuita, pero, por consejo del obispo Torras i Bages, decidió entrar en el seminario y llevó a cabo los estudios eclesiásticos en Tarragona y la carrera de derecho en Barcelona y Madrid. Ordenado obispo y nombrado administrador apostólico de Solsona en 1914, al cabo de cinco años (1919) se convirtió en pastor de la sede metropolitana de Tarragona, en la que permaneció hasta el 25 de julio de 1936. Ese día, ante el peligro de muerte inminente por parte de guerrillas anarquistas, bajo la protección directa del Gobierno catalán, fue trasladado desde Montblanc, donde estaba encarcelado, hasta Barcelona, ​​y de ahí se embarcó exiliado hacia Italia. Más tarde, cuando Italia fortaleció el eje político y bélico con Alemania, el cardenal tuvo que trasladarse a Suiza. Vidal y Barraquer nunca quiso renunciar a su sede episcopal y tuvo que morir exiliado ante la negativa del régimen franquista a dejarlo volver. Sólo volvieron sus restos, que desde 1978 reposan en la capilla de San Fructuoso de la catedral de Tarragona.

En un tiempo convulso y lleno de enfrentamientos que culminaron en una guerra larga y cruel, el cardenal Vidal lideró la Iglesia catalana desde una visión amplia y profunda, que sumaba fuerzas y concebía Cataluña como unidad pastoral. En este sentido, su labor fue precursor de la que, a partir de 1970, llevó a cabo el arzobispo Pont y Gol. El cardenal entendía que la bicefalia pastoral Tarragona-Barcelona, ​​respectivamente capital religiosa y capital política y cultural del país, debía resolverse según el modelo belga de Malinas-Bruselas: un único arzobispo para ambas sedes, dotadas, esto sí, los correspondientes obispos auxiliares. De esta manera, pensaba, se lograría la unidad de acción pastoral de una manera completa. El proyecto se completaba, según el modelo de Lovaina, con la constitución de un potente centro universitario de la Iglesia en Tarragona, un Pedagogicum, que sustituyera la decadente Universidad Pontificio, suprimida en 1934. Un buen grupo de jóvenes sacerdotes van fueron enviados a estudiar en Roma y en París para ser profesores. El proyecto se fundió con el derrumbe que sufrió la Iglesia catalana, y todo el país, a partir de 1936.

Hombre de gobierno y jurista, el cardenal supo rodearse de lo mejor de la intelligentsia de la época. El seminarista que le hacía de pequeño paje cardenalicio, el canónigo Giralt, me contaba que en la sala de visitas del Palacio Arzobispal había menudo personajes relevantes a quien el cardenal llamaba para impulsar sus proyectos. Y me hablaba del P. Casanovas, fundador de la Balmesiana, y del canónigo Cardó, la mejor pluma sacerdotal de la época. Estos, y muchos otros, sacerdotes y laicos eran la larga manus de un hombre que conocía sus límites y promovía la vitalidad de la Iglesia. La Iglesia del tiempo del cardenal es la que, entre otras cosas, promueve tres proyectos simultáneos de traducción bíblica, la que suscita la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña (fundada en 1931), que en 1936 tenía 22.000 afiliados entre 10 y 35 años, y la que defiende la lengua catalana en la predicación y la catequesis ante el ataque del Gobierno de Primo de Rivera y la incomprensión vaticana. El cardenal lidera la Iglesia catalana con un saber hacer exquisito.

Su relación con el Gobierno español de la Segunda República se caracterizó por la lealtad. Amigo personal de Alcalá Zamora, el cardenal, como presidente de la Conferencia de Metropolitanos, defendió los derechos de la Iglesia desde el diálogo con el Estado, y siempre luchó por la reconciliación social. La República, sin embargo, el defraudó: hombre amigo de los jesuitas, su supresión afectó profundamente. En relación con Cataluña, se mostró favorable al Estatuto de 1932 y, ya antes, había sido considerado «catalanista» en los informes de Nunciatura de los años de Primo de Rivera. De hecho, el cardenal era de la Lliga de Cambó y entre sus amistades había monárquicos como el marqués de Muller, su gentiluomo cardenalicio. Las cosas serán diferentes con el general Franco. Este nunca perdonó que el cardenal se negara a firmar la carta colectiva de 1937 que daba apoyo al régimen en un momento delicado. El cardenal Vidal tuvo que probar amargamente el exilio, la incomprensión y el rechazo. Su respuesta se expresa en una carta escrita desde Italia el 11 de octubre de 1937: «Nada de venganzas, caridad y caridad, por encima de todo y contra otros vientos que puedan soplar en otros lugares».

Vidal i Barraquer fue el cardenal de la paz, si bien acompañada de la justicia y de la independencia de la Iglesia en relación con cualquier opción política. Vidal no quiso ser condecorado por la República ni se agachó ante Franco. Los tiempos posteriores le dieron la razón. Al final de su vida, el Dr. Salvador Rial, administrador apostólico del arzobispado de Tarragona, escribía pensando en el martirio cruento de muchos sacerdotes y laicos en la persecución de 1936: «Indudablemente, entre el clero de la Archidiócesis, la primera víctima fue el Pastor, el eminentísimo señor Cardenal Arzobispo. Sin efusión de sangre, pero auténtica víctima y mártir».

Armand Puig i Tàrrech,
rector del Ateneo Universitario Sant Pacià
Artículo publicado en la revista Serra d’Or. Junio ​​de 2018

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