El viaje del papa Francisco en Egipto tiene una dimensión histórica innegable. Hay un antes y un después en cuanto a las relaciones entre cristianos y musulmanes surgidas y manifestadas en este viaje. Egipto ha sido el crisol de un mensaje potente y claro, que abre una gran perspectiva para con todo el siglo XXI. En El Cairo se han puesto las bases de una nueva mirada entre las dos religiones monoteístas más importantes y más globales. Si bien es verdad que el cristianismo ha llegado a los cuatro extremos de la tierra, también se puede decir que la expansión musulmana ha hecho del Islam una religión global. El Islam no es sólo la religión de Oriente Medio y del sur del Mediterráneo. El país del mundo con más musulmanes es Indonesia, y el África subsahariana es una región del planeta con fuerte implantación del credo islámico. Se podría decir incluso que la visita del Papa contribuye a hacer entender al Islam que ha dejado de ser una religión etnicista, y que, por tanto, debe asumir las responsabilidades que corresponden a su condición de religión mundial – tanto numéricamente como geográficamente.

Y la primera responsabilidad de una religión global es la construcción de la paz. No es por casualidad que el cristianismo –y, más concretamente, el catolicismo– ha ido entendiendo durante el siglo XX que la paz era un valor evangélico incontestable e inaplazable. Cuando las guerras asolaban Europa o se sentían vientos de grandes conflictos, los papas (Benedicto XV, Pío XI, Pío XII) hacían oír su voz, y se iba fraguando un cambio en el corazón del catolicismo a favor de la paz y contra la guerra. Sería Joan XXIII, sucesor de Pío XII, el Papa que había preservado Roma de la destrucción, el que firmaría el gran documento sobre la paz, la Pacem in terris, la encíclica que encontraría su desempeño en la Populorum Progressio de Pablo VI, hace cincuenta años. Pues bien, este trayecto que ha durado prácticamente un siglo en la Iglesia católica, con una doctrina sobre la paz del todo consolidada durante los últimos pontificados (Juan Pablo II, Benedicto XVI), ha encontrado en el Papa Francisco el profeta del gesto universal y de la palabra impactante. Él ha ido a Egipto como «Papa de paz» para hablar sobre paz y reconciliación.

Y en Egipto, el Papa se ha encontrado con un amigo, no con un enemigo. Mientras Francisco de Asís, «il poverello», fue a Egipto y atravesó como hombre de paz las líneas de los cruzados para entrevistarse con el sultán Al-Kamel 1219, el Papa Francisco ha entrado en Egipto también como mensajero de paz, con la simple fuerza de la palabra y del afecto fraterno. De hecho, tanto el Papa como el gran imán de la universidad Al Azhar (nombre que significa «la que florece»), Ahmed al Tayyeb, se dieron el mismo trato: «querido hermano», cuando inició sus intervenciones. Y también fue éste el trato que se dieron el papa Francisco y el patriarca de los coptos ortodoxos, el Papa Tawadros II, cuando éste lo acogió en la Catedral de San Marcos, una veintena de días después de que un terrorista islamista hubiera hecho estallar una bomba en medio del corazón de hombres y mujeres que cantaba durante la eucaristía del Domingo de Ramos. El Papa rogó profundamente con estos mártires en la capilla de San Pedro, en el lugar del atentado, después de que anteriormente, en el Aula Magna de la Universidad, en el marco del Congreso Internacional sobre las religiones y la paz y en presencia del Papa, Al-Tayyeb hubiera pedido un minuto de silencio por los cristianos coptos asesinados.

La frontera ya no es, pues, entre una religión y otra, sino entre los que, en el interior de la misma religión, optan por la violencia, directa o larvada, de hechos o de palabras, y piensan que la única «solución» es añadir más violencia a la violencia de quienes creen en la destrucción del otro. El enemigo, dicen, sólo puede ser vencido, ya que, de lo contrario, él te vence ti. Pero la lógica del enemigo es la que lleva a escaladas belicosas de todo tipo que ponen en peligro la misma humanidad. Ya dijo san Juan Pablo II que la guerra era la madre de todas las pobrezas. La falta de paz lleva a la deshumanización del mundo y en múltiples agresiones contra la persona y su dignidad. Por ello, ante la guerra y la violencia, se impone el lenguaje de la amistad y de la alianza.

El Papa mencionó el monte Sinaí, sagrada para las tres religiones abrahámicas, como signo de la alianza entre todos, allí donde Moisés recibió la Ley divina. El Sinaí es la montaña del pacto entre Dios y el pueblo, que espera que Dios hable para encontrar la vida que destilan sus palabras. Los creyentes en un Dios que se ha revelado en el Sinaí y que ha querido establecer una alianza con los hombres, saben que este es el Dios de la paz. El fuego y la tormenta, el humo y las nubes, expresan la majestad divina, pero el temor reverencial ante este Dios no tiene nada que ver con el miedo. El Sinaí es el lugar donde el pueblo empieza a caminar guiado por la luz de la Palabra. Y el camino que lleva a la tierra prometida arranca de un Dios que cree profundamente en la persona humana y sus posibilidades, en las energías de amor que lleva dentro de ella.

En El Cairo se ha abierto un camino de paz. Todo Egipto estaba pendiente del peregrino de paz que venía desarmado, sólo equipado con las armas del diálogo y de la reconciliación. Hay un Islam moderado que condena en público el terrorismo de otros musulmanes y lo hace sinceramente. Hay un cristianismo mayoritario llamado a ser heraldo de paz en un mundo que necesita las religiones para que sean testigos de una paz fundada en la justicia. No hay paz sin justicia, pero no hay justicia sin paz. El abrazo del Papa y Al-Tayyeb lo decía claramente. Os lo digo desde lo que, personalmente, pude ver y sentir. Ha comenzado una etapa nueva de la historia entre cristianos y musulmanes, marcada por el signo del arco que se dibuja en el cielo después de la tormenta.

Armand Puig i Tàrrech
Rector del Ateneu Universitari Sant Pacià

Artículo publicado en la revista «El bon Pastor» n. 89 de mayo de 2017

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