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Mn. Ramon Muntanyola i Llorach nació en la Espluga de Francolí, comarca de la Conca de Barberà y arzobispado de Tarragona, el 2 de abril de 1917. El otoño de 1927, siguiendo el deseo de su madre, entró como postulando al colegio de los padres paúles en Bellpuig de Urgell, donde cursó la latinidad y las humanidades. En 1932 se trasladó el noviciado que los padres de la misión tenían en la isla de Mallorca. Sin embargo, el otoño del año siguiente salió para entrar en el Seminario Pontificio de Tarragona. Allí comenzó a estudiar la filosofía y publicó sus primeras poesías. El 25 de julio de 1936, junto con los otros seminaristas tarraconenses que veraneaban en la Seu de Urgell, fue detenido y encerrado en la cárcel de Lleida donde permaneció cuarenta días. El 1 de septiembre, los seminaristas fueron trasladados al barco-prisión Río Segre anclado en el puerto de Tarragona. Al día siguiente se les permitió ir a sus respectivas casas. El asesinato de su padre, de su hermano y de un tío suyo, y la persecución que experimentaron, tanto él como su madre, les llevó el 1 de noviembre a refugiarse en Barcelona. Finalmente, el 26 abril de 1937 cruzó a pie la frontera con Francia y se trasladó a Mallorca donde continuó estudios eclesiásticos. Terminada la guerra civil retornó a Tarragona y retomó su vida como seminarista tarraconense.

El uno de marzo de 1942 fue ordenado sacerdote en la catedral de Tortosa debido a la ausencia del cardenal Vidal i Barraquer, a quien Franco, por razones políticas, impidió el retorno a Tarragona. Sus primeros trabajos ministeriales de ayuda temporal fueron en las parroquias de Montbrió del Camp y de San Juan Bautista de Reus. El 22 de junio de ese mismo año fue nombrado vicario de Guimerà y encargado de Ciutadilla. El 17 de junio de 1944 recibía un nuevo nombramiento como vicario de Santa María la Mayor de Montblanc y encargado de Prenafeta. Con la llegada del cardenal Manuel Arce Ochotorena, el 14 de mayo de 1945 fue nombrado ecónomo de Farena, Mont-ral y Rojals. Y, además, el 21 de octubre de 1946, el mismo prelado lo nombraba ecónomo los Omells de Na Gaia y de Senan. Su estancia en estas parroquias fue pastoralmente muy fructuosa y marcó decididamente el desarrollo de su ministerio presbiteral.

Su posicionamiento religioso, cultural, social y político ante la dictadura del general Franco supuso que el nuevo arzobispo, Benjamín de Arriba y Castro, lo sacara de sus parroquias, mientras lo defendía ante las autoridades franquistas, pese a no compartir sus ideas. Así, el 9 de octubre de 1951 lo aparcaban en la parroquia de la Selva del Camp, donde estaba como colaborador mientras residía en la Casa de Ejercicios. Finalmente, el 10 de febrero de 1959 el nombraban cura adjunto de la Casa de Ejercicios Cardenal Arce. La solución parece que fue contraproducente, pues la Selva del Camp era una villa marcadamente catalanista y despierta culturalmente y, por otra parte, su situación ministerial relativamente liberada le permitió continuar las misiones populares, escribir y mantener contactos con personas de ideas afines de toda Cataluña.

El 22 de febrero de 1960, parece que también debido a presiones políticas, fue trasladado a la parroquia de Santa María del Mar de Salou. Allí murió como ecónomo el 10 de septiembre de 1971.

Conocemos y celebramos Ramon Muntanyola como poeta y escritor, sin embargo, Mn. Ramon Muntanyola fue siempre y en todo momento un presbítero de la Iglesia que peregrina en Tarragona. Así pues, quisiéramos mostrar algunos acentos de este su singular ministerio sacerdotal.

En 1974, el Dr. Josep Pont i Gol, en ocasión de la publicación de una miscelánea que se preparó con motivo de su fallecimiento, escribía un artículo titulado: Era “Mossèn Muntanyola”. El arzobispo y primado lo recordaba diciendo: Yo he tenido siempre mosén Muntanyola como un hombre de conceptos claros. Un hombre, por consiguiente, que sabía el trabajo que había que hacer en cada momento. Sin duda que la meta de su vivir le era clara y sin sombras. Y como era así, mosén Muntanyola fue siempre el mismo. Y aunque remachaba su parecido añadiendo que, si queremos buscar las razones de esta serenidad, necesitamos cavar a fondo en el complejo de su acusada personalidad. Las raíces son profundas, pero en él siempre fáciles de descubrir, y son las que hacían de Mn. Ramon un hombre vitalmente creyendo. Un hombre que se sentía plantado al borde de Cristo, del que recibía luz y vida constantes. Su fidelidad al Evangelio nunca desdijo.

