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Después de unos días de confinamiento empezamos a experimentar la dureza de la reclusión. Existe la cárcel de quedarse en casa, pero aún más el ahogo de no poder salir, de no poder hacer lo que queremos, de no controlar nuestra propia vida. El miedo a no poder controlar nuestra propia salud nos aísla en la peor de nuestras prisiones: nuestro cuerpo. Y esto libera nuestros fantasmas, los personales y los colectivos. Miedos atávicos y la seducción del egoísmo más feroz pueden desembocar en una histeria irracional. Todo ello retroalimenta el miedo. Nos paraliza e incluso puede despertar en nosotros el lobo que tenemos adormilado. Y lo que es más peligroso, como nos sentimos inseguros con nosotros mismos, podemos ceder a la tentación de desconfiar metódicamente los demás.

Después de la Peste Negra de 1348, que diezmó la Europa medieval, el humanista y escritor Giovanni Boccaccio escribió el «Decameron». Diez hombres y mujeres, huyendo de la peste que asolaba Florencia, se refugian en el campo en una villa. Allí se dan cuenta, que después de tomar las medidas higiénicas y profilácticas adecuadas, las de la época evidentemente, lo que en realidad les libera del miedo, de su reclusión interior, es contar historias. Así salen de ellos mismos, de un interior, que tanto tiempo recluido es húmedo y huele a cerrado. Recuerdan que las personas sólo somos realmente libres, que realmente sólo somos nosotros mismos, cuando vamos hacia los demás, cuando abandonamos nuestras prisiones mentales. Las historias que cuentan son ficción, sin embargo, todos saben, que en nuestras ficciones a menudo duermen nuestro interior más profundo, nuestras alegrías, nuestras esperanzas, nuestras contradicciones y, como no, también nuestros miedos. La amistad, el amor, el erotismo, el drama, la comedia, la picaresca, la crítica burlesca a la religiosidad de su tiempo, etc. … sirven a Boccaccio para ayudar a sus contemporáneos, los hombres y las mujeres del su tiempo, a digerir las duras consecuencias de la peste.

La curación no proviene de las mismas historias, si es que realmente existe, proviene del hecho de compartirlas con los demás. Cuando los demás las hacen suyas y las recrean, entonces sí, siguen siendo nuestras, pero también son suyas. No es una pura evasión de la realidad, se trata, más bien, de compartirla con los demás para poder digerir, entenderla e integrarla. Así nos podemos liberar de nuestras prisiones mentales.

Estos días un poema, una canción, un pequeño concierto, un cuento, una historia familiar, un libro, una confidencia hecha a tiempo, una oración. Eso sí, compartidos con los demás, con aquellas y aquellos que estos días tenemos tan cerca, pueden convertirse en la clave que afanosamente buscamos para salir de nuestras prisiones mentales.

Un fuerte abrazo,

Manuel Maria Fuentes i Gasó, pbro.

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