Este año, la Iglesia dedica el segundo domingo de noviembre a recordar a los pobres. Por una parte, nuestra sociedad se jacta de ser muy avanzada tecnológicamente y, por otra parte, cuando nos referimos a las necesidades básicas de la persona, nuestra civilización va hacia atrás. Está claro que hemos hecho un retroceso en el tiempo. Observamos cómo el mundo se está polarizando entre una sociedad cada vez más enriquecida, que hace que las desigualdades sociales y la brecha salarial sean cada vez más visibles y, al mismo tiempo, existe una gran parte de la población mundial empobrecida, sin recursos ni oportunidades para poder acceder a una vida algo más digna; desequilibrio que crea inseguridad, inquietud y malestar físico y mental.

Si nos atendemos a los datos de Cáritas ya los de la Fundación Foessa, publicados en el periódico El País el 6 de octubre, cada vez hay más familias vulnerables que deben acudir a diferentes entidades sociales. A partir de estas ocho dimensiones: trabajo, consumo, salud, educación, política, vivienda, conflicto social y aislamiento social, la organización calcula que en España existen más de seis millones de personas en exclusión social severa, es decir, dos millones más que en el 2018; pero si se amplía un poco más el foco, hay once millones de ciudadanos en situación de exclusión social.

Si nos basamos en la memoria de Cáritas de 2020, detectamos cómo las Cáritas de los diferentes puntos de Cataluña aumentaron las atenciones sociales un 26% respecto a 2019. Y más de la mitad (55,3%) de los hogares acompañados por Cáritas se han hallado inmersos en situación de pobreza severa a causa de la pandemia.

Otra realidad cada vez más visible son los sin techo. ¡Cuántas personas duermen en la calle! Y ver cómo algunas de ellas, que están fuera del sistema, remueven y buscan en los contenedores de la basura, nos hace pensar en la mala distribución de los bienes materiales y naturales a los que hemos llegado. Años atrás esto se nos hacía raro e, incluso, lo comentábamos porque nos sorprendía. Sin embargo, ahora nos hemos acostumbrado a ello y, desgraciadamente, este hecho forma parte del día a día y del entorno urbano.

Es evidente que la pandemia ha causado estragos y desbarajustes, pero el sistema económico neoliberal tampoco ayuda. Como dice el papa Francisco en la encíclica Laudato si’, «la política y la economía tienden a culparse por lo que se refiere a la pobreza y a la degradación del ambiente. Pero lo que se espera es que reconozcan sus propios errores y encuentren formas de interacción orientadas al bien común» (198).

No en vano, el profeta Isaías nos dice que «la obra de la justicia será la paz, su fruto, reposo y confianza para siempre» (Is 32,17).

Montserrat Esporrín Pons,
delegada diocesana para la Pastoral Social.

Artículo publicado en el Full Dominical del 14 de noviembre de 2021 (n. 3740)

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