Su fe le llenó la vida. Su sacerdocio, concreto y constante, vivido hasta el último aliento, en servicio a la comunidad, es la raíz más profunda de mosén Muntanyola como hombre completo, como cristiano sincero, como ciudadano responsable, como poeta apasionado, como fraternal presbítero tarraconense. Él es sacerdote y esto da unidad, firmeza y definición a todo lo que él ha sido. Mossèn Muntanyola es esto: «mosén» Muntanyola. Y también el mismo Muntanyola, en 1947, en los inicios de su ministerio, confesaba a los fieles de las parroquias de los Omells de Na Gaia y Senan el sentido profundo de su vocación sacerdotal: Estoy entre vosotros como un enviado -humil ministro del Cristo- en cumplimiento de un deber contraído ante Dios y del Prelado quien me consagraba Sacerdote. Sonido venido para hacer viviente entre vosotros el reino de la Verdad, para hacer vibrar en su oído y en las entrañas del corazón vuestro, la palabra evangélica. Estoy aquí para haceros participantes de los grandes misterios de Dios, para repartiros el Pan eucarístico y haceros comensales de una misma Mesa… y hermanar a todos en Cristo-Jesús. Hermanar a todos sin distinción de clases, ni de personas, ni de tendencias políticas, ni sociales. Aquí mi misión, que Dios me ayude con su gracia a cumplir fielmente: ser el Pastor de vuestras almas. Como tal, tengo que hacer sentir la voz a las ovejas. Y es mi anhelo que para todas resuene dulce y apacible, amorosa y desinteresada, para que, dóciles, pueda reunir todas y ponerlas bajo la guía del Supremo y divinal Pastor.

Mn. Muntanyola fue pionero en utilizar los medios de comunicación social con el fin de ayudar a su ministerio. Sin embargo, lo hizo siempre con rigor, con gusto literario y de forma profesional. Así pues, al publicar La Veu de la Parroquia explicaba: Por la gracia del Señor es considerable el número de los que asisten los días festivos en el Templo para oír la Santa Misa y escuchar la palabra de Dios. Aunque no podemos quedar satisfechos. El anhelo del sacerdote es que todas las almas encomendadas a su cuidado pastoral no se vean privadas del alimento de la doctrina evangélica. Con la redacción semanal de La Veu de la Parròquia hemos pensado particularmente en aquellos hermanos nuestros que impedidos o distraídos de los preceptos dominicales pasan semanas y semanas sin hacer caudal de los problemas religiosos, de la divinidad de Jesucristo y de la Iglesia, de la salvación de el alma, etc.

Precisamente, pensar en el bien de sus feligreses le llevó a emplear y defender el uso público de la lengua catalana. En esta lengua redactó siempre La Veu de la Parròquia (1947-50). Con todo, hay que decir que nunca quiso limitar el uso de nuestra lengua en el ámbito eclesiástico, de la predicación y de la catequesis. Al contrario, como lo demuestra la publicación de la revista Ressò (1950-1952), de carácter eminentemente literario y cultural, reclamó por el catalán la dignidad que merecía en todos los ámbitos de la vida cultural de nuestro país. En 1951, en un editorial de Ressò, titulado Fátima, Tedeschini y la lengua materna, en defendía la ineludible necesidad de emplearla. Aprovechaba la llamada, que el cardenal Tedechini había hecho en favor de la escolarización de los niños, cuando glosaba la figura de los pastorcillos de Fátima. Mn. Muntanyola siguiendo el razonamiento del purpurado no estaba de afirmar: ¡Saber leer! Y, a fin de saber, a fin de comprender las palabras, es imprescindible iniciarse y afianzarse en el conocimiento de la lengua propia. No lo han entendido así muchos dirigentes de pueblos que, por otra parte, han querido ser fieles intérpretes del pensamiento de la Iglesia. Por el contrario, se ha tratado más en concreto de instruir religiosamente los niños, han condicionado la enseñanza de la doctrina cristiana al uso de la lengua oficial, a pesar de no ser entendida por los alumnos. (…) Los que nos sentimos aludidos, sacerdotes, intelectuales y católicos conscientes de la hora, mientras recogemos, conmovidos, las palabras luminosas de la Madre de la Sabiduría, nos proclamamos -frente a todas las adversas opiniones y maniobras- firmes defensores del derecho, que tienen los pueblos, del uso, cultivo y enseñanzas de la lengua con la que Dios les ha dotado. Convencidos, aún, que nuestra incuria en este sentido fuera prestar un mal servicio a la Iglesia, y podría hacernos responsables de la descristianización del país. No nos apartamos ni un punto de la trayectoria espiritual señalada por nuestro Obispo Torras, cuando decía: «Hable a Dios cada pueblo en la lengua que le es natural y propia, y entonces no sólo expresará mejor sus pensamientos y afectos, sino que los comprenderá y sentirá mejor él mismo, ya que la palabra material contribuye tanto a la iluminación intelectual del hombre. Sea el cristiano dócil a los ejemplos y enseñanzas de Dios, y si Él ha querido hablar a cada pueblo en la lengua que le era natural y propia, no quiera el pueblo apartarse de esta divina enseñanza hablando al Señor en lengua forastera” (La Tradició Catalana, cap. VII).

