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Quiero ofrecer una reflexión a título personal y desde el respeto más absoluto a la Asamblea del Cortejo Popular que han tomado la decisión de no recibir el futuro arzobispo Juan. La Iglesia de Tarragona es una realidad viva y activa formada por su arzobispo, los sacerdotes, las comunidades religiosas y miles de ciudadanos de diferentes condiciones y sensibilidades que comparten una historia bimilenaria. En el siglo XXI esta iglesia hace todo lo posible para construir una sociedad mejor. No siempre lo consigue pero lo intenta. Su historia ha sido forjada entre momentos convulsos y de paz, entre grandezas y miserias, entre la lucidez y la contradicción, entre las luces y las sombras, como todas las instituciones. Con humildad acepta sus limitaciones y, diariamente, pide perdón por sus carencias en un anhelo de renovación sincera. Sin embargo, se siente orgullosa de sus contribuciones a la esperanza.

La génesis de nuestra ciudad, renacida hace ocho siglos, es fruto de la audacia de arzobispos como Berenguer Sunifred, Oleguer o Bernat Tort que entre los siglos XI y XII inspiraron y catapultaron un proyecto de ciudad sin el cual nuestra Tarragona no sería la que hoy es. Entretanto, el territorio se iba repoblando a la sombra de una red parroquial y monástica que permitía protección y bienestar a los nuevos colonos. La Iglesia impulsó proyectos de asistencia en el campo de la educación, la sanidad y la protección a los más débiles. Durante la época moderna un elenco de arzobispos, llenos de lucidez y humanismo, desplegaron nuevas iniciativas que contribuyeron al progreso social. Modernizaron la asistencia hospitalaria, fundaron una sólida universidad, dedicaron grandes esfuerzos a la protección de la infancia creando centros para los huérfanos.

En la actualidad, la Iglesia articula por toda la diócesis una red imponente de voluntarios de Cáritas que atienden a cientos de familias e individuos allí donde las administraciones públicas a menudo no llegan. La Iglesia sostiene proyectos en el Tercer Mundo. Siempre lo hace sin distinción de sexo, raza o religión. En el mundo del ocio infantil y juvenil ha sido puntera impulsando la educación en los valores del respeto a la naturaleza y del país. El desarrollo de proyectos educativos a lo largo de la historia ha sido vital. Nuestra diócesis tiene colegios activos con una antigüedad de más de 300 años inspirados por filosofías humanistas que han contribuido al desarrollo integral de la infancia y la juventud. La Iglesia de Tarragona protege el patrimonio y, a través de sus equipamientos culturales, acoge la sociedad civil. Ratifico como muchas iniciativas e inquietudes culturales de personas del territorio han sido acogidas, desde la gratuidad absoluta, en el Museo Bíblico, en el Museo Diocesano, en el Archivo Histórico Archidiocesano, el Seminario y en su Biblioteca, entre otros.

La Iglesia de Tarragona ha podido cometer errores, pero hay que reconocer que sus acciones humanitarias superan, con creces, sus faltas. Parece que un cierto cainismo ha apoderado del país en muchos campos. Ejercemos más de colectivos justicieros que justos. Está bien que seamos valientes y tengamos capacidad de denuncia de todo lo injusto pero también sentido de la moderación, diálogo, transigencia y sana autocrítica. Hemos perdido algo de nuestro humanismo mediterráneo que deberíamos recuperar.

No es un cataclismo social si el Cortejo sale o no a recibir el Arzobispo. La Iglesia continuará estimando la ciudad y, sin distracciones, seguirá ejerciendo su labor evangelizadora y abierta al progreso de las personas en las fronteras de la marginalidad. Sin embargo, esta noticia me ha resultado triste. Me da pena que una hermosa tradición secular se haya truncado. Pero muchos ciudadanos, cristianos o no, recibiremos con alegría o cortesía a un prelado de gran calado intelectual, bondadoso, que ama la tierra y que es un pastor convencido … sin embargo, sin el color del Cortejo de mi ciudad.

Si la decisión nace de culpabilizar a la Iglesia de Tarragona de sus faltas espero coherencia en la Asamblea para emprender acciones respecto empresas o colectivos que también, por acción u omisión, no han estado a la altura de las exigencias éticas. Si la decisión viene determinada por cuestiones de laicidad o de laicismo, quizá estaría bien que el Cortejo se separe radicalmente de la fiesta religiosa, tal vez para acabar descubriendo la gran paradoja que supone tener una esencia que lucha contra la finalidad para la que fue creada.

Andreu Muñoz Melgar, Arqueólogo

Artículo publicado en el Diari de Tarragona  el sábado día 18 de mayo de 2019

 

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