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Cada mañana, muy pronto, cuando salgo de casa veo muchas personas paseando perros para que hagan sus necesidades. Algunas veces, por desplazarme al aeropuerto o a la estación ferroviaria, he salido a las 5 de la mañana o antes y siempre topé con algún vecino de retorno con su can. En pleno invierno, de paseo por las calles gélidas a las cinco de la mañana en beneficio de la vejiga del perro. Y no un día, sino uno y otro, y todos. Me admira tanto sacrificio.

Alucino también al ver muchas personas en los gimnasios. Unos al galope chorreando sudor en una cinta, otros basculando con esfuerzo en una elíptica y un gran número torturándose con estiramientos y flexiones en las más diversas máquinas de fitness. Por su lado, cada año la “operación bikini” comporta para la boca de miles de mujeres una inmensidad de negaciones, y no es más que una parte de los esfuerzos de muchas, y de muchos, practicando una dieta supuestamente saludable pero más pensada en el perfil del cuerpo que en la propia salud. Más fuerte es aún el exponencial crecimiento de las intervenciones de cirugía estética en personas que ya tenían un buen físico y no han sufrido ningún trauma que exija recomponer el aspecto externo o mitigar lo deformado.

Todo lo anterior muestra una acumulación de sacrificio que la sociedad ha asumido no solo con naturalidad, sino que lo aplaude y promueve. Como contraste, cuando alguien por motivos religiosos hace algunos sacrificios, que además suelen ser mucho menores que los antes citados, es rechazado y calificado de fanático y sectario, además de carente de sentido común y de criterio propio.

Coincide en que estamos en el período litúrgico de Cuaresma, en el cual la Iglesia propone a sus fieles más oración y algunos sacrificios en forma de ayuno y abstinencia. Todo ello para unirse a Cristo preparando la Pasión, Muerte y Resurrección, la gran fiesta de la Pascua. Como elemento sustancial, además, la confesión y comunión al menos anual. Cada uno puede añadir pequeños sacrificios de los que nadie se dará cuenta y que a menudo estarán dirigidos a la atención o servicio a las personas. Todo ello con alegría, sin sentirse víctima.

Aunque la Iglesia lo sigue proponiendo, las palabras mortificación o penitencia han desaparecido de las homilías y la catequesis de no pocas iglesias católicas de Cataluña, de España. Choca con el ambiente y resulta más cómodo ser políticamente correcto. Pero el papa Francisco evidencia que el sacrificio con oración y ayuno no es algo del pasado. Lo ha dicho muchas veces y para el 23 de febrero, viernes de Cuaresma, ha convocado una jornada especial en este sentido para pedir a Dios por la paz del mundo. El Papa lo anunció después del rezo del Ángelus del pasado 4 de febrero y explicó que este día de oración y ayuno está dirigido a implorar a Dios el fin de conflictos prolongados en el mundo. Citó de forma especial los de la República Democrática del Congo y Sudán del Sur, países sumidos en larguísimas guerras civiles.

Francisco invitó también a los no católicos y no cristianos a unirse a esta iniciativa de pedir por la paz “en la modalidad que consideren más conveniente”, añadiendo que “nuestro Padre celeste escucha siempre a sus hijos que le imploran en el dolor y en la angustia”.

El 4 de febrero el Papa pidió que cada uno se plantee a conciencia ante Dios: «¿Qué puedo hacer por la paz?”, y dijo que “las victorias obtenidas con la violencia son falsas victorias. ¡Trabajar por la paz hace bien a todos!”

También el cardenal Juan José Omella ha convocado a los jóvenes de la archidiócesis de Barcelona a una Eucaristía y veneración de la Cruz, que en este año será la cruz de Mosul, que proviene de la iglesia de San Simón de Bartella, en Irak, destruida por el ISIS y actualmente en reconstrucción. Han traído la cruz con el apoyo de Ayuda a la Iglesia Necesitada.

La penitencia por motivos espirituales no ha desaparecido aunque sea poco popular. Es la oración de cuerpo. Y siempre me pregunto por qué nuestros medios de comunicación hablan del principio del Ramadán musulmán y el final y en cambio se olvidan de la Cuaresma cristiana. Actuar así es razonable en El Cairo, Rabat o Teherán, pero no aquí, donde, con todos los déficits, los cristianos siguen siendo muchos más.

Me pregunto por qué nuestros medios de comunicación hablan del principio del Ramadán musulmán y se olvidan de la Cuaresma cristiana.

Daniel Arasa, periodista
Artículo publicado en La Vanguardia (18 de febrero de 2018)

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