Este es el tema de vida Creciente de este curso. Lo primero que hay que decir es que la Iglesia somos todos. Todo juntos formamos el pueblo de Dios. La Iglesia no es la jerarquía, el Papa, los obispos y los sacerdotes. Tenemos papeles diferentes, pero todos hemos recibido de Cristo una gran misión, profética, sacerdotal y apostólica o misionera. Profética: Cristo habla a través de nosotros, Cristo se expresa a través nuestro. Si Cristo es la palabra encarnada, hoy la palabra de Dios se encarna en nosotros, de tal manera que toda nuestra vida debe estar informada y empujada por la palabra de Dios, que nos quema por dentro y nos lanza a acaecer testigos.

La nuestra es una Iglesia sacerdotal, quiere decir que hacemos de intermediarios entre Dios y la humanidad, hacemos que la angustia y la esperanza de los hombres llegue a Dios y que la bondad de Dios llegue a los hombres. Cristo vive en nosotros, Cristo se inmola en nosotros, Cristo se ofrece al Padre por la salvación del mundo a través nuestro. Nuestro sacrificio callado de cada día, unido al sacrificio salvador de Jesucristo, tiene una gran fuerza salvadora. San Pablo decía: «suple lo que falta a la pasión de Jesucristo.» La pasión de Jesucristo es la pasión del hombre, todo el cuerpo místico. No puede ser que la cabeza sufra sin que azufran los miembros. La pasión de Jesucristo se hace presente en nosotros en la medida en que nosotros sabemos decir «amén» a la voluntad del Padre, como Cristo en el huerto de los olivos. Jesús asume la responsabilidad de todo el mundo.

Y somos un pueblo apostólico, misionero. Todos, por el solo hecho de ser cristianos, tenemos la misión de hacer crecer el Reino de Dios en nuestros ambientes, en nuestro país, entre nuestros vecinos, en nuestro pueblo o ciudad. Donde quiera que nos encontremos, debemos ser mensajeros de paz, de alegría, de libertad, de amor y de esperanza. El Reino de Dios no se hace solo. Es verdad que es Dios quien lo construye, pero lo hace a través nuestro. Como la cepa que da fruto no en el tronco, sino en los sarmientos. El Concilio Vaticano II, en el documento sobre la Iglesia, no quiso empezar hablando de la jerarquía, aunque el primer esquema estaba redactado así, sino sobre el pueblo de Dios. Porque tanto la jerarquía como nosotros formamos parte de la Iglesia, que es el pueblo de Dios por excelencia.

Según el decreto sobre el apostolado de los laicos del Concilio Vaticano II, la misión primordial de los laicos consiste en la transformación del orden temporal. Quiere decir que los laicos deben estar presentes en el mundo con una actitud solidaria, crítica y transformadora. El mundo, nuestro mundo, no nos place. Cambiamoslo. Esta es la misión que Dios encomienda a los laicos. Por eso hay que estemos presentes en el mundo de la política, de la economía, de la convivencia social. Hemos de querer que el Reino de Dios se haga presente en todas las instituciones, en todas las estructuras, en todos los ambientes. Debemos ser partes sembradores de paz, de alegría, de libertad y de amor. «Allí donde no hay amor, pon amor y cosecharás amor.» Si queremos cosechar frutos de vida eterna, debemos empezar por ser sembradores de las semillas de Dios. Pío XII decía a una concentración de jóvenes reunidos en Roma: «Yo, Papa, tengo una gran misión en la Iglesia, soy bien consciente.» Los obispos tienen un papel muy importante y también los sacerdotes en cada una de sus parroquias, pero ni el Papa ni los obispos ni los sacerdotes no podemos suplir en sus puestos de trabajo, de diversión, de convivencia. Tiene un papel insustituible.

Ricard Cabré
Fuenta: Catalunya Cristiana, 25 de septiembre de 2016

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