La Iglesia dedica el último domingo de septiembre al día de las personas migradas y refugiadas. Un tema que, desgraciadamente, es de actualidad cada día, ya que son muchas las personas que por motivos políticos, sociales, desastres naturales y guerras se ven obligadas a irse de sus países, dejar todo lo que tienen, así como todo aquello que a lo largo de las diferentes generaciones han ido recopilando y se han ido transmitiendo, como son costumbres religiosas, culturales y recuerdos personales. Son vidas truncadas que deben empezar de nuevo en otras tierras donde, por bien que se las acoja, siempre les queda la añoranza y el dolor de tener que dejar familiares que quizás no verán nunca más. Un ejemplo lo tenemos con la pandemia, ya que han sido muchas las familias que han perdido seres queridos y no han podido completar el duelo.

De todos es bien conocido que a lo largo de la historia han sido muchos los movimientos migratorios a los que podemos hacer referencia, pero no por ello son menos dolorosos. Sin embargo, ahora vivimos momentos muy inestables, los cuales conllevan a un cruce de culturas y, en poco tiempo, todos debemos hacer el esfuerzo, por un lado, de repensar nuestras costumbres y, por otra parte, de aceptar los hábitos y las prácticas y tradiciones de aquellos que se han visto obligados a cambiar de país. Reflexión que nos lleva a hablar y meditar términos como respeto, tolerancia, diversidad y fraternidad.

Creo que es también obligado pensar y hacer referencia a todas estas niñas y mujeres que en muchos de sus países ven vulnerados sus derechos sólo por el hecho de haber nacido mujer; muchas de ellas, cuando huyen de su tierra, ven otra luz y tienen la posibilidad de ser tratadas como seres humanos que son. Este colectivo, desde siempre, ha sido el más vulnerable y ahora quizás ya empieza a ser hora de que también para ellas las cosas cambien.

Recuerdo, no hace tanto, cuando aún trabajaba en el mundo de la enseñanza, que de un día para otro nos llegaban alumnos nuevos con quien costaba comunicarnos por cuestión idiomática y, también, porque ellos llegaban asustados. No sabían cómo los recibiríamos y, a pesar de ser amables con ellos, seguían desconfiando y teniendo miedo. Era una situación difícil para ambas partes, pero, poco a poco, todos aprendimos a enriquecernos culturalmente y a respetarnos de forma mutua.

En la escuela no se empleaban las palabras refugiados o inmigrantes, sino que para nosotros, los profesores, eran alumnos recién llegados, palabra que para alguien sólo puede ser un eufemismo, pero que, sin embargo, es una palabra más integradora. Lo siento y me duele al oído los términos migrante o refugiado, son etiquetas malsonantes y fuertes y, por ello, quizás necesitamos dejarlas de lado, ya que por parte de algunos partidos políticos parece que este lenguaje más inclusivo cada vez se promueva menos, algo que sólo hace que poner barreras y muros cuando, en realidad, ver al otro como uno más de nosotros, nos lleva hacia el camino de la paz, el respeto y la armonía.

Finalmente, todo esto me lleva a mencionar al gran compositor alemán L.V. Beethoven, cuando en la segunda década del siglo XIX compuso su Novena Sinfonía y, con visión profética, puso un canto a la fraternidad, hoy el Himno de Europa. Claro que una cosa es la música y se la lleva el viento y otra son los hechos.

¡Pensemos en ello, por favor, ya que ante Dios todos somos hermanos e hijos de un mismo Padre!

Montserrat Esporrín Pons,
delegada diocesana para la pastoral social

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