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Estamos viviendo unos meses de mucho dolor y sufrimiento. Nadie esperaba que la prueba fuera tan dura. Nadie se podía imaginar sufrir la cruz que todavía nos aflige. Un viacrucis silencioso de familias, enfermos, muertos…

Y en medio de tanta aflicción ha estado presente la Iglesia. No ha sido confinada ni ha cerrado sus puertas. Al contrario, Cáritas ha mantenido de manera presencial los servicios esenciales y ha continuado el resto de servicios de manera telemática, no ha cesado la atención a las personas mayores y las familias más vulnerables o la acogida a las personas sin techo. El compromiso de muchos jóvenes ha hecho que hayan salido a la calle para tomar el relevo a los voluntarios de edad más avanzada. Las parroquias se han reinventado poniendo en marcha numerosas iniciativas, como la retransmisión de las eucaristías por Internet, estando al lado de miles de personas diariamente. Y ante la muerte de un ser querido a las familias no les ha faltado el acompañamiento de los sacerdotes.

Y sólo hay una razón que hace posible toda esta tarea: la generosidad movida por la fe. La generosidad de tantas personas que han continuado ofreciendo, y seguirán ofreciendo, su tiempo, sus cualidades y dones, y todo lo que tienen, sea poco o mucho.

Hemos estado juntos. Hemos sumado. Hemos sembrado una nueva humanidad. Por estas y por muchas razones más es importante marcar la casilla de la Iglesia, así como la casilla de los fines sociales, la declaración de la Renta. Para que la Iglesia continúe sirviendo con diligencia en su tarea pastoral, celebrativa, evangelizadora, educativa, cultural y caritativa.

Daniel Sobradillo, ecónomo diocesano

 

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