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La archidiócesis cuenta con cinco monasterios de vida contemplativa. De éstos, cuatro están formados por comunidades femeninas. Una de estas comunidades es la de las Mínimas de San Francisco de Paula, que desde finales del siglo XVII están presentes en la ciudad de Valls.

Una de las peculiaridades de esta comunidad es que llevan a cabo la vivencia cuaresmal y penitencial a lo largo de todo el año. Hablamos con la hermana María Élida, superiora o «correctora», como ella indica, de la comunidad, para saber un poco sobre la espiritualidad y el día a día de las monjas mínimas de Valls.

—¿Cuál es el carisma y la espiritualidad de las monjas mínimas?

Nuestro fundador, Fray Francisco de Paula, nos escogió para rezar por la paz y la concordia. Por eso, nosotros vivimos la penitencia y la Cuaresma durante todo el año. Nuestra forma de vivir se basa en la oración, el ayuno y la abstinencia, y la caridad. Estas tres prácticas cuaresmales las llevamos a cabo en nuestro día a día como un acto de conversión.

Nuestra vida es una Cuaresma de «tensión» hacia Pascua, una penitencia amorosa y alegre que nos conduce hacia la vida nueva. Nosotros no nos quedamos con Cristo de la cruz, sino con Cristo glorificado. Somos luz para los penitentes.

—Experimentando la vivencia del tiempo cuaresmal en vuestro día a día, ¿cómo vivís entonces la Cuaresma?

A lo largo del año, nosotras practicamos el ayuno sólo los miércoles y los viernes. En el tiempo propiamente cuaresmal, esta práctica se intensifica durante todos los días de la semana. Evidentemente, nuestra comunidad adapta el ayuno según la realidad y la salud de las hermanas.

—¿Cuántas religiosas viven ahora en la comunidad y de dónde provienen?

Actualmente, la comunidad de monjas mínimas de Valls está formada por seis hermanas, de las cuales tres son originarias de España, dos de Kenia y una es peruana.

—¿Desde cuándo hay una comunidad de monjas mínimas en Valls? ¿Y en Cataluña?

Nuestra presencia en Valls se remonta al año 1681. Nosotras fuimos fundadas por la comunidad que ya existía en Barcelona y, posteriormente, fundamos una tercera comunidad en Móra d’Ebre.

En el conjunto del Estado español, formamos una federación entre todas las comunidades con el objetivo de ayudarnos, entre nosotras, en el ámbito espiritual y material. La colaboración entre las distintas comunidades es constante. Si es necesario, reforzamos alguna comunidad con la presencia de hermanas de forma temporal.

—¿Qué aporta la vida claustral a su vocación? ¿En algún momento le ha supuesto una dificultad?

Vivir en clausura nos ayuda a llevar una vida de contemplación, oración y silencio constante y profunda.

Yo entré en la comunidad con diecisiete años y llegué a Valls con diecinueve. Al principio, las rejas me impactaron mucho, pero enseguida me adapté y descubrí que no eran un problema, sino que eran el símbolo de nuestra vida contemplativa. La clausura, pues, no me ha supuesto ninguna dificultad, es nuestra regla de vida.

—Nos encontramos en la fase diocesana del Sínodo sobre sinodalidad convocado por el papa Francisco en el que invita a trabajar a todo el pueblo de Dios. ¿Cómo lo trabajarán?

Desde la comunidad nos hemos preparado mucho para poder trabajar este Sínodo. Hemos leído la exhortación de nuestro arzobispo Joan y hemos escuchado conferencias del obispo Luís Marín y de Cristina Inogés.

En estos momentos, estamos trabajando el cuestionario adaptado para las comunidades de vida consagrada y hemos podido compartir un rato de reflexión con Hna. Isabel Górriz, delegada diocesana para la vida consagrada y miembro de la comisión diocesana del Sínodo.

Entrevista publicada en la Hoja dominical del 3 de abril de 2022 (n. 3760)

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