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Josep Frigola Ribas nació en Ventalló (Alt Empordà) el día 21 de junio de 1941. A los diez años entró en el Seminario de Girona y los veinticuatro fue ordenado sacerdote. El 21 de octubre de 1965 llegó a la diócesis de Kupela (el actual Burkina Faso) como miembro de los Misioneros de África (Padres Blancos), sociedad fundada en Argel por el cardenal Lavigerie. Después de cincuenta años en África afirma que lleva a los países africanos en el corazón para siempre.

Manos Unidas Tarragona ha invitado este año Mn. Josep Frigola para impartir la conferencia de inicio de campaña de esta organización.

-Actualmente Más de 800 millones de personas padecen hambre. Usted, que ha sido misionero en África, ha debido vivir esta realidad muy de cerca…

Ay sí, Dios mío, estas y otras cifras nos tocan el alma y no llegamos a hacerlas bajar. Las promesas y resoluciones del milenio nos querían hacer creer que se reducirían de forma drástica con dos décadas, pero nada de nada. Parece que nos volvamos insensibles ante la derrota de los derechos humanos más elementales.

Cuando te encuentras ante la realidad, ante mucha gente que sufre y se muere de hambre poco a poco, esto hiere mucho más. En cuanto a mi experiencia, sí puedo dar testimonio de los largos años que he vivido en Burkina Faso y en Níger con sequías repetidas, viendo en algún u otro lugar poblaciones enteras atenazadas por la sed y el hambre. La situación geográfica, el crecimiento demográfico y otros factores no ayudan nada para que estos países salgan de sus problemas crónicos. Ya hace años que estan clasificados como los más pobres del mundo, pero me temo que si no hay una revolución global que nos haga tomar conciencia individual y colectivamente de la terrible injusticia y deshumanización en la que hemos caído, su porvenir todavía será más infernal. Hemos de decir basta de una vez a que una ínfima minoría rica acumule y posea tanto como una inmensa mayoría pobre y miserable.

-La Campaña de este año de Manos Unidas quiere conseguir que la alimentación sea un derecho garantizado para todos. ¿Cómo podemos colaborar nosotros?

Ciertamente que poder acceder a una alimentación suficiente es uno de los derechos más fundamentales para todos. Como medida de urgencia y antes de poder obtener lo que es indispensable para toda una población, se está luchando mucho contra la desnutrición de los más débiles, los niños y sus madres la mayor parte del tiempo. Siempre tendremos la posibilidad de ayudar materialmente a través de unos u otros organismos que se dedican a tareas humanitarias, de unas u otras instituciones que conocemos o nos vienen a llamar a la puerta. Creo, sin embargo, que los gestos puntuales, por más generosos que sean, no podrán sustituir la toma de conciencia personal y social que nos hará exigir un orden mundial más justo y equitativo para todos. Este sentido profundo de vernos embarcados en un mismo mundo, de considerar que la dignidad humana nos es común a todos, debería hacernos más cuerdos para tomar decisiones de solidaridad a nivel personal y a nivel de gobernantes.

-El lema de la campaña habla de compromiso, de personas comprometidas. Cree que es un valor considerado importante para la sociedad o bien está devaluado?

He aquí que tocan un punto clave. La falta de compromiso efectivo suele ser el punto más débil de todas las propuestas, resoluciones y decisiones. Nos solemos quedar en la esfera cómoda de las buenas palabras y buenas intenciones que no acaban de concretarse en nada de activo y eficaz. En África, en el ámbito religioso, solíamos repetir este dicho de mofa: «Dios para todos y cada uno para él». Finalmente, es la carcoma de los intereses propios y de un egoísmo larvado que nos frena, limita y nos hace adoptar la postura de repliegue del tornillo. Si nunca nos ponemos en la órbita de coger compromisos de tipo altruista, nos liberamos nosotros mismos y liberamos los demás. Quien quiera aventurarse en este sentido, tiene mucho por recorrer y los caminos son bien precisos y concretos. Eso sí, hay que salir hacia fuera y tener un poco de imaginación.

-Mientras ha sido misionero en África ha sido testimonio de la puesta en marcha de algún proyecto de Manos Unidas?

Manos Unidas, a través de un proyecto financiado por algunas parroquias del Maresme, nos ayudó en la construcción de un centro socioeducativo en una ciudad de Níger donde trabajé durante diez años. La educación de base de jóvenes y adultos, hombres y mujeres, era para nosotros una prioridad y necesitábamos lugares y gente para desarrollar esta tarea. Muchas veces aprovechábamos las infraestructuras existentes, como pueden ser salas y escuelas públicas para ejercer esta actividad. En los pueblos pedíamos que la población colaborara con la confección de cabañas y cubiertas, pero en una concentración urbana también era conveniente tener una sede propia con despacho, biblioteca, material y salas adecuadas. Las actividades que continúan haciéndose actualmente son la biblioteca, los cursos de alfabetización, la formación y trabajo para chicas y mujeres, sesiones de formación de educadores, reuniones de interés cultural, cursos de vacaciones, etc. Evidentemente, este centro está abierto a toda la población y, en este caso, la gran mayoría es musulmana.

-¿Cuál ha sido su experiencia como misionero en Burkina Faso y en Níger? Qué ha descubierto y aprendido durante todos estos años?

La experiencia es muy rica y resulta difícil de resumir en pocas palabras. Quizás, lo que llaman «inculturación» integrarse, arraigar en tierra extranjera, aprender lenguas, adoptar las comidas y hacerte a las costumbres locales …, es la parte que cuesta más de masticar, digerir. Es toda una vida. Pero también es la parte que te enriquece más y da sentido a una vocación misionera. Detrás de todo este esfuerzo, más allá de los días y los tiempos empleados para conseguir no ser como uno de ellos pero sí vivir y morir con ellos, hay una joya interior y un consuelo que no se puede ganar con ningún dinero del mundo. A fin de esta aventura, todo bien sopesado, no son los proyectos ni las construcciones que cuentan de verdad sino las personas que amas y que te han querido. Ahora que me toca hacer un tipo de misión de regreso a casa, considero que debo transmitir, más allá de lo que he realizado materialmente durante estos 50 años de vida en África, todos los valores humanos, culturales y espirituales que he recibido. De hecho, me apresuro a reencontrar las raíces catalanas, sabiendo que llevo los países africanos donde he vivido para siempre en el corazón.

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