La víspera de la fiesta de San Francisco, el sábado 3 de octubre, el papa Francisco eligió Asís para firmar la encíclica Fratelli tutti, el primer documento papal de la pandemia. No es casual que un papa que se siente cerca de Francisco de Asís escoja como título dos palabras —“Hermanos todos”— que son un programa de futuro. De hecho, aunque el tema de la pandemia sea tratado directamente tan sólo en el capítulo primero, toda la encíclica se convierte en una respuesta al flagelo que nos golpea de manera reiterada y desestabilizadora. El Papa remarca que el Covid-19 «dejó al descubierto nuestras falsas seguridades» (7), por ejemplo, las que se derivan de la paradoja de estar hiperconectados y de vivir inmersos en una fragmentación que incapacita de actuar conjuntamente. No hay una gobernanza mundial sólida de cara al Covid-19 sino más bien intereses cruzados —se dirime el sorpasso de China a los Estados Unidos—, y a menudo la pandemia se utiliza para una de los cosas que más fascinan los humanos: conseguir o mantener o aumentar el poder. En una palabra, «nos hemos empachado de conexiones y hemos perdido el sabor de la fraternidad» (33).

La Fratelli tutti es una encíclica que se inscribe en el pensamiento y la acción social que la Iglesia promueve. Un buen ejemplo anterior fue la encíclica Laudati si’ (2015), dedicada al «cuidado de la casa común». Ahora, en la Fratelli tutti, el Papa dialoga con Al Tayyeb, el gran imán de la Universidad de Al Azhar, el líder más significado del islam suní. Al Tayyeb y el Papa, que se tratan de amigos, firmaron en febrero de 2019 en Abu Dhabi el “Documento de la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común”. La tesis de fondo de este texto es que las religiones, cuando son lo que deben ser, contribuyen a la construcción de un mundo fraterno y unido, no rasgado por antagonismos ideológicos. Recomiendo los discursos del Papa, Al Tayyeb, del presidente Mattarella y de Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant’Egidio, en la Oración de la Paz de este año, celebrada este 20 de octubre en Roma (www.santegidio.org).

Esta recomendación queda justificada porque el acto de Roma fue, en el fondo, una respuesta a la pregunta sobre qué hacer ante la pandemia. Riccardi señaló que el mundo «está sediento de palabras verdaderas que iluminen el futuro» ante el empobrecimiento y la enfermedad. Pues bien, la primera de estas palabras es fraternidad, y la fraternidad, como subraya el Papa, es el futuro común para el tiempo postpandèmia.

Fraternidad no significa sólo aceptar al otro sino luchar a favor de él. La fraternidad no es una cuestión de fair play, ni de un simple respeto de las libertades individuales. El sueño de una humanidad posible, en paz, se cumple cuando se pasa de una relación de los unos contra los otros a una relación de unos con otros. Este paso no es fácil, pero en eso consiste el auténtico mejoramiento humano, ¡el real human improvement! La pandemia es una buena ocasión para no repetir, maquillándolos, comportamientos de siempre. Y es que, en palabras de Elie Wiesel, lo contrario del amor no es el odio sino la indiferencia.

Por otra parte, la fraternidad es uno de los grandes ideales del Nuevo Testamento y la modernidad. Recordemos la tríada emblemática de la Revolución Francesa: liberté, égalité, fraternité (103-105). El Papa insiste en que la fraternidad debe incluir la voluntad de practicarla y el diálogo, gracias al cual podemos descubrir al otro. La fraternidad no puede quedar encerrada en un pequeño grupo o sector, en un país o territorio, no puede quedar sometida a las diferencias étnicas, sociales, económicas, religiosas, ideológicas. Hay que llegar a una «amistad social que integre a todo el mundo» (180).

Ahora bien, lo que pone en peligro la fraternidad es la cultura del yo. Sin sentido de la historia, la pandemia hace que todo quede reducido a un triste y angustioso presente, que se resuelve en una atención desmesurada al propio yo. El consumismo favorece esta pulsión, que al final provoca «violencia y destrucción recíproca, el “todos contra todos”» (36). El confinamiento físico es expresión de un confinamiento más duro, que afecta a la manera de vivir y a la capacidad de encontrarse uno mismo y con los demás. Todos hemos estado, y estamos, en la misma barca, y hemos descubierto que nadie se salva solo, ni siquiera aquellos que poseen unos medios que, aparentemente, les permitirían vivir aislados. Pero quien se aísla en su particular torre de marfil opta por un estilo de vida sin interés, en el que la pregunta por el otro es vista a menudo como un estorbo.

En el año de la pandemia, el 2020, el papa Francisco, un anciano de casi ochenta y cuatro años, ha hecho oír su voz de dirigente mundial en un contexto de enfermedad y de crisis, de angustia y de incertidumbre. Sin liderazgos globales fuertes, en un damero que se debate entre populismos y liberalismos —es terminología de la encíclica (núm. 155-169)—, el Papa insiste en que la respuesta a la pandemia es la fraternidad universal y la amistad social, y que, por tanto, debemos pasar de un mundo cerrado a un mundo abierto. En este sentido, estar al lado de los que pasan necesidad es el primer paso para vivir una fraternidad de alto voltaje. La alternativa después de la pandemia se juega entre formar una sola humanidad, con la conciencia de que somos «caminantes de la misma carne humana» (8), o bien caer en el globalismo, que implica una merma de «la visión comunitaria de la existencia» (12). En una palabra, se debe reinventar la globalización con la fraternidad universal: este es el lúcido desafío propuesto por el papa Francisco.

 

Armand Puig i Tàrrech, pbro.
Rector del Ateneu Universitari Sant Pacià

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