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Nunca hubiera podido imaginar que recuperaría la oración de la comunión espiritual que de pequeño aprendí y que la diría por los fieles que participan de alguna manera en las celebraciones de manera telemática por razón del confinamiento. El deseo de todos es que se acabe pronto la aflicción que nos ha sobrevenido, y que ha hecho sufrir tanto.

Todo irá bien, decimos y es natural que lo deseemos, pero, de hecho, no todo ha ido bien. No todo ha ido bien por los que lloran la muerte de seres queridos, por los que han perdido el trabajo y deben vivir el confinamiento en condiciones mínimas de espacio. Todo irá bien si nos queremos, si la justicia, como dice el salmo, precede la paz. Los cristianos han dado la talla y los centros de Cáritas y de atención social de la Iglesia están abiertos y no falta el testimonio de personas que se dedican a ellos. No han podido celebrar la Eucaristía, pero han celebrado la caridad. Lo que quedará de más precioso del tiempo de la pandemia es el amor con que hemos querido y nos hemos ayudado. También la humanidad de tantas personas que han trabajado al servicio de la sociedad y que merecen todo el reconocimiento.

Ciertamente que habrá un antes y un después de la epidemia. Un «después» para el que debemos prepararnos. También en la Iglesia. El discurso de antes, justo aún no hace dos meses, ya no valdrá. No podemos hacer como si no hubiera pasado nada. Una sacudida así cambia todas las perspectivas. Será necesario pronunciar palabras nuevas que vienen de una experiencia nueva. Estas palabras se incuban en el ahora de la oración. A los sacerdotes la pandemia nos ha sumergido en la bienaventurada quietudo, habitada por la oración, y nos ha hecho comprender que no sólo actuamos in persona Christi, sino in persona Ecclesiae, pues cada vez que celebramos la Eucaristía sin la asamblea llevamos dentro del corazón los fieles que queremos y añoramos. En la oblación del Cuerpo de Cristo estamos todos.

En este «después» el más doloroso será que muchas familias se quedarán en el recuerdo doloroso de personas muy queridas, a las que no han podido acompañar. Algunas incluso en su sepelio. Esto quedará como una herida. Muchos son los que han perdido su empleo o han sido objeto de los ERTE. Las consecuencias sociales son a estas alturas imprevisibles.

Cuántas veces por teléfono o whatsapp he oído el deseo de los fieles de comulgar. Es el deseo del Pan del cielo. Cuando cerré la parroquia el día del confinamiento una santa mujer me dijo: «¿Cómo podré vivir sin el Pan del cielo?» La comunión sacramental se ha convertido en deseo y ese deseo contiene la gracia. Naturalmente que nadie sacia el hambre mirando un pan por la televisión, pero en la vida sacramental el don se anticipa en el deseo. Es la doctrina más clásica sobre los sacramentos de deseo. Querer recibir el Cuerpo de Cristo con todo el corazón es ya recibir la gracia del sacramento. La comunión espiritual de san Alfonso María de Ligorio dice así: «Ya que no puedo recibir sacramentalmente, venid ahora a mi alma y como si ya os hubiese recibido (…)» La gracia de Cristo es inmensa en el tiempo y se anticipa en el deseo y perdura siempre en el tiempo. Esto es precioso y muy grande.

Hacemos comunión espiritual con el Cuerpo de Cristo, con el Cuerpo de Cristo total, con el Señor resucitado y con los miembros de su Cuerpo sufriente. Que el deseo nos lleve a recibir, el día que lo podamos hacer, la Eucaristía con un amor aún mayor. Auguramos el día que nos podamos reencontrar para celebrar la Eucaristía. Será un día lleno de gozo y manifestación de la Pascua que celebramos.

Rafael Serra Abellà, pbro.

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