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Los cristianos celebramos cada domingo como día del Señor y nos congregamos como comunidad para celebrar la misa, en la que Jesús se hace presente entre nosotros con su palabra y con su Cuerpo y Sangre, entregados por nosotros, que nos son dados como alimento para el camino y prenda de vida eterna.

Esto es cuestión de fe, claro. Quien viene a misa como un espectador que va a un concierto, un mitin o una obra de teatro, pronto se cansa. Venimos a misa a encontrarnos con Jesús, a dejar que él inspire y transforme nuestras vidas. Venimos porque tenemos fe en Jesús, y venimos porque queremos que él nos dé más fe. Plantar una morera en el mar, aunque la fe lo hiciera posible, no serviría de nada, pero es una manera de decir que un poco de fe nos abre a posibilidades insospechadas, da sentido, belleza y consistencia a la vida. La fe no es una doctrina abstracta, sino una conexión espiritual con Jesús, y esto nos hace vivir más plenos, más acompañados y con más vigor. Ir a misa no es, pues, el peaje que hay que pagar para que el hijo o la hija hagan la primera comunión dentro de unos meses, sino la oportunidad de madurar una dimensión muy importante de nuestras vidas.

A continuación, con el lenguaje provocativo que suele utilizar en las parábolas, Jesús nos dice que ante Dios somos como los sirvientes que tienen un deber a cumplir. Hoy en día no nos atrae mucho hablar de deberes, es una palabra que suena a obligación, a esfuerzo que cansa y limita la libertad. Ciertamente, si una persona no desarrolla el sentido del deber, si no aprende a cumplir con sus obligaciones y no hace otra cosa que lo que le da la gana en cada momento, no llegará a ninguna parte, será un infeliz y hará infelices los que se encuentran a su alrededor.

Pero este no es el sentido principal de la parábola de Jesús. Más bien Jesús nos dice que Dios nos ha puesto en este mundo con una misión. Esto es muy importante. Todos nos hemos encontrado alguna vez en una situación de impasse. Estamos frente a la pantalla del televisor o del ordenador y se va la luz: y ahora qué hacemos? El maestro nos manda que hagamos un ejercicio y no sabemos empezar: ¿y ahora qué hacemos? Estamos en el trabajo y nadie sabe cuáles son sus tareas: y ahora qué hacemos? La vida de pareja o de familia no nos satisface, o surge un conflicto grave: y ahora qué hacemos? A veces vamos desorientados, no sabemos qué sentido dar a la vida y no encontramos motivos para luchar. Pues bien, es una gran noticia saber que Dios nos ha puesto en el mundo en cada uno de nosotros con una misión, que la vida tiene sentido y que seremos felices en la medida que cumplimos lