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Con el lema «Transformamos la sociedad desde la Misericordia», Tarragona acogió el pasado sábado 22 de octubre el III Encuentro de Cáritas Cataluña. Una de las ponencias del encuentro fue a cargo del doctor en Sociología, Imanol Zubero Beascoechea. Desde 1996 es profesor titular de esta materia en la Universidad del País Vasco. Actualmente es presidente de la Asociación Vasca de Sociología y Ciencia Política. Conversamos con él sobre la labor del voluntariado y de la Iglesia en la transformación social.

—¿Qué aporta el voluntariado a nuestra sociedad?

El valor más característico de la ciudadanía democrática, aquel sin el cual ninguna sociedad puede sostenerse es el valor del compromiso con los demás, que nace de la convicción y la experiencia de saberse parte de una comunidad. Sin este valor fundamental que entrelazado con otros valores (el altruismo, la gratuidad, la empatía, la proximidad, etc.), las sociedades se reducen a espacios de lucha por el poder o de extracción de beneficios privados. Y esto no es una sociedad decente.

—Una de las dificultades del voluntariado, más allá de Cáritas, es la falta de relevo generacional. ¿A qué factores lo podemos atribuir?

Sí, es un problema generalizado. Todas las instituciones se enfrentan. En primer lugar, porque vivimos en una sociedad crecientemente envejecida, con unas cohortes jóvenes reducidas. Dicho claramente: vivimos en sociedades donde comienza a haber más personas mayores que no jóvenes. Hay también cuestiones más cualitativas: los modelos de organización de las instituciones tradicionales (más bien rígidos, verticales, centralizados, presenciales, militantes) no siempre conectan bien con unas nuevas culturas juveniles, más fluidas, con temporalidades fragmentadas. Hay que experimentar formas de reconectar con estas nuevas culturas, aunque no es sencillo.

—Su ponencia llevó por título «Mirar con misericordia nos posiciona para cambiar el mundo.» ¿Cómo se puede concretar en nuestra vida cotidiana?

Fundamentalmente educando nuestra mirada, convirtiéndonos en la actitud y la perspectiva samaritana. Debemos vivir nuestro día a día atentos a los márgenes del camino, donde se amontonan las víctimas de nuestro mundo. No dejándonos deslumbrar por los logros de este sistema (que también los tiene, claro que sí), sino recordando permanentemente los inaceptables costes humanos que son la cruz de estos éxitos.

—¿De qué manera la Iglesia contribuye a la transformación social?

La Iglesia es una institución humana, de mujeres y hombres que tienen la misión de dar testimonio con su vida de aquel que, siendo Dios, se encarnó, se abajó, se mundanizó. No estamos en este mundo para evadirnos de la realidad, sino para proclamar, de palabra y de obra, que la promesa del Reino es radicalmente cierta. Que el Reino de Dios ya está entre nosotros. Que ya hay signos del Reino, milagros que lo muestran. Pues bien: la Iglesia contribuye a la transformación social cuando da testimonio del Reino, cuando es capaz de mostrar estos signos, estos milagros, y cuando participa. Decía Rahner que la Iglesia debe ser «experiencia de verdadera humanidad». De eso se trata, que la Iglesia, tanto hacia dentro, en su propia vida, como hacia fuera, en su práctica en el mundo, sea capaz de anticipar la promesa del Reino.

—El Papa Francisco se ha pronunciado en repetidas ocasiones sobre el trabajo y la gestión del empleo. «Es una gran responsabilidad humana y social, que no puede ser dejada en manos de pocos o descargada sobre un ‘mercado’ divinizado. Causar una pérdida en puestos de trabajo significa causar un grave daño social», ha dicho. ¿Qué se debe hacer para fomentar un trabajo decente?

Lo tengo muy claro: construir poderes sociales y políticos que tengan la capacidad de combatir la tendencia a la precarización, la desregulación y la explotación que, en nombre del beneficio económico de unos pocos, predomina hoy en todo el mundo. Esto no se cambia con buenas palabras, ni con «responsabilidad social corporativa» libremente elegida, sino con leyes. Leyes que, además, deben ser necesariamente globales.

—¿Qué es prioritario en la lucha contra todo tipo de desigualdades?

En primer lugar, romper con el discurso que, desde hace años, intenta convencernos de que las desigualdades son «naturales» (consecuencia, en todo caso, de las características o el ejercicio individual de las personas) y generalmente «buenas» (porque reflejan el trabajo, la dedicación, porque incentivan a mejorar, porque agudizan la creatividad). Este discurso es en su mayor parte falaz, mentiroso, encubre tremendas injusticias de partida, y muchísimas trampas en el proceso de redistribución de las ventajas (corrupción, clientelismo, insolidaridad). Y en segundo lugar, ante ello, apostar por la igualdad esencial entre todas las personas, lo que significa reconocer que casi todo lo que tenemos y conseguimos en nuestra vida es gracias a los demás, es porque vivimos en sociedad; por lo que tenemos la obligación de devolver a la sociedad todo lo que nos ha dado.

Fuente: Revista Església de Tarragona (Septiembre-Octubre de 2016. N. 294)

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