Desde 1909 se celebra en todas las Iglesias el octavario de oración para la unidad de los cristianos; la iniciativa fue de Paul Watson, que escogió las fechas del 18 al 25 de enero. Estos días todas las Iglesias cristianas tienen presente el dolor de la separación de los creyentes y la esperanza de la unidad y recuerdan como una sobre exigencia la oración de Jesús en el último día de su vida: que todos sean uno, como yo y el Padre somos uno. Con el Concilio Vaticano II la Iglesia Católica se abrió al diálogo y al reencuentro con las otras Iglesias cristianas. Desde entonces han sido múltiples los encuentros y el diálogo bilateral entre teólogos de diversas confesiones de cara a elaborar una teología ecuménica, esto es, aceptada por todos. El camino ecuménico en sí mismo es irreversible porque está empujado por el mismo Espíritu Santo.

La pregunta es ésta: ¿con los años de trabajo conjunto hemos avanzado en algo? La respuesta es positiva: hemos aprendido a orar juntos, a reconocer la riqueza espiritual que todas las Iglesias tienen ya compartirla, a amar la ecología (desde la bella teología de la creación) y a trabajar por la vida, allí donde aparece ahogada por las situaciones injustas. Unos y otros podemos trabajar juntos en la caridad, la predilección por los más pobres.

La pertenencia a diversas Iglesias no debe significar que no nos tengamos que conocer y amar. El camino ecuménico está vivo (y está vivo porque viene del Espíritu Santo); ciertamente que hay dificultades y ralentizaciones, pero en las grandes asambleas ecuménicas se da el testimonio común desde la fe cristiana sobre la persona, el mundo. Las Iglesias ya no se miran a sí mismas con desconfianza, o con competencia, sino con la caritas, que es un don del Espíritu Santo. Él nos hace el don de poder orar y trabajar juntos y de testimoniar juntos la resurrección de Cristo.

En la historia cristiana se constata la separación de la Iglesia Madre de varias comuniones eclesiales; ahora habría el contrario, que la Iglesia madre diera la comunión (reconociera su pertenencia) a las Iglesias que en el tiempo han salido de ella. Dicho de una manera más sencilla, que las reconociera como hijas, sin exigir demasiado a cambio, sólo el mínimo indispensable desde la jerarquía de las verdades. La verdad cristiana es polifónica, más uniforme. La unidad de la Iglesia no significa la unicidad de la Iglesia. Por ejemplo: «No se puede pedir a las otras Iglesias lo decidido sin ellas, después de la separación». Y otras cosas por el estilo.

Debemos orar y podemos rezar por la unidad de los cristianos para que en el corazón del Padre ya estamos unidos, porque el Espíritu de Dios es dado «sin medida» a todas las Iglesias. No es Dios que tiene la necesidad de la oración, sino nosotros de hacerla, porque todo orando al Padre aprendamos a vivir como hijos y hermanos. Es evidente que la separación de las Iglesias debilita la evangelización.

También dentro de la Iglesia católica se ha de practicar el ecumenismo y rechazar toda tentación de montanismo. Aunque hay grupos católicos que miran la práctica del ecumenismo como un debilitamiento de la doctrina y un camino de relativismo; son los mismos que miran bajo sospecha el Papa Francisco, con sus gestos e iniciativas en relación al ecumenismo.

En nuestras sociedades en las que Dios ha sido olvidado o ya es inconcebible, los cristianos hemos de testimoniar al Señor como un acontecimiento real (lo que se ha convertido en mí), en el sentido «que mi vida hubiera sido diferente si no hubiera conocido Cristo por la fe». Hay que dar testimonio desde la vida de oración y el combate por la justicia. Ya no podemos ir diciendo: «Estos son de unos» y «estos otros», todos somos de Cristo. En relación al Señor no hay nadie equidistante. Todos tenemos la certeza «que tanto nosotros como ellos somos salvados sólo por la gracia de Jesús, el Señor» (Hch 15,8). La unidad de la Iglesia es previa y plena en el corazón de la Trinidad. Vivamos como hermanos ya que por Dios Padre todos ya somos uno en su Hijo, en el amor del Espíritu Santo.

Rafael Serra, pbro.
Director del Secretariado diocesano de Relaciones interconfesionales

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