En el debate social sobre la eutanasia conviene siempre precisar sobre qué comportamiento médico nos estamos refiriendo. Habría que reservar el concepto de eutanasia sólo a las acciones u omisiones médicas que causan la muerte de una persona con una enfermedad irreversiblemente fatal y que cuentan con el consentimiento del sujeto. Para entendernos, la persona que pide la eutanasia sería una persona con una enfermedad crónica incurable pero que goza de cierta estabilidad y que desea acabar con su situación actual. En el momento que se le aplica la eutanasia la persona muere debido a la acción u omisión médica que ha recibido sin que haya otras causas concurrentes.

Se debería desligar el concepto de eutanasia de todos los cuidados paliativos aplicados en enfermos terminales con el fin de aliviar el sufrimiento. También hay que desligar el concepto de eutanasia de otras prácticas médicas correctas como «no iniciar» o «interrumpir» un tratamiento cuando el paciente lo solicita de forma seria, explícita, reiterada y voluntaria. Asimismo no se puede llamar eutanasia a la limitación del esfuerzo terapéutico cuando éste resulta inútil o fútil, y sólo prolonga la vida biológica sin garantizar una calidad mínima de vida. En todos estos casos el proceso de la enfermedad es el que va avanzando y lleva inexorablemente a la muerte. El mismo proceso de la enfermedad o de la muerte son la verdadera causa de la muerte a pesar de que puedan concurrir otras causas.

Moralmente hablando hay que diferenciar los casos en que «se deja morir» de los casos en que «se produce» o «se causa» la muerte. «Dejar morir» responde a una actitud humana que acepta el hecho de que somos seres mortales y sabe renunciar a los progresos de la ciencia médica cuando las terapias resultan infructuosas. La otra opción, «causar la muerte», siempre será reprobable moralmente ya que es causar un daño.

Desde una perspectiva cristiana de la vida, la petición de eutanasia va en contra de la concepción de que el cristianismo tiene de la vida como un don recibido de Dios mismo. La persona humana es una unidad de cuerpo y espíritu; tanto el cuerpo como el espíritu los hemos recibido de Dios como un don. Dios nos ha llamado a la existencia, y esta va más allá de esta vida y tendrá su plenitud e inmortalidad en el Reino de Dios. Cuerpo y espíritu van unidos: el espíritu vivifica el cuerpo y el cuerpo construye la historia de cada uno.

También desde la visión cristiana el personal sanitario que debe realizar una acción que causa la muerte de otro contradice el precepto «No matarás». Colaborar directa o indirectamente en la aplicación de la eutanasia supondrá siempre un acto grave que pesará en la conciencia recta del creyente.

Desde una perspectiva laica, el problema más grave que presenta la eutanasia es si la sociedad y, en concreto, los profesionales de la medicina pueden atender una petición que en el fondo no está al alcance de sus posibilidades ni de su código deontológico. La sociedad debe procurar el bien de los ciudadanos y causar la muerte de otro, aunque éste lo solicite, nunca podrá ser considerado como un bien. Si el cuerpo médico acepta la práctica de la eutanasia corre el riesgo de sembrar la desconfianza social y en concreto de los enfermos graves que esperan acompañamiento en el sufrimiento, pero no una muerte anticipada. El riesgo de abusos es otra puerta que se abre con la legalización de la eutanasia y hace plantearnos que la solución que buscan unos pocos puede perjudicar a la gran mayoría.

Mn. Josep M. Gavaldà Ribot,
Doctor en Teologia Moral

Artículo publicado en la revista Església de Tarragona (Mayo-junio / n. 304)

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