El monje es aquél que busca a Dios. Y lo hace, principalmente, valiéndose de la escucha: una escucha atenta que debe ser su actitud fundamental. Es por eso que san Benito, padre de los monjes, comienza su Regla con estas palabras: «Escucha, hijo, las prescripciones del maestro, pon la oreja del corazón…» (Cf. RB, Prol. 1). Para poder captar la Palabra que Dios le ha dado en la Sagrada Escritura y averiguar su sentido más profundo, y para que el monje pueda discernir qué es lo que Dios le quiere decir en el suyo hoy y ahora, es necesario que escuche la palabra de Dios con atención. De ahí nace la estima del monje por la palabra: la palabra le lleva a Dios y le abre el camino de su búsqueda. Y por eso la lee, la medita, la reflexiona… Pero ese amor no acaba aquí: la escucha atenta lleva al monje a dialogar con Dios, le lleva a la oración. Cuando el monje ora dialoga con Dios con la misma palabra que Él le ha dado. Y siendo tanta la importancia que el monje da a la palabra, no le basta con pronunciarla: debe cantarla.

Durante siglos, el monje ha rogado cantando, porque ha encontrado en el canto la mejor manera de magnificar este diálogo con Dios, que lleva a cabo a través de Su propia palabra. El canto hace que la palabra penetre más fácilmente en el interior de toda persona. Y además ayuda a crear un espíritu comunitario, porque quienes cantan juntos experimentan lo que el libro de los Actos decía de la primera comunidad: «La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (Cf. Hch 4,32) . Además, san Benito pide que el canto sea bien ejecutado: «Los hermanos no deben leer o cantar todos por orden, sino aquellos que puedan edificar a los oyentes» (Cf. RB 38, 12). El canto debe, pues, ser digno y bien ejecutado porque es oración. Cuando el monje está en la oración sabe que está en la presencia de Dios, y por eso no quiere estar de cualquier manera. De ahí que el oratorio sea un espacio bellamente decorado, y tenga que contar con una liturgia bien hecha y una música bien ejecutada.

Éste es el motivo de que en Montserrat, al menos desde hace setecientos años contamos con la ayuda de la Escolanía: un corazón de voces blancas que hace el servicio de crear este ambiente bello y armónico en el que se desarrolla la oración. El canto de los monaguillos ayuda también a los peregrinos a hacer experiencia de Dios a través de la belleza de la música, y por tanto, cumple la finalidad principal del canto litúrgico: ayudar a entrar y adentrarse en el Misterio de Dios.

Efrem de Montellà
Prefecto de la Escolanía de Montserrat

Artículo publicado en la revista Església de Tarragona (julio-agosto 2021 / n. 322)

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