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Jesús nos prometió una vida plena, no una vida fácil. Si el Hijo de Dios vivió con la complejidad y la dureza con la que vivió, cómo queremos que nuestra vida personal, y como Iglesia, sea fácil o un camino de rosas? Y diría más, si a Jesús la vida le fue complicada, cuando Él era el hombre sin culpa, como no será más complicada la nuestra, que además de la complejidad, debemos añadir nuestro propio pecado y la responsabilidad de nuestras decisiones, no siempre acertadas.

Digo esto, no porque no crea que este mundo y estos tiempos no estén llenos de oportunidades y de momentos buenos, bonitos y felices. Es cierto que vivir la vida con Jesús es vivirla de una manera plena, y por tanto, ¡rebosante de felicidad y vitalidad! Todo esto lo digo porque no quiero aludir el hecho de que el momento que vivimos como Iglesia es complejo: la situación diocesana se encuentra en un momento de cambios, y no sólo episcopales, también cambios profundos en su estructuración y base; vemos con dolor deserciones anónimas y silenciosas de entidades, personas, y realidades de Iglesia que van diluyendo o abandonando su vida e identidad cristiana; se nos clava en el corazón lo que leemos en titulares periodísticos que nos hablan de delitos de pederastia u otros abusos perpetrados por sacerdotes u otros cristianos, sumando las dificultades que encuentra la institución eclesial para resolverlo adecuadamente; también observamos con tristeza las tensiones intraeclesiales entre grupos, facciones y pensamientos, que podrían ser vividos como riqueza y complementariedad, pero habitualmente se muestran como luchas cainitas…

Cuando a veces tenéis que bajar la cabeza en conversaciones del bar; cuando en los grupos de whatsapp no sabéis cómo reaccionar, cuando corren risotadas de lo que somos como católicos; cuando en el trabajo os piden explicaciones de lo que sale en las noticias sobre la Iglesia como si vosotros fuerais los responsables o los portavoces; cuando en las cenas con amigos sois el blanco de comentarios o interpelaciones; cuando la familia os pregunta por qué todavía vais a la parroquia…; este dolor, desconcierto, cansancio y tristeza, es también el mío, y el de la mayoría de los miembros de la gran familia de la Iglesia, gracias a Dios!

Es necesario que no olvidemos, y lo quiero subrayar, que toda circunstancia de crisis es una oportunidad, y esto no sólo es un decir. Sabemos que vale la pena seguir a Cristo (¡y tanto que vale la pena! diré más, es lo único que vale la pena!). Nadie nos dijo que fuera fácil ser cristiano, lo que sí que nos han dicho es que si lo vivimos con profundidad, y eso pasa necesariamente por la familia que es la Iglesia, no sólo vale la pena, sino que llena la vida de una savia llena de vitalidad, paz, fortaleza, alegría, da fruto y fruto en abundancia. Saberlo nos debe dar esa perspectiva necesaria para vivir el momento presente más junto a la cruz de Jesús, y por tanto, alimentados por los sacramentos, y acompañados de María, la madre de la Iglesia santa.

Deseo de todo corazón que vivamos este momento como un reto para crecer en firmeza y radicalidad evangélica y eclesial. Iluminados por los grandes santos de la Iglesia seamos fermento para una renovada hornada de cristianos.

Simó Gras i Solé, pbro.

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