Mn. Ramon Muntanyola fue un gran predicador de misiones populares. Su merecida fama, fundamentada sobre el uso brillante, rápido, conciso y concreto de un amplio vocabulario, lleno de metáforas que poblaban el imaginario popular, pronto sedujo sus oyentes. A pesar de que el nacionalcatolicismo había hecho de las misiones populares su buque insignia, Mn. Muntanyola las supo transformar en verdaderos espacios de encuentro y de evangelización. Por eso no quería que nadie, llevado por prejuicios menudo comprensibles, se pudiera ver privado de una oportunidad de salvación. No es, pues, extraño que en 1949, en la llamada que publicó con motivo de la misión popular que se celebró en su parroquia los Omells de Na Gaia, dijera: La Santa Misión es la gran nueva que os anuncio. La que pregonaba el Ángel, la noche de Navidad, era la venida del Salvador quien, en la persona de los misioneros, intensificará entre vosotros la misión redentora que le llevó a la tierra. Es Jesús que vuelve. Escuchadle! Ven a la Misión! No la rechace, no la mira con indiferencia. Cuando oiga resonar entre vosotros la voz de Cristo, no desee paso mostrarle duros de corazón. Si os hubierais distraído de sus deberes religiosos, si una actuación política o social o la incomprensión de este o aquel sector le hubiera alejado del templo, no temáis que acudir a la Santa Misión. En estos tiempos de discordias entre los hombres y las naciones, en esta época de fracasos de partidos y de sistemas, la única doctrina salvadora es la de Jesucristo. La Religión, cuanto más se conoce más quiere. Si no lo quieres, es que no la conoces. La Santa Misión te la hará conocer y te la hará amar, y amándola y practicándola serás totalmente feliz. (…) Conjuntamente a la restauración del templo parroquial que, con sus esfuerzos y con la ayuda moral y económica de los superiores jerárquicos, hemos visto finalizada, no puede faltar la restauración espiritual. Si fue el empuje de la Fe quien hizo levantar a sus padres, que sea esta misma Fe renovada y viva quien lo sostenga y la embellezca.

Y, para terminar, una mirada sobre el papel de la Iglesia ante los estragos causados ​​por la guerra civil y la dura posguerra. Mn. Muntanyola, a pesar de la dolorosa experiencia familiar de la muerte de su padre, del hermano y de su tío, asesinados en 1936, y de la persecución religiosa en la que se vio sometido, rehusó siempre, de acuerdo con la doctrina pontificia de Pío XI sobre la libertad de acción pastoral de la Iglesia ante las intromisiones de la autoridad civil, el casamiento de la Iglesia española con la dictadura del general Franco. Esta posición, defendida desde el exilio por el cardenal Vidal i Barraquer, aparece sorprendentemente de forma inmediata en su correspondencia recién terminada la guerra. Así, el 4 de abril de 1939, el joven seminarista Muntanyola, desde Mallorca, escribía a un compañero seminarista: ¿Qué dicen de nuestro eminentísimo señor cardenal? Volverá? Se levantan en Tarragona las iglesias derruidas o se atiende más principalmente a la erección de centros de Falange? No nos dejemos deslumbrar por ciertas organizaciones materiales, políticas, perecederas: nuestra ilusión no debe ser otra que la amparada bajo el estandarte de Cristo: «Somos caballeros fieles de Cristo». Nadie puede decir que esto sea acción disolvente. Sabemos que el sacerdote debe situarse al margen de estas cosas. No hacemos sino cumplir el deber de gran responsabilidad mañana. No es, pues, nada raro que se le tildara de apóstol de la reconciliación y del perdón en un tiempo en que muy pocos, también en el ámbito de la Iglesia, se atrevían a hablar de perdón. La experiencia personal, significada en el posicionamiento decidido de su madre en favor del perdón y de la no delación de los asesinos de sus familiares, de los que conocía sus nombres le sirvió de argumentación en muchas de sus predicaciones misionales. Así, pues, la misión popular, signo máximo de expresión del nacional, se convertía en una herramienta discreta, respetuosa, pero sin duda eficaz, de reconciliación y de perdón. Así, se podía verbalizar el dolor, la impotencia y la frustración, reclamar justicia en lugar de venganza y ofrecer perdón en lugar de resentimiento y de odio.

En 1946, Mn. Ramon Muntanyola, durante una misión popular celebrada en Perafort, escribió un poema que deseaba que iluminara su último momento. Nosotros lo ofrecemos como un homenaje reconocido a quien fue el gran biógrafo del cardenal de la Paz, aquel otro ministro de la reconciliación.

Quan jo em mori
colgueu-me sota terra
i no reseu cantant,
que és massa trist.

Quan jo em mori
colgueu-me sota terra
i deixeu-me ben sol
amb el Sant Crist.

Manuel Maria Fuentes i Gasó, pbro.
Vicario episcopal y director del Archivo Histórico Archidiocesano  de Tarragona

Artículo publicado en la revista El Bon Pastor (n. 91-92 / Julio-Agosto de 2017) 

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