Mn. Jordi Vila es rector de la parroquia de Vila-seca y consiliario del Secretariado diocesano para los laicos y laicas con misión pastoral y de Manos Unidas Tarragona. El pasado mes de julio asumió la dirección del Secretariado diocesano para el diaconado permanente. En la entrevista de hoy profundizamos en la misión de esta vocación abierta a los hombres célibes y casados.

¿Qué es el diaconado permanente?

El diaconado es uno de los tres grados del ministerio ordenado, junto con el presbiterado y el episcopado, que es la plenitud. Los tres grados del ministerio tienen sus raíces en el período inicial de la Iglesia, pero desde la Edad media el diaconado perdió su especificidad y quedó reducido a un paso previo a la ordenación presbiteral. El caso de san Francisco de Asís, que restó diácono toda la vida, no es más que una excepción.

El Concilio Vaticano II ha reinstaurado el diaconado como «un grado propio y permanente de la jerarquía», y desde entonces ha ido aumentando el número de diáconos permanentes en la Iglesia universal.

Para entender el sentido del ministerio ordenado, debemos empezar diciendo que «cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo» (Gál 3,27). Todos los cristianos, pues, somos llamados a vivir unidos y configurados a Cristo, y el hecho de recibir la ordenación no supone un aumento de categoría ni una unión más íntima con Jesús. El sacramento del orden significa que el Señor ha querido elegir algunos de sus fieles para que actúen en su nombre dentro de la comunidad cristiana como administradores de la gracia de Dios. Esto, sin embargo, no hace de ellos una casta superior, lo que iría contra las palabras de Jesús: «Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis “padre vuestro” a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar “maestros”, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías. El primero entre vosotros será vuestro servidor» (Mt 23,8-11).

Los obispos y sacerdotes son configurados sacramentalmente a Cristo Cabeza para presidir la Iglesia, mientras que los diáconos son configurados a Cristo Siervo «para servir al Pueblo de Dios en la “diaconía” de la liturgia, de la palabra y de la caridad, en comunión con el obispo y su presbiterio» (Catecismo 875). Los diáconos son servidores de la Palabra por medio de la proclamación del evangelio, la homilía y la catequesis. Son servidores de la liturgia cuando presiden algunas celebraciones como el bautismo, el matrimonio o las exequias —cosa que también pueden hacer los laicos debidamente autorizados, porque los diáconos no tienen poderes sacramentales específicos— y cuando asisten al obispo o al sacerdote en la eucaristía. La diaconía de la caridad es la tarea más propia de los diáconos, llamados sobre todo a servir a los pobres y a los enfermos tal como hacía Jesús mismo.

  ¿Cuáles son los requisitos que deben cumplirse para iniciar un proceso formativo hacia el diaconado permanente?

 En primer lugar, hay una edad mínima: 25 años para los candidatos célibes y 35 años para los casados. Hay que decir que, una vez ordenado diácono, la persona célibe ya no puede casarse.

Para los candidatos casados, es necesario el consentimiento de su familia y especialmente de la esposa. Es muy importante que la vocación del diácono no entre en conflicto con su vocación al matrimonio, porque no puede ser que Dios le pida dos cosas incompatibles. Por eso es necesario que haya una participación cordial de la familia, que pueda ver la vocación diaconal como un enriquecimiento de su propio proyecto de vida.

También es necesario, evidentemente, que el candidato al diaconado sea miembro activo de la Iglesia, querido y acompañado por los hermanos de su comunidad cristiana.

El periodo de formación dura un mínimo de tres años. Además de la iniciación en la práctica pastoral y del acompañamiento espiritual para que vaya discerniendo su llamada, generalmente se hacen los estudios teológicos correspondientes al Grado en Ciencias Religiosas que se imparten en nuestro Instituto Superior de Ciencias Religiosas «Sant Fructuós».

  ¿En qué consiste su labor como director de este Secretariado?

 Por un lado, tengo cuidado del proceso de formación que hacen los aspirantes al diaconado, que en este momento son dos en nuestra archidiócesis. Por otra parte, procuro acompañar también a los diáconos permanentes en ejercicio. Ellos participan habitualmente de los encuentros de formación permanente y de convivencia del clero, pero creo que también será importante, cuando la pandemia lo permita, retomar nuestros encuentros específicos con participación de las familias.

También pienso que tengo que ocuparme de promover la vocación al diaconado permanente. Hay muchos hombres casados que hacen tareas importantes de servicio en las parroquias y en la archidiócesis, y pienso que puede ser muy enriquecedor para ellos que en algún momento se planteen la vocación al diaconado.

  ¿Cuántos diáconos permanentes hay ahora mismo en nuestra diócesis?

Ahora mismo son seis, entre 58 y 69 años de edad, todos ellos casados. Uno de ellos ya hace 22 años que es diácono, mientras que las dos últimas ordenaciones son de hace ocho años.

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