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Muy probablemente estos días poco o mucho hemos oído el titular «El Papa permite a las mujeres leer en la Iglesia». Seguramente se podría apelar a la expresión «no dejes que la realidad estropee un buen titular» ya que como todos sabemos, gracias a Dios, hace muchos años que las mujeres ejercen este servicio en la Iglesia. ¿Pues qué ha hecho el Papa? Me preguntaba una lectora de la parroquia. Trataré de explicarlo de manera clara y sin demasiados tecnicismos canónicos.

El papa Francisco a través del Motu Proprio —un tipo de documento pontificio habitualmente utilizado por los papas por temas normativos de la Iglesia— titulado Spiritus Domini ha modificado la norma canónica (c. 230 CIC) que sólo permite a los hombres recibir el ministerio laical de lector y acólito por otro que dice que este ministerio lo pueden recibir los laicos sin especificar el sexo.

Recogiendo las palabras y el espíritu del Concilio Vaticano II el papa Pablo VI instituyó por primera vez unos ministerios laicales, es decir, unos servicios eclesiales específicos de los fieles laicos en la Iglesia. Definió dos ministerios: el de lector y el de acólito (servidores del altar). Y dejando la puerta abierta a que se pudieran definir más en el futuro, lo que no ha ocurrido. Con todo, como estos ministerios son herederos de las antiguas órdenes menores que recibían los aspirantes a la ordenación sacerdotal, aunque se relean a partir de la teología del laicado del Concilio, el Papa establece que sólo lo reciban los hombres. Y debemos añadir que la inercia del tiempo ha hecho que, además, sólo lo reciban los hombres que piden convertirse en clérigos. En la práctica, pues, no cambió mucha cosa.

Lo que ha hecho el Papa actual es resituar estos ministerios en la dinámica ministerial propia de los laicos en la Iglesia, y por tanto, romper las limitaciones y la inercia que había desdibujado lo que había nacido como una profundización en la vida de los laicos. En definitiva, establecer a cada uno lo que le es propio en el orden de la participación fructuosa de todos los fieles en la celebración litúrgica.

Dicho esto, hay que aclarar también que no es lo mismo un servicio a la Iglesia que un ministerio eclesial. La distinción se encuentra en su carácter estable e institucional. Un ministerio eclesial se entiende como una tarea que la Iglesia, en su nombre, encomienda a una persona de manera estable, en cambio, un servicio, sin más añadidura, es una acción que se hace de manera temporal y no en nombre de la institución. Así los ministerios laicales instituidos por el papa Pablo VI y que ha revalorizado el papa Francisco son propiamente ministerios ordinarios, estables y en nombre de la Iglesia, y propios de los laicos. Por tanto, el papa Francisco ha querido que los laicos, hombres y mujeres, puedan acceder a un ministerio que les es propio de forma estable y en nombre de la Iglesia.

Corresponderá a cada Iglesia particular el discernimiento de cómo estos ministerios se van estableciendo en vistas al enriquecimiento del conjunto de la vida eclesial. Y que lejos de leerlos como cuotas de poder deben ser celebrados como frutos maduros de un camino eclesial de «corresponsabilidad de todos los bautizados» como el mismo Papa recuerda.

Muy probablemente estos días poco o mucho hemos oído el titular «El Papa permite a las mujeres leer en la Iglesia». Seguramente se podría apelar a la expresión «no dejes que la realidad estropee un buen titular» ya que como todos sabemos, gracias a Dios, hace muchos años que las mujeres ejercen este servicio en la Iglesia. ¿Pues qué ha hecho el Papa? Me preguntaba una lectora de la parroquia. Trataré de explicarlo de manera clara y sin demasiados tecnicismos canónicos.

El papa Francisco a través del Motu Proprio —un tipo de documento pontificio habitualmente utilizado por los papas por temas normativos de la Iglesia— titulado Spiritus Domini ha modificado la norma canónica (c. 230 CIC) que sólo permite a los hombres recibir el ministerio laical de lector y acólito por otro que dice que este ministerio lo pueden recibir los laicos sin especificar el sexo.

Recogiendo las palabras y el espíritu del Concilio Vaticano II el papa Pablo VI instituyó por primera vez unos ministerios laicales, es decir, unos servicios eclesiales específicos de los fieles laicos en la Iglesia. Definió dos ministerios: el de lector y el de acólito (servidores del altar). Y dejando la puerta abierta a que se pudieran definir más en el futuro, lo que no ha ocurrido. Con todo, como estos ministerios son herederos de las antiguas órdenes menores que recibían los aspirantes a la ordenación sacerdotal, aunque se relean a partir de la teología del laicado del Concilio, el Papa establece que sólo lo reciban los hombres. Y debemos añadir que la inercia del tiempo ha hecho que, además, sólo lo reciban los hombres que piden convertirse en clérigos. En la práctica, pues, no cambió mucha cosa.

Lo que ha hecho el Papa actual es resituar estos ministerios en la dinámica ministerial propia de los laicos en la Iglesia, y por tanto, romper las limitaciones y la inercia que había desdibujado lo que había nacido como una profundización en la vida de los laicos. En definitiva, establecer a cada uno lo que le es propio en el orden de la participación fructuosa de todos los fieles en la celebración litúrgica.

Dicho esto, hay que aclarar también que no es lo mismo un servicio a la Iglesia que un ministerio eclesial. La distinción se encuentra en su carácter estable e institucional. Un ministerio eclesial se entiende como una tarea que la Iglesia, en su nombre, encomienda a una persona de manera estable, en cambio, un servicio, sin más añadidura, es una acción que se hace de manera temporal y no en nombre de la institución. Así los ministerios laicales instituidos por el papa Pablo VI y que ha revalorizado el papa Francisco son propiamente ministerios ordinarios, estables y en nombre de la Iglesia, y propios de los laicos. Por tanto, el papa Francisco ha querido que los laicos, hombres y mujeres, puedan acceder a un ministerio que les es propio de forma estable y en nombre de la Iglesia.

Corresponderá a cada Iglesia particular el discernimiento de cómo estos ministerios se van estableciendo en vistas al enriquecimiento del conjunto de la vida eclesial. Y que lejos de leerlos como cuotas de poder deben ser celebrados como frutos maduros de un camino eclesial de «corresponsabilidad de todos los bautizados» como el mismo Papa recuerda.

 

Mn. Simó Gras Solé
Licenciado en Derecho Canónico

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