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Cuando alguien entra en el templo de Sant Joan Baptista de Valls en la festividad de la Mare de Déu de la Candela, se da cuenta de que hay un sentimiento intangible que flota en la atmósfera. Si además el 2 de febrero coincide con las Fiestas Decenales, en los años terminados en 1, el volcán de emociones, piedad y devoción estalla irremediablemente. Este año no es un año terminado en 1 pero los vallenses han querido que sean las fiestas del 2021 + 1, para no perder esta esencia única de contar la vida por Decennals.

No ha sido y no es fácil. Siempre siguiendo los consejos médicos del Dr. Antoni Trilla, del servicio de epidemiología del Hospital Clínic de Barcelona, el centro de referencia en nuestro país, primero se aplazaron y después se optó por programarlas este año. Mn. Joan Águila, párroco de Sant Joan, explicaba cómo los fieles necesitan de la Virgen y un nuevo aplazamiento era inviable. De hecho, en el 2021, la Candela bajó de su camarín hasta el suelo de su capilla, sin pisar la nave central. Era la necesidad de tenerla más cerca.

Y allí permaneció hasta el pasado sábado 29 de enero cuando se movió hasta el altar mayor, desde el que presidió la novena y los oficios, y arrancó en procesión la tarde del 2 de febrero, día de su advocación, para recorrer las calles y las plazas de Valls, tanto las del Centro Histórico como algunas del ensanche. Una hilera de candelas llevadas por el tejido asociativo, civil y religioso, la acompañó, junto al cortejo ceremonial de la ciudad, y con la escolta de los Mossos d’Esquadra de gala y la banda de música, como manda la tradición.

Las Luminarias

La Virgen ha estado iluminada por una candela desde el siglo XIV, cuando la epidemia de peste negra que azotó al mundo también llegó a Valls. Hoy seguramente es más fácil gracias a la corriente eléctrica, pero durante centurias los fieles mantuvieron este rito día tras día, año tras año, con velas. Este año se cumple el centenario de las Luminarias eléctricas, es decir, la transformación de las iluminaciones festivas de calle en decoraciones que funcionaban con la corriente. Antes la tea, la cera, el aceite o el gas adornaron la celebración vallense, en interiores y en exteriores.

En 2011 Valls recuperó las Luminarias patrimoniales que el fotógrafo Pere Català Pic había retratado en 1921 y 1931, antes del estallido de la guerra civil que convirtió a los masteleros de madera en fuego para combatir el frío en medio de los tiempos fratricidas. Ver cómo algunas viejecitas se emocionaban al descubrir que aquella fotografía en sepia que atesoraban en casa se había convertido nuevamente en realidad, es una de las mayores satisfacciones profesionales que nunca he experimentado.

No piensen, sin embargo, que todo es coser y cantar en las Decennals vallenses. Hay quien de decenio en decenio ha intentado minimizar los signos externos de la devoción. Aún recuerdo a alguien vanagloriándose que el primer cartel de las fiestas en el retorno democrático de 1981 incluía los colores negro y rojo de la CNT-FAI y prescindía de la tradicional imagen de la Virgen. Hace diez años Lluís Maria Moncunill me agradecía públicamente en un acto, organizado en el Institut d’Estudis Vallencs, la buena sintonía que había habido entre la comisión de actos religiosos, el Ayuntamiento de Valls y el conjunto de la organización, en la que ejercí como director artístico.

Creo que éste es el camino. Sumar el esfuerzo de todos, incluso en las circunstancias adversas que nos ha tocado vivir actualmente. Esto son las Decennals. Imaginen la ciudad trasladando el tercer decenario, en 1811, de febrero a diciembre para escabullirse de algunos de los momentos más crudos de la guerra del Francés. O las Decennals de 1901, 1911 y 1921 en plena decadencia de los Xiquets de Valls. O piensen en el esfuerzo titánico de 1941, poco después del fin de la guerra civil.

Firme constancia

Los vallenses se han ido sobreponiendo a todos estos hándicaps, y ha acostumbrado a prevalecer la piedad, la devoción popular y la participación inmensa. Ésta que no sólo reúne a los creyentes, sino que es capaz de convocar cada diez años a personas alejadas de la práctica religiosa continua. Mujeres y hombres que en la intimidad de la oración ante la Mare de Déu de la Candela, o acompañándola con su bandera y su entidad en el frío atardecer, han perpetuado el ritual.

Como me explicaba, satisfecho, Mn. Josep Bofarull, el párroco de Sant Joan en las Decennals de 2011, la iglesia se convirtió en una prolongación de la calle, y la calle de la iglesia. Una comunión potente, una sintonía maravillosa, que contribuye a que Valls brille con su ADN más profundo.

Cuando en invierno de 2020 comenzó la pandemia, muchas ventanas y balcones se llenaron de los damascos azules con la M de María o con una imagen suya. Fue la mejor manera de mostrar puertas afuera, sin tapujos, la devoción que la Covid-19, traicionera, ha querido descabezar. Son hechos que no suceden en todas partes, pero en lugares con una fuerte piedad mariana han quedado recogidos sobradamente. Es la parte de la festividad que no necesita organización sino sólo sinceridad, decisión y autenticidad.

Las Decennals 2021+1 son 525 actos durante diez jornadas. Son una cuarentena de espacios de espectáculos y actividades. Son una quincena de recintos expositivos. Son una cincuentena de personas de la Fundación organizadora y de la Mesa de Coordinación de las once comisiones debatiendo y aprobando su celebración. Seguramente habría sido más fácil renunciar a ella y esperar otros diez años.

Son el festival de referencia que las comarcas de Tarragona disfrutan cada decenio, homologándolas a las demás comarcas del país, que cuentan con certámenes importantes pero anuales. Son las fiestas en las que nuevamente el diálogo entre la constancia de la tradición y las dificultades de los tiempos coetáneos ponen a prueba a la comunidad vallense. Aquella que hizo el voto de ciudad en 1791. Como siempre, hay quien se descuelga, porque la lógica de tan antigua celebración no encaja con todas las visiones contemporáneas.

Para muchos son diez intensas jornadas; para otros, momentos de recuerdo; para cada uno, un decenario diferente al anterior y posiblemente con sello muy diverso respecto al de personas que lo vivirán desde otras ópticas. Esta pluralidad es la riqueza de las Decennals vallenses porque la Virgen nos mira a cada uno de forma personalísima y única.


Jordi Bertran
Universitat Rovira i Virgili

Fotografía: El Vallenc

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