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El papa Francisco ha afirmado reiteradamente que «¡el dinero debe servir y no gobernar!» (Evangelii Gaudium, 58). Con esta frase ha querido dejar pedagógicamente claro que la economía y las finanzas están al servicio de las personas y no al revés, porque su finalidad es la promoción del bien común, y no el enriquecimiento de unos pocos a expensas del empobrecimiento y exclusión de muchos. Para Francisco, los males que muestra el panorama económico mundial tienen entre sus causas «la relación que hemos establecido con el dinero», ya que «hemos aceptado pacíficamente su predominio entre nosotros y nuestras sociedades», fruto de una crisis antropológica profunda, negadora de la primacía del ser humano (EG 55).

Y es que una de las problemáticas del actual sistema económico, causante de desigualdad y exclusión, es justamente el funcionamiento de los mercados financieros mundiales. Con su dinámica de especulación y depredación, han mostrado una gran capacidad de condicionar y dañar la economía y las políticas de los gobiernos. Francisco lo ha denunciado repetidamente: «no podemos tolerar que los mercados financieros gobiernen la suerte de los pueblos, en vez de servir a sus necesidades, o que unos pocos prosperen recurriendo a la especulación financiera, mientras que muchos sufren duramente sus consecuencias» (Discurso de Francisco a los participantes del Congrés «Impact investint for the poor» organizado por el Consejo Pontificio de Justicia y Pau, 16 de junio de 2014). Por eso reclama «una reforma financiera que no ignore la ética», lo que requiere un «cambio de actitud enérgico de los poderes políticos, a los que exhorto a afrontar este reto con determinación y visión de futuro» (EG 58).

Ya Benedicto XVI, en Caritas in Veritate (2008), advertía, haciendo suyas las palabras de Juan Pablo II, que «invertir tiene siempre un significado moral, además de económico» y que hay que «evitar que la utilización de recursos financieros esté motivada por la especulación y ceda a la tentación de buscar únicamente un beneficio inmediato» (CV 40). Por ello, pidió también que las finanzas renueven «sus estructuras y formas de funcionamiento después de su mala utilización, que ha dañado la economía real», de tal modo que «vuelvan a ser un instrumento encaminado a producir riqueza y desarrollo mejores». Para Benedicto XVI, el sistema financiero «debe tener como meta el sostenimiento de un verdadero desarrollo», porque «recta intención, transparencia y búsqueda de buenos resultados son compatibles y nunca deben separarse». Por ello, pidió «una nueva regulación del sector capaz de salvaguardar a los sujetos más débiles e impedir escandalosas especulaciones» (CV 65).

Junto a esto, Benedicto XVI propuso también «la experimentación de nuevas formas de finanzas destinadas a favorecer proyectos de desarrollo», a fin de profundizar la responsabilidad del ahorrador. Entre ellas, señalaba la «experiencia de la microfinanciación, que tiene sus raíces en la reflexión y actuación de los humanistas civiles», y pedía que sea «reforzada y actualizada», puesto que «puede ofrecer ayudas concretas para crear iniciativas y sectores nuevos que favorezcan a las capas más débiles de la sociedad» (CV 65).

En esta línea, un importante documento publicado en 2018 por el Dicasterio para el Servicio del desarrollo humano integral de la Santa Sede, titulado Oeconomicae et pecuniariae quaestiones. Consideraciones para un discernimiento ético sobre algunos aspectos del actual sistema económico y financiero, pide que se dé «apoyo a las actividades financieras que tienen una vocación primaria de servicio a la economía real y una circularidad virtuosa de la riqueza, como por ejemplo las iniciativas de crédito cooperativo, el microcrédito y el crédito público a las familias, empresas y comunidades locales y el crédito a los países en desarrollo». Por eso, apela a los consumidores a tomar decisiones de consumo y de ahorro críticas y responsables que favorezcan el bienestar de todos y rechacen lo perjudicial.

Todas estas reflexiones de la doctrina social de la Iglesia, especialmente en estos tiempos de pandemia, son una invitación a una profunda reflexión para los cristianos en torno a los criterios de utilización de nuestro dinero y ahorro. ¿Qué destino les damos? ¿Qué motivaciones nos animan? ¿En qué instituciones los depositamos? ¿Qué impacto tienen? ¿Cómo podemos favorecer las iniciativas financieras promotoras de desarrollo humano?

Pero esta reflexión también es especialmente aplicable a todas las instituciones eclesiales (obispados, parroquias, congregaciones, fundaciones, asociaciones, movimientos…), para que la gestión de su dinero sea más cuidadosa, selectiva y exigente, y empiece a confiar en las entidades financieras de finalidad social. Con esto se puede dar un buen testimonio evangélico y al mismo tiempo prestar un gran servicio a la sociedad. Decidir dónde depositar los ahorros no es una cuestión exclusivamente técnica que deban resolver en solitario ecónomos o tesoreros. Es también una cuestión cargada con un alto componente moral, puesto que toda inversión tiene consecuencias para terceros.

De hecho, cada vez hay mayor conciencia de ello y muchos cristianos e instituciones eclesiales colocan todo o parte de sus ahorros o tesorería en estas entidades financieras, que llamamos banca ética. Se trata de entidades sin ánimo de lucro, que actúan con máxima transparencia, excluyendo inversiones puramente especulativas o perjudiciales y que favorecen iniciativas con un impacto social positivo. Hoy en día existe ya en Cataluña una amplia oferta (FIARE-Banca Ética, Tríodos Bank, Oikocredit…). Son entidades con un inmejorable nivel de solvencia y seguridad y un amplio catálogo de servicios, que son una buena opción para las entidades de Iglesia.

Eduard Ibáñez
Abogado y exdirector de Justícia i Pau de Barcelona

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