Vivimos en una sociedad en la que la felicidad se entiende como una satisfacción exclusivamente personal. Es como algo a adquirir, que se puede comprar y que una vez alcanzada nos pertenece. Nada más lejos de la realidad, la felicidad se logra si conseguimos que el otro sea también feliz. Difícilmente podemos ser felices cuando vemos la injusticia o la necesidad del otro. El Papa Francisco nos lo recuerda cuando nos dice que el corazón del cristiano late en una sístole y diástole concreta: acercarse a Dios y acercarse al necesitado. Si falla uno de los dos movimientos el corazón cristiano no funciona.

Una de las finalidades educativas de las escuelas diocesanas es que los alumnos tengan este compromiso social con el otro. Un compromiso que nos vincula a todo tipo de actividades de acción social.

En la vertiente nacional la colaboración, tanto por parte de alumnos como de docentes, se da con iniciativas diocesanas como Cáritas o Hogar Natalis, pero también con otras entidades que hacen un bien social: Manos Unidas, el Banco de Alimentos, la Marató de TV3, el Hospital San Juan de Dios o la iniciativa social del Nàstic Genuine.

Pero también en la vertiente internacional los proyectos de cooperación con escuelas de Honduras, proyecto Esttela y Aula Compartida, a través de docentes de nuestras escuelas y de alumnos de diferentes cursos, nos permite compartir lo que hacemos, y aportar nuestro granito de arena en el acompañamiento y ayuda de las personas del otro lado del océano.

Los alumnos y docentes cuando prueban el que supone darse a los demás, responden unánimemente que han recibido mucho más de lo que han dado, que querrían repetir, que se sienten bien. La felicidad, pues, con la acción social, se convierte en un hito más cercana. Dios nos ha hecho necesidades del otro, sin ellos y ellas, sin que nuestros hermanos de aquí y de allí no estén bien, nosotros difícilmente podremos ser felices. Hay que hacer una apuesta decidida para educar desde la cooperación y desde la acción social como forma de combatir una sociedad que aísla y empequeñece la persona.

Pablo Muñoz, director del Colegio San Pablo Apóstol de Tarragona

Artículo publicado en el Full Dominical del 14 de abril (n. 3605)

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