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Desde que el hombre es hombre y, ya desde Caín, ha existido en el ser humano el impulso de agredir violentamente al otro. Las causas a lo largo de la historia han sido diversas: la ambición de poder, el deseo de conquistar otros territorios, la envidia o los celos, la venganza por otras ofensas, la soberbia y tantas otras razones y deseos ocultos que anidan en el corazón del hombre.

El siglo XX ha sido, tristemente, el mayor exponente de dos terribles guerras mundiales y de multitud de conflictos de menor alcance. El siglo XXI tampoco ha empezado con muy buen pie: la guerra o las luchas armadas en Afganistán, Irak, Libia, Siria o Congo, Malí, Burkina Faso, República Centroafricana, Sudán , en Etiopía, en Mozambique, en Yemen, en Myanmar o en Ucrania, por citar algunos países, son el fiel reflejo de una sociedad global, con multitud de avances tecnológicos, culturales y de todo tipo, pero a la vez incapaz de solucionar problemas tan básicos para el ser humano como el reparto equitativo de los bienes necesarios para su supervivencia o la promoción de una verdadera paz.

Por otra parte, los medios de comunicación y las redes sociales nos permiten conocer muchas noticias de diversos lugares y con una gran actualidad, pero, muy a menudo, por diversas causas, dejan en el olvido muchas guerras y sus terribles consecuencias de hambre, miseria, odio y movimientos masivos de desplazados y refugiados. A mí, no me deja de sorprender cómo, por ejemplo, la guerra de Siria, que empezó en el 2011 y que todavía no puede darse por completamente finalizada, sólo se reflejó puntualmente en las noticias, y muchos ni siquiera han sabido que ha provocado más de 500.000 muertes y más de 5 millones de refugiados y desplazados, siendo el mayor flujo migratorio desde la II Guerra Mundial, a expensas de las terribles cifras que nos está dejando la guerra de Ucrania.

¿Podemos pensar entonces que en el siglo XXI hay guerras de primera, de segunda e, incluso, de tercera? Mi respuesta es claramente sí. Sin embargo, entiendo que informativamente no se puede mantener la tensión en lo más elevado de la cobertura comunicativa durante mucho tiempo, pero una cosa es esto y otra es obviar y olvidar algunos conflictos bélicos y sus consecuencias, como si nunca hubieran existido.

Ante esta cruel realidad, la Iglesia católica está jugando, desde siempre, un papel único en muchos lugares de conflicto. Por una parte, es la gran promotora de la paz, de la reconciliación y del perdón, como potente instrumento evangélico que supera todos los credos y todas las reticencias y rencores que puedan anidar en lo más profundo del corazón humano. De esta forma, la Iglesia católica se ofrece como mediadora en diferentes escenarios e invierte tiempo y recursos en fomentar esta reconciliación difícil entre partes confrontadas. Por otra parte, la Iglesia católica, a pesar de ser discriminada o perseguida en muchos lugares del mundo, se erige en uno de los grandes valedores de la educación para niños y jóvenes, sabedora de que es el gran arma contra la intolerancia y la corrupción.

Este papel pacificador y promotor de la cultura que realiza la Iglesia se complementa con su rol caritativo y asistencial, atendiendo a los más débiles y necesitados en hospitales y centros médicos, orfanatos, residencias de ancianos, etc.

Es cierto que la misión de la Iglesia y su constante tarea haciendo el bien, tal y como hizo Jesucristo, se enfrentan con una realidad de envidia, celos, odios y rencores en muchos lugares del mundo, hasta el punto que se ejerce actualmente una violencia inusitada contra los cristianos, chantajeando, secuestrando, atentando contra iglesias e, incluso, asesinando a víctimas inocentes. Esta persecución, de acuerdo con el Informe de Libertad Religiosa en el mundo 2021, publicado por Ayuda a la Iglesia Necesitada, viene principalmente de los gobiernos autoritarios y comunistas, de los gobiernos con nacionalismos étnico-religiosos y del creciente extremismo islamista. Junto a todo esto, no podemos olvidar la denominada, por el papa Francisco, como «persecución educada» que es aquella que el laicismo ejerce contra los valores cristianos cada vez con mayor agresividad.

Un caso diferente en el siglo XXI es el conflicto terrible creado por la invasión de Ucrania por parte de Rusia, donde si bien no podemos hablar de una guerra religiosa, sí que es una realidad triste que se trata de una guerra entre países con amplia mayoría cristiana (más del 80% en ambos casos) y especialmente ortodoxos.

Como dijo el arzobispo greco-católico Shevchuk, líder de la comunidad católica mayoritaria de Ucrania: «La guerra siempre es un fracaso para la humanidad, es un momento de vergüenza en el que se humilla la dignidad del hombre . Cuando luchamos por la paz, todo es posible. Cuando estalla la guerra, podemos perderlo todo». O como ha dicho el papa Francisco: «Las guerras nacen siempre de una injusticia porque priman su esquema sobre el de la paz».

Por todo ello, y ante el panorama de la destrucción, de la guerra y del odio, los cristianos, en primer lugar, debemos recurrir a la oración profunda y confiada a Dios, que todo puede y que es capaz de convertir los corazones de piedra más duros en corazones de carne. Y, en segundo lugar, es necesario que nuestra Iglesia sea siempre un lugar de mediación, de reconciliación y de perdón al enemigo, sirviendo siempre al más necesitado, sea quien sea.

Beatriz Moretó,
Delegada de Ayuda a la Iglesia Necesitada en Barcelona

Artículo publicado en la revista Església de Tarragona (mayo-junio-julio-agosto de 2022 / n. 326)

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