No tenía figura ni belleza que se hiciera admirar, ni una presencia que lo hiciera atractivo (Is 53,2).

Hace unos meses que estoy en Instagram. Allá he encontrado a muchos de los jóvenes, chicos y chicas, que había conocido como niños y adolescentes cuando llevaba la catequesis del convento de Arenys de Mar. Cuelgan sus fotos. Saben cuidar su cuerpo, saben posar para la fotografía, saben vestirse a la moda y saben usar los filtros del móvil. Se los ve orgullosos de su figura, y con razón. A veces parecen bajados del antiguo Olimpo. Intercambian «piropos» en los comentarios debajo de las fotografías, y casi me siento tentado de añadirme… Pensando, quizás expresan algo que va más allá de sus fotos. Nos hablan de un mundo, de nuestro mundo occidental, que se mira al espejo con satisfacción, que se siente justificadamente orgulloso de tantos adelantos logrados, de tanta salud y vida alargándose durante tantos años para tanta gente, de tanta información al alcance de la mano solo de hacer un «clic». Todo parece bajo control, y se nos pasa el mensaje que todo está a punto porque cada cual busque, y encuentre, su felicidad. Cuando, de golpe, todo parece saltar. La pandemia del Covid-19 nos hace sentir frágiles y vulnerables. Quizás nos habíamos creído que seríamos dioses, y el virus ahora viene a recordarnos que somos humanos…

Y, mientras tanto, nos encaramos hacia la Semana Santa, y voy rumiando los textos de Isaías que leemos cada año en el Viernes Santo, antes de escuchar la Pasión según San Juan. Dios no nos viene a encontrar como un dios. De tan desfigurado, ni siquiera parecía un hombre (Is 52,14). El antiguo relato de la Torre de Babel ya nos había avisado que no se llega a Dios haciendo subir hasta el cielo nuestra ciencia y tecnología, ni tampoco sintiendo que lo tenemos todo bajo control. Dios baja, viene a encontrarnos, allá donde parecemos menos divinos, allá donde nos descubrimos débiles, vulnerables y contingentes, incluso allá donde se nos presenta, como una evidencia indeseada, nuestra realidad de pecadores. Sus heridas nos curaban (Is 53,5). ¡Que extraña y difícil de comprender que se me presenta esta frase cada año! ¿Cómo pueden curar unas heridas? La respuesta se encuentra en el versículo anterior: Él llevaba nuestras dolencias y había tomado encima sede nuestros dolores (Is 53,4).

Estos días en la vida religiosa muchos recordamos el heroísmo de nuestros antecesores, que se exponían al contagio y ofrecían generosamente la vida en tiempo de peste para tener cuidado de los infectados. A nosotros, pero, se nos manda estar en casa, y entendemos que tiene que ser así. Quizás son días en que tenemos que redescubrir el valor de la plegaria. Somos llamados a ser intercesores, puesto que creemos que Dios puede intervenir y, incluso cuando no lo dice, el mundo cuenta con que nosotros lo pediremos. Pero solo intercederemos correctamente si bajamos al fondo, si entramos en sus heridas, allá donde Él hace suyo el dolor de los enfermos y de sus familiares, el cansancio del personal sanitario, la grieta que este virus ha abierto en nuestra seguridad personal y colectiva; allá donde Dios no nos viene a encontrar como un dios ni como un perfil de Instagram; allá donde entendemos el que decía aquel gran maestro de la vulnerabilidad como camino hacia Dios que fue el hermano Roger de Taizé: Con nuestras espinas, Tú enciendes un fuego. Y en nuestras mismas lesiones, haces crecer una flor del desierto.

Fra Eduard Rey
Ministro Provincial de los Capuchinos O.F.M. Prov. Catalunya
Presidente de la Unió de Religiosos de Catalunya (URC)

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