La archidiócesis es uno de los pocos lugares de todo el estado que cuenta con una larga tradición de vida eremítica. Actualmente, en nuestra archidiócesis, hay diez eremitas de los cuales el hermano Juan es el único hombre. También es el último que se ha incorporado a la archidiócesis, desde que el pasado mes de octubre llegó al pueblo de Guimerà, en el arciprestazgo del Urgell-Garrigues. Hoy, compartimos con él un rato de conversación.

 —¿En qué momento sintió la llamada a esta vocación?

A pesar de nacer en Sabadell empecé hacer a camino con la Fraternidad de Nazaret, residiendo en Vila-seca y he sido voluntario de la pastoral penitenciaria, aquí en Tarragona. Más tarde, durante un largo tiempo hice una experiencia de discernimiento en la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia, más conocida como la Orden trapense. Durante este periodo afloró lo que se estaba fraguando desde hacía tiempo en mi interior. En el fondo, la vida comunitaria me ha llevado a hacer una experiencia de vida eremítica, por contradictorio que pueda parecer.

 —Hace relativamente poco tiempo que está en Guimerà. ¿Cómo lo está viviendo?

El pasado día 29 de octubre llegué a la Abadía de Guimerà. Llevo muy pocos meses y, por tanto, todavía me encuentro en un tiempo de búsqueda y discernimiento antes de hacer la profesión pública. Días más tarde, el día 9 de noviembre celebramos una Eucaristía, que fue presidida por el arzobispo Joan, en la iglesia parroquial de Guimerà, en la que se me recibía como eremita con la entrega de una cruz y los estatutos de la vida eremítica. También asistieron los rectores de la parroquia, Mn. Lluís Noguero y Mn. Joan M. Anglès, la delegada diocesana para la vida consagrada, la hermana Isabel Górriz, los hermanos sacerdotes de Vila-seca y el diácono, Mn. Miquel Marimon. Guardo un buen recuerdo de ese día aunque debido a las restricciones de la pandemia no pudieron asistir los amigos y la gente del mismo pueblo.

Además de participar en la eucaristía dominical en la parroquia de Guimerà, también me gusta compartir y estar presente en las celebraciones en Vallbona, sobre todo en los tiempos fuertes del año.

¿Cómo ha sido la acogida en el pueblo?

 Aunque llevo muy poco tiempo en el pueblo ya me siento, y soy, guimeranense. Mi contacto con la gente del pueblo es mínimo, la pandemia tampoco ha ayudado mucho y sólo me relaciono con la gente del pueblo cuando necesito bajar a comprar algo o cuando participo en las celebraciones dominicales en la iglesia parroquial. Supongo que, como todo en esta vida, es cuestión de tiempo. Con todo, me siento acogido y valoro mucho el interés que tienen por mí.

¿Cómo vive un día cualquiera?

Cada día es un nuevo despertar, una voluntad de renovar el compromiso, avalado por Cristo. Me levanto muy temprano, al amanecer. Mi día gira en torno a la oración —rezando la Liturgia de las Horas ante el sagrario—, dedicando tiempo a la lectura y la formación y, también al trabajo, aval de salud física y mental. He sido carpintero de profesión y esta vocación también me ayuda en el mantenimiento de la casa y a la hora de hacer otros trabajos. También me encargo del huerto.

De esta experiencia eremítica, ¿qué encuentra más pesado y qué lo llena más?

Lo que más me llena es el hecho de vivir el presente, saborear cada instante, cada momento. Y lo que tal vez encuentro más pesado es el reto de evitar pensar y recordar, ya sea con tiempos pasados como en lo que está por venir. De ahí la importancia de ocupar bien las horas y de hacer un discernimiento para dar respuesta y sentido a esta vocación.

Entrevista publicada en el Full Dominical del 8 de agosto de 2021 (n. 3.726)

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