¿Qué es educar? Su etimología nos remite a la «crianza», pero al final no deja de ser todas las acciones que hacemos con los otros para promover su desarrollo psicocognitiu.

Cada uno de nosotros ha recibido unos talentos (Mt 25, 14-30) educativos: si eres docente cristiano se te han dado unos cuantos talentos, si eres padre / madre / tío / abuelo cristiano…, otros, si eres un ciudadano cristiano otros, pero todos desde nuestro rol social educamos.

En una sociedad altamente sofisticada y tecnológica, lúdica y atractiva, parece que los educadores cristianos de hoy en día (especialmente docentes o catequistas) tenemos un panorama difícil, nuestros alumnos y / o catecúmenos cada vez aprenden menos…, o al menos aprenden cosas diferentes. Podemos hacer algo ante este panorama?

Para educar no se necesitan grandes apologías ni discursos, el testimonio verdadero con el otro (Lc 10,29) es el que mueve el corazón del educando y lo lleva al verdadero desarrollo (Hch 1,8). Esto supone claramente que debemos vincular la emoción. Quién no se emociona no aprende, hay que trabajar desde las emociones (las propias y las de los demás). Si conectamos el aprendizaje con algo que nos importa, o damos retos que motiven (lo que la neurociencia llama activación de «sistemas de recompensa cerebrales») podemos mejorar el proceso educativo. El conocimiento del cerebro y cómo se produce el aprendizaje (neurociencias aplicadas a la educación) también enfatiza la necesidad de aprovechar las neuronas espejo. Estas neuronas, descubiertas en los años 90 por Giacomo Rizzolatti, pusieron de manifiesto que cerebralmente aprendemos de manera similar cuando vemos a alguien haciendo algo o cuando lo hacemos nosotros (se activan las mismas zonas cerebrales). Esto implica que si hacemos simulaciones (role playings), o nos ven actuando, en nuestros alumnos activan estas mismas zonas. Se deriva que hemos sido un gran referente y modelo, para que los patrones cerebrales de nuestros educandos copian los nuestros y los pueden hacer suyos (neuroplasticidad cerebral). ¿Cómo estoy cada día? Como estoy se transmite y se puede copiar (resonancia emocional), como soy y actúo condiciona las personas de alrededor. Qué gran responsabilidad, pues, tenemos con los demás! Hay un firme compromiso personal para ser cada vez mejores y irreprochables (Ef 1,4); una vida personal en la que seamos ejemplo de humildad (Pr 29,23), optimismo (Fl 4,4) y entrega a los demás (Pr 3,27-28).

La neurociencia aplicada al mundo de la educación también nos aconseja que hagamos que el cuerpo participe en el aprendizaje, las posturas estáticas constantes no ayudan. No se trata de hacer educación física, pero se debe permitir que haya movimiento. También refuerza la idea de implicar a los demás: actividades cooperativas con compañeros, con el entorno …; el concepto de trabajo comunitario no es nuevo por los cristianos (Hch 2, 42-47).

Y quizás la parte más importante de un educador cristiano del siglo XXI es hacernos nuestras las palabras del Papa Francisco, «el corazón del (educador) cristiano vive siempre este movimiento de «sístole y diástole»: unión con Jesús y encuentro con el otro». Por lo tanto, hay que llevar los educandos la práctica contemplativa ya la vez actuar en consecuencia …; lo podríamos denominar hacer «oración». Existen ya miles (sí, miles) de estudios científicos que reclaman la necesidad de encontrar espacios de trabajo de interioridad. Los cristianos tenemos experiencia y una larga tradición aquí (Lc 18,1; Mt 6,5-15; Mc 6,46; Mt 14,23; Lc 22,39-46; Mc 11,24; Jm 5,16; Ef 6,20; 1 Tes 5,17; 1 Co 14-15; Rm 8,26), tenemos que aprovecharla. Cuando oramos, meditamos o hacemos alguna práctica contemplativa, serenar la mente, lo que reduce la ansiedad y el estrés ya que «descongestionar» las zonas cerebrales responsables. Las prácticas contemplativas, como dice el Papa Francisco, deben incorporar la acción sobre uno mismo y con los demás: peregrinajes, misiones, acciones de solidaridad, y sobre todo, testimonio (Mt 28,19-20).

Los educadores cristianos tenemos un camino por delante que es un reto, pero como Elías (1 Re 19,7b), una buena comida, que en nuestro caso viene del Señor (Mt 4,4), nos augura el éxito del viaje.

Pablo Muñoz, director del Colegio San Pablo Apóstol de Tarragona
Máster en neurociencia aplicada a la educación, técnico en educación emocional
y miembro de la «International Mind, Brain and Education Society (Imbe)».

Artículo publicado en la revista Església de Tarragona (mayo-junio / n. 304)

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