En Pascua de este año se celebran los 50 años de una encíclica de Pablo VI que tuvo un gran eco en la sociedad de los años 60. Eran unos años dulces, después del Concilio Vaticano II que había abierto muchos horizontes y que presentaba una Iglesia comprometida con el mundo. Pablo VI era un intelectual.

La primera encíclica de su pontificado fue sobre el diálogo entre personas y naciones, como camino de paz y de progreso, Otra encíclica que hizo impacto, sobre todo en los grupos evangelizadores de la Iglesia, todavía hoy muy válida, Evangelii nuntiandi. Pero hoy nos toca hablar de la Populorum progressio que no se queda en teorías sino que señala caminos de progreso para toda la humanidad: «Desarrollo es hoy el nombre de la paz». Habla del progreso de todo hombre y de todos los hombres, dos aspectos bastante importantes para que se realice tanto la finalidad del hombre concreto como la de la humanidad mirada como comunidad internacional.

Hay quien cree que la posesión de bienes materiales es la meta de todo progreso. No, hay otros valores, que están muy por encima de la economía. Esta es válida en tanto ayude al crecimiento de la persona humana y de la solidaridad entre los diferentes pueblos. «En los designios de Dios todo hombre está llamado a promover su propio progreso, porque toda vida es vocación dada por Dios para una misión concreta». No estamos en este mundo porque sí. «Dotado de inteligencia y de voluntad, el hombre es responsable de su crecimiento, al igual que de su propia salvación. Ayudado y a veces también estorbado por los que lo educan y lo rodean, cada uno permanece el artífice principal de su éxito o de su fracaso. Cada hombre está llamado a crecer en humanidad, valer más, ser más ». Y continúa diciendo: «Este crecimiento no es facultativo», no es simplemente una posibilidad que puede quedar amortiguada por pereza, apatía o indolencia. No podemos ser buenas personas si no somos personas. Como un reloj no puede ser un buen reloj si no es reloj. Por lo tanto el primer deber de nuestra existencia, inapelable y universal es la propia realización. «Resulta así que el crecimiento humano constituye como un resumen de todos nuestros deberes».

Todos estamos llamados a crecer como personas. Y a la sociedad le corresponde velar por que esta crecimiento se convierta en realidad. Muchas veces este crecimiento está entorpecido por la mala estructuración de la sociedad. «Si para el desarrollo técnico de la sociedad se necesitan personas preparadas, también para el crecimiento de todo hombre se necesitan personas competentes», filósofos, psicólogos, pedagogos, supondría el paso, según el mismo Pablo VI «de condiciones de vida menos humanas a condiciones de vida más humanas. La búsqueda exclusiva del tener se convierte en el principal obstáculo, que cierra el hombre en lugar de liberarlo y propiciar la verdadera libertad de espíritu sin la cual no hay persona. «La codicia es la forma más evidente de un subdesarrollo moral», «El ideal a perseguir es pasar de condiciones de vida menos humanas, a estructuras más humanas, tanto por parte de quienes se ven privados de un mínimo vital como los que sólo piensan en su propio interés. Hay que velar por una economía al servicio del hombre, «contra el imperialismo internacional del dinero». Hay que tener muy presente que el trabajo dignifica al hombre y que es, sin duda, la mejor oportunidad que se le ofrece de servir a la comunidad humana. «Por eso hay que velar para que nadie se vea privado de esta posibilidad de enriquecimiento personal y de colaboración en la construcción de un mundo nuevo.

En la segunda parte de la encíclica habla del despertar de «todos los hombres», de la solidaridad indispensable entre pueblos y naciones, de lucha solidaria contra el hambre del mundo. Sólo una solidaridad internacional puede hacer frente a los graves problemas de la humanidad, si todos nos consideramos un solo pueblo, solidario y hermanado, los cristianos siempre en primera fila. Los pueblos desarrollados tienen el deber gravísimo de ayudar a los países en vías de desarrollo. El superfluo de los países ricos debe abrirse a las necesidades de los países pobres. Es urgente crear un fondo mundial que vele por el progreso de todos los pueblos con dificultades. Es evidente que el mercado dejado a su expansión espontánea no puede ser solución a la problemática de nuestro mundo. Entre países ricos y pobres hay que crear una igualdad de oportunidades y no abusar nunca de la inferioridad de condiciones de determinados países que necesitan el apoyo de las otras naciones que están en mejores condiciones culturales, económicas, políticas y sociales. Hay que velar por que cada pueblo sea artífice de su propio destino prescindiendo de imposiciones engorrosas e injustas. La mejor manera de combatir la miseria es luchar por un progreso humano y espiritual de todos. El camino hacia la paz consiste en la instauración de un nuevo orden basado en la justicia y la solidaridad entre los pueblos. La vocación de la ONU se basa fundamentalmente en unir todos los pueblos de la tierra en un objetivo y una preocupación común.

¿Quién no ve la necesidad de instaurar una autoridad mundial que pueda actuar eficazmente en el terreno jurídico y en el de la política? El objetivo primordial, según Pablo VI, es el progreso de todo hombre y de todos los hombres.

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