El Año litúrgico comienza donde acaba: no tiene fin en sí mismo. Es un ciclo nunca cerrado, siempre abierto; sabiamente dispuesto, de tal modo que su final coincide con su principio. La solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey de todo el mundo, es la proclamación de la realeza de Cristo con la esperanza de su regreso. El Año de gracia del Señor se inicia con el I Domingo de Adviento con el anuncio de la venida escatológica del Señor. La Palabra celebrada, escuchada, entregada y contemplada en los cuatro domingos de Adviento intensifica en nosotros la gloria del Señor resucitado que, habiendo venido en nuestra humanidad, viene constantemente a nosotros en la gracia de sus sacramentos y vendrá en la gloria a la fin de la historia. La Iglesia, como Esposa, desea intensamente la venida del Señor y con el Espíritu clama incesantemente: «Ven, Señor Jesús.» Vive de la gran esperanza del regreso del Señor.

Las primeras palabras del Misal son estas: «A ti elevo mi alma, Señor.» Toda la liturgia cristiana es una elevación del alma en el cielo, un mirar más allá y hacia el Señor, que viene siempre a nosotros. Empezamos este año el Adviento con gran humildad, con espíritu de niños, abiertos a las sorpresas de Dios. El Adviento es el tiempo de la infancia de la Iglesia que espera siempre confiada a los dones del Señor. El mundo y la Iglesia han sufrido demasiado como para caer en superficialidades. Vivimos tiempos muy serios y cruciales, y se nos pide una gran responsabilidad en la vivencia de la fe. En este sentido, es necesario celebrar el Adviento con una gran conversión de corazón, con una solidaridad muy grande hacia quienes sufren y con mucha oración.

El papa Francisco ha convocado el Sínodo de la Iglesia universal y nos ha dado tres palabras que definen la vida de la Iglesia: comunión, participación y misión. Las tres dimensiones tienen su origen y la posibilidad de estar en el Espíritu Santo. Él es el creador de la humanidad, él nos hace participar en la vida de Dios y es también él que anima e impulsa la misión de la Iglesia. Él realmente es el alma del cuerpo de la Iglesia. Es quien la vivifica.

La palabra sínodo significa: «hacer camino juntos.» Pero este camino viene marcado por el Señor, que se ha autodefinido como camino (Jn 14,6). Es por el camino marcado por el Señor que debemos andar, si vamos por otros caminos nos perdemos. La hoja de ruta de la Iglesia ya está trazada por la cruz del Señor. No hacemos el camino solos, lo hacemos siempre en y con el Señor. Él es la posibilidad de que caminemos juntos, sin Él no hay camino posible que hacer. Es con Él, en su gracia, que debemos escucharnos unos a otros y acogernos. El otro por cristiano es siempre un hermano, nunca un opositor y menos un enemigo.

Liberémonos de los prejuicios y vencemos la tentación de creer que el querer del Espíritu es lo que piensa cada uno o un grupo determinado. Los demás también tienen el Espíritu. Podemos caer en la tentación de hablar de sinodalidad y no vivirla o practicarla. La sinodalidad eclesial se practica en la cotidianidad de la vida de nuestras parroquias y diócesis. En Dios no hay nada complicado, tampoco la vida cristiana y eclesial debe ser complicada. Es un andar gozoso en la historia anunciando con palabras y obras que Dios ama al mundo. Los cristianos somos testigos de la gran esperanza del Reino.

Es con el Señor Jesús que debemos descubrir el querer del Espíritu por el momento presente de la Iglesia. No hay sinodalidad sin espiritualidad. Es un camino juntos en Cristo, atentos a lo que nos quiere decir el Espíritu Santo. Si no hay espiritualidad todo se convierte en ideología en la Iglesia y palabras vanas. Está bien unido a Jesús que debemos caminar unos con otros, nunca unos contra otros y menos sin otros. La Eucaristía es la manifestación más llena de la sinodalidad eclesial. Allí nace por la participación del Cuerpo de Cristo y desde allí crece constantemente. Las crisis a veces des-programan los proyectos eclesiales y pastorales porque nos damos cuenta de que no vamos bien y necesitamos empezar siempre. Entonces la crisis es un don y una gracia.

Los cristianos también sabemos el lugar al que lleva el camino: el Reino de Dios. Si no sabemos dónde vamos, no podemos saber el camino. ¡Vivamos el don del Adviento! ¡Preparamos la Navidad! ¡Caminamos juntos en el Señor!

Rafael Serra, pbto.

Artículo publicado en la Hoja Dominical de 12 de diciembre de 2021 (n. 3744)

 

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