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(Article publicat al diari de la Vanguardia el 19-06-2016)

Andaba Santa Teresa de Jesús de pueblo en pueblo, en aquellos carromatos que recorrían caminos empolvados o llenos de lodo, cuando pararon en un mesón donde les sirvieron perdices en escabeche. Sus monjas, acostumbradas a la mortificación, le objetaron: “¿No será mucho regalo este manjar?”, a lo que la santa contestó: “Hijas, cuando perdiz, perdiz; cuando penitencia, penitencia”.

La visión que enseña la Iglesia de la pobreza no consiste en despreciar las cosas buenas, sino en aceptar con una sonrisa tanto las ocasiones que siguen la corriente de nuestro gusto como las que lo contrarían. Y, sobre todo, enseña a buscar la felicidad de los demás y prestar ayuda a las personas necesitadas. Hay una prueba de que siempre ha sido así, a lo largo de dos mil años: los pobres que piden limosna a las puertas de las iglesias, son reflejo de los que pedían a la puerta Hermosa del Templo de Jerusalén el día que acudían los apóstoles Pedro y Juan.

Junto al desprendimiento personal y el auxilio material a los necesitados, los cristianos ofrecemos ayudas que a veces son aún más necesarias: acompañar a enfermos o personas solas, distribuir alimentos, acoger a refugiados, educar en valores y, sobre todo, dar testimonio de su fe.

Es imposible cuantificar estas aportaciones. Dar el tiempo de que uno dispone para ayudar a otros en tareas de voluntariado, no se puede medir, pero algunos datos objetivos dan idea de la magnitud de la acción social de la Iglesia.

Recientemente se ha publicado una investigación, cuyo desarrollo he seguido con mucha atención, coordinada por la Cátedra de Inclusión Social de la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona con la colaboración de la Fundació Pere Tarrés. Trata sobre su acción social en Catalunya.

Según el estudio, la Iglesia de Catalunya y sus entidades atienden a 426.976 personas, el 61 por ciento españolas y el 39 por ciento inmigrantes. Un 40 por ciento son personas solas, para las que resulta vital encontrarse con alguien que les escuche. Una acción social que tiene como destinatarios principales a personas que responden a alguna de estas características: encontrarse en paro, sin hogar, enfermas, discapacitadas,  drogodependientes, reclusos y ex reclusos.

La investigación señala que esta extensa labor la realizan 3.297 personas contratadas y 18.850 voluntarias, en datos de 2014. La proporción de voluntarios revela el secreto de que pueda efectuarse tanto con medios tan escasos. De ellos las dos terceras partes son mujeres. En cuanto a la edad, el 43,8 por ciento tienen más de 65 años, que después de una vida de trabajo, continúan activos en beneficio de los demás.

No hace falta decir que el amor es el principal carburante que mueve este motor. Es una entrega desinteresada y muchas veces sacrificada, de acuerdo con aquella petición de Beata Teresa de Calcuta: “Vamos a dar hasta que duela”. Dar dinero, pero sobre todo algo tan valioso como es tiempo.

Jaume Pujol Balcells
Arquebisbe metropolità de Tarragona i primat

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