El pasado mes de marzo, con ocasión de la celebración de los 500 años del primer anuncio del Evangelio en las Islas Filipinas y la primera celebración de la Eucaristía el día de Pascua de 1521, el Papa Francisco recibió a los estudiantes del Colegio Filipino en Roma y les dirigió una alocución en la que compartió con los jóvenes clérigos filipinos algunas reflexiones sobre «el tiempo, de lo que está hecha nuestra vida». Es bastante frecuente en el pensamiento de Francisco hablar del recuerdo del pasado, hasta el punto de que ha usado muchas veces una palabra propia de su español argentino: «Sean memoriosos». Lo hace amparándose en los consejos del apóstol Pablo a Timoteo cuando recuerda a su madre y abuela: «Evoco el recuerdo de tu fe sincera, la que arraigó primero en tu abuela Loide y en tu madre Eunice» (2 Tim 1,5). En Evangelii Gaudium lo afirma con contundencia: «El creyente es fundamentalmente “memorioso”» (EG 13).

Tengo la impresión de que, a menudo, la rapidez con la que vivimos, nos lleva a perder la memoria inmediata. Hay mucha gente, por ejemplo, que hoy escribe en medios de comunicación y ha perdido la memoria en cuanto a la aportación de la Iglesia durante los años setenta y ochenta en favor de la recuperación de la democracia y las libertades, o en la protección de la lengua y la cultura catalana, o en la defensa de los derechos de las personas y de los pueblos en nuestro país. Por ello, es de agradecer que un personaje ilustre como Quim Nadal haya publicado recientemente un volumen «Noms d’una vida» en el que entre los protagonistas de su elenco están presentes católicos como sus padres, monjes como Maur Esteva y sacerdotes gerundenses como Modest Prats o Joan Busquets.

Ante la estrategia de algunos medios de comunicación —quizás el caso más flagrante son los informativos de TV3— de hacer invisible e insignificante el mundo católico o como mucho presentarlo tendenciosamente sólo en sus aspectos conflictivos, o meramente folclóricos, es necesario recuperar la memoria de todo lo que el «factor católico» ha aportado al bien común de nuestra casa. Debemos «ser memoriosos». En nuestros presbiterios, congregaciones religiosas, monasterios … tenemos una «nube muy grande de testigos» que en este siglo XX han sido forjadores de la sociedad y de la Iglesia desde las parroquias rurales hasta las barriadas más periféricas de las ciudades. Necesitamos conocer la historia reciente de nuestra Iglesia, para que no nos pase lo que el libro del Éxodo dice sutilmente sobre el inicio de la esclavitud de los israelitas: «Un nuevo rey, que no había conocido José, subió al trono de Egipto».

El periodista y profesor universitario Antoni Batista decía en la presentación de uno de sus excelentes libros sobre la transición española: «Perdonar a las personas, sí. Olvidar la historia, no. Lo de “ni olvido ni perdón” me parece terrible. Los que lo defienden han de acumular mucha amargura, porque el odio no es ni biológicamente ni ecológicamente sano. El odio es enfermizo».

«La memoria —afirmaba el Papa a los filipinos— vale para un pueblo entero pero también para cada persona en singular». Cuando miramos atrás recordamos momentos bellos y momentos difíciles ya menudo descubrimos la Providencia de Dios en nuestra vida, que ha actuado a través de muchas personas, especialmente, dice el Papa, aquellas personas que nos han ayudado a enamorarnos de Jesús.

La memoria nos hace entender que no estamos solos, que formamos parte de un pueblo. La memoria nos lleva a nuestras raíces, a las raíces de nuestro pueblo, a las raíces de la Iglesia. La memoria, como recuerda Francisco, es lo que hace fuerte a un pueblo, porque se sabe arraigado en un camino, en una historia.

El Papa pide a menudo que «el Señor nos dé la gracia de no perder nunca la memoria, de no esconderla. Memoria de persona, de familia y de pueblo».

Norbert Miracle i Figuerola, pbro.

Article publicat en el Full Dominical del 29 d’agost de 2021

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