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En nuestra ciudad, la vida de muchas personas ha quedado rota cuando ha entrado en juego una fuerza oscura de violencia, de odio y de muerte. El día 17 de agosto, la Rambla era un paseo de paz para muchos visitantes de la ciudad de Barcelona, cuando de repente cayó encima de ellos el sin sentido, la barbarie, lo mas tenebroso en el espíritu humano. El mal puede tomar varias formas, pero siempre es una agresión en el bien, una herida que golpea a la persona, de manera individual o colectiva. El mal es la antítesis de la misericordia. Quien lo practica en la forma en que se ha practicado en Barcelona y en Cambrils ha tenido que quedarse sin alma antes, es evidente que alguien se la ha arrancado de cuajo. Tan sólo cuando un ser humano se convierte en un ser sin alma, puede matar sin ningún sentimiento de culpa ni remordimiento, incluso desafiante y con complacencia.

Cuando el alma se convierte en la estancia del odio, cuando todos son tenidos por enemigos —salvo quienes interpreto que pertenecen a “mi grupo”—, entonces se llega a la conclusión de que hay que llegar a una especie de “solución final”. Entonces el terror sin rostro y sin entrañas queda justificado. Nada hace que los que caen sean seres humanos, ni que sean personas inocentes, ni que sean seres indefensos —¡muchos de los cuales niños!—. Ahora, la medida del acto es el propio mal, convertido en el bien supremo. Cuando el ser humano queda “devorado” por una idea, cuando el alma que da sustituida por un volcán de odio, entonces el bien y el mal dejan de existir, todo pasa a ser legítimo. La sacralidad de la vida y de la dignidad de la persona humana dejan de existir.

La bajada de la furgoneta por la Rambla buscando la muerte era el odio desbocado llevando la deso-lación a la tierra. Como en una pintura negra de Goya, la terrible tiniebla se imponía a la bonita luz barcelonesa de la tarde de agosto. Ante la tragedia de los cuerpos extendidos por el suelo, se mezcla-ban los sentimientos y las actitudes: incredulidad, compasión, socorro, derrota, rabia… y odio. En efecto, la victoria del mal pasa por extender la muerte pero también quien practica el mal en la forma en que se ha hecho en Barcelona y Cambrils ha tenido que quedarse antes sin alma por contagiar el odio. La mala hierba se propaga rapidamente. Los que no tienen alma quieren convertir el mundo en un cementerio del bien, en un reino de violencia, donde todo sea legítimo. Por lo tanto, la primera respuesta a los que han llenado de sangre Barcelona es la que dio Antoine Leiris después de que su esposa fuera víctima del atentado terrorista en la discoteca Bataclan de París: “Vous aurez pas ma haine” (“no tendréis mi odio”).

La segunda respuesta viene de la primera: la mejor arma contra el odio es la solidaridad concreta, la que empieza con la persona que tienes al lado y continúa con la que no conoces pero que se cruza en tu camino (sea de aquí o de fuera). La reacción de tantos hombres y muj eres al atentado del día 17 muestra el camino que hay que recorrer: construir una Barcelona cohesionada por la convivencia, en paz y sin miedo, acogedora y amiga. El odio no tiene que triunfar. Porque si triunfara, nuestra ciudad quedaría derrotada. Al “no tengo miedo”, hay que añadir un rotundo “no tengo odio”.

Armand Puig Tàrrech, pbro.
Rector del Ateneo Universitario Sant Pacià

Artículo publicado en La Vanguardia el día 21 de agosto de 2017

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