De las palabras a la Palabra. De una cierta calma a la Paz. De tantos nombres al Nombre. Como cuesta este recorrido. Esta liberación interior. Ha sido una Cuaresma intensa.

El misterio de la Pasión y Muerte de Jesús se ha contemplado con estupor en nuestro «primer mundo». Como en una Epifanía inversa, se han revelado «los sentimientos escondidos en los corazones de muchos» (Lc 2,35). Hemos palpado la angustia y el miedo de Getsemaní. El llanto de las mujeres piadosas de Jerusalén. También el consuelo de la Verónica. En medio de todo, el caos de los terremotos anímicos. Y, sobre todo, el ahogo agonizante del Hijo en el Gólgota. Finalmente, el silencio de la tumba.

La tumba ha aceptado gestar la Vida. Desde el silencio del no hacer. El silencio del agotamiento mental y emocional. Hasta llegar al silencio del vacío. El silencio espeluznante de la nada. La tentación de la desesperanza. El «sepulcro nuevo», desconcertante por desconocido, cortado en la roca de nuestros corazones endurecidos (Sal 95), nos ha ayudado a adentrarnos en el lugar maldito (Gál 3,13): nuestra sombra, nuestro ego. Y se ha hecho oscuro (Mt 27,45): la pandemia es también espiritual. El misterio de la prueba, de la tribulación, se ha manifestado.

Solo ha permanecido de pie la perseverancia de María, de Juan, y de unas pocas mujeres, al pie de la Cruz. Solo ha permanecido el Amor. Como en el Cenáculo, en el signo de la Ternura divina y de la Fraternidad humana, solo ha permanecido la Caridad, expresión de la Fe y de la Esperanza verdaderos.

Y hoy es Pascua. Tan sólo guiados por la acción de la Gracia (2Cor 1,12), hemos atisbado la grandeza de la Noche Santa: en la noche de la fe, hecha oración y abandono confiado, hemos renacido. La decrepitud de una «manera absurda de vivir» (1Pe 1,18) ha dado paso a una «criatura nueva» (2Cor 5,17): se nos ha recordado clamorosamente que solo estamos vivos cuando entregamos la vida por los hermanos. Esta es la belleza que salva el mundo: una vida entregada. Vivida «para, con y en» Cristo.

Hemos comido el pan ácimo y las hierbas amargas. Hemos caído bajo el peso de la Cruz. Hoy, vemos como la piedra ha sido «sacada de la entrada del sepulcro» y que «el sudario con el que le habían cubierto la cabeza está enrollado en un sitio aparte» (Jn 20,7). Y creemos. La promesa se ha cumplido. Si el Resucitado es el Crucificado, cada acto de renuncia propia para bien ajeno (cada acto de amor) tiene un gran valor. Nada se pierde, todo cobra sentido. Lo mejor está por venir: podemos vivir «amando, como Cristo nos amó» (Ef 5,2). No es voluntarismo. No es emoción superflua y caduca, porque «nuestro auxilio es el Nombre del Señor». Su Presencia en medio de nosotros, nada ni nadie nos la puede arrebatar (Mt 18,20). Y esta es nuestra gloria, la única gloria: Dios es «fiel en el amor» (Sal 115,1).

Más que nunca, tenemos que velar sobre nuestra conducta (1Pe 1,17): estamos llamados a vivir «con la simplicidad y la sinceridad que vienen de Dios» (2Cor 1,12). Con sobriedad. Esta es la gloria que ninguna sabiduría humana no llega a alcanzar. Es la gloria escondida de toda persona de buena voluntad. Esta es la luz de la Pascua, que hace renunciar a esquemas de pensamiento nacidos de la ignorancia y la desidia, y nos conduce a una vida adulta (1Cor 13,11), donde la desnudez y el despojo de lo que no es esencial deviene signo de resurrección, de libertad responsable. La seguridad de la propia conciencia, iluminada por la docilidad al Espíritu, es la gloria que se expande y se irradia en una existencia arraigada en la acción de gracias (2Cor 1,12). La Pascua es esta Eucaristía: vivir en disposición de servicio, generosamente. Entonces escuchamos bien adentro la bienaventuranza de estos tiempos convulsos: «Feliz el que cuida del pobre y desvalido» (cf. Sal 41). Y recobra toda su autenticidad la celebración comunitaria del Memorial del Señor: «Os he dado ejemplo: felices de vosotros si lo ponéis en práctica» (Jn 13,15 y 17).

Hna. Teresa Rofes Llorens, o.c.d.

 

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