En la Catedral de Tarragona,en una cripta, reposan los restos del cardenal Francisco Vidal y Barraquer, el cardenal de la paz, como se le conoce. Hay que bajar unas pequeñas escaleras de piedra, y, allí, bien luminosa, se encuentra la capilla.

Hoy, 11 de septiembre, fiesta nacional de Cataluña, se me hace particularmente presente su figura. Este ilustre predecesor mío murió desterrado en 1943. No dejó que la enterraran fuera de su sede, Tarragona. Hombre cultivado y preparado para la vida pública, fue ante todo un gran pastor catalán y de la Iglesia universal. Él tuvo que ejercer el ministerio en tiempos políticamente difíciles: el advenimiento de la República, las leyes contra la libertad religiosa, la guerra, la posguerra … En contra de lo que se ha dicho, nunca hizo política. «No parece que sea misión de los obispos quitar o poner gobiernos», escribió. Fue leal a sus ovejas, y, por ellas, a su conciencia.

Cuando los obispos de Cataluña, en el aniversario de la carta pastoral Les arrels cristianes de Catalunya, publicamos el documento Les arrels cristianes de Catalunya, teníamos presente su maestría. Él se adelantó a su tiempo, y en momentos mucho más confusos, fue capaz de comprender que «nosotros, los pastores, con la vista puesta en Dios (…) y en el futuro, debemos medir las consecuencias de las nuestras palabras y de nuestros actos, prescindiendo del punto de mira puramente humana». Es la prudencia de quien gobierna; en su caso, las almas.

Hoy los catalanes miramos nuestro pasado -aquel 11 de septiembre-, para, desde la memoria, proyectar nuestro futuro colectivo. Es natural que la atención se centre en políticos, en los gobernantes. Es un servicio trascendental, que hay que agradecer. Los creyentes rezamos por ellos, porque tienen que saber respetado todos, unir, ser inclusivos -como se dice ahora- y servidores, en primer lugar de los débiles y más necesitados; tener una visión amplia y al mismo tiempo realista.

Puede ser hoy un buen día para superar el roce de la política cotidiana y mirar más arriba: de dónde venimos, cuáles son nuestras raíces, que nos identifica. A través de todas las coyunturas que puedan venir, eso es lo que será definitivo. ¿Qué hacemos con la herencia recibida de tantos y tantos como el cardenal Vidal y Barraquer, creyentes o no, la inmensa mayoría anónimos: ¡el sentido de convivencia, la capacidad de compromiso, el trabajo bien hecho, el espíritu de servicio, acompañamiento de los débiles, la apertura a los demás, la familia! Esto se hace en el calor del hogar, en la escuela, en los pasillos de los hospitales, en la empresa, en el hogar de ancianos. También hay que hacerlo en la política.

Los obispos que nos precedieron destacaron las importantes raíces cristianas que tiene Cataluña. Es verdad. Muchos que no son creyentes participan. El más grande es la caridad; una antropología que se basa en que lo que te hace feliz es hacer felices a los demás; servir. Y servir a quien más lo necesita: el pobre, el fugitivo, el enfermo, el dependiente … La caridad, además nos abre a todo el mundo. Nos hace universales. Nos da identidad y a la hora nos hace amantes de las otras identidades de nuestro mundo global. ¡Y esto se hace más urgente cada día!

Me dirán: ¿qué tiene que ver todo esto con este 11 de septiembre? Yo pienso que todo. Y más que nunca. Le pido hoy al estimado cardenal Vidal y Barraquer: que los catalanes -y todos- sepamos ensanchar y transmitir el patrimonio espiritual recibido.

Jaume Pujol Balcells, arzobispo metropolitano de Tarragona

(Publicado en La Vanguardia el dia 11-09-2016)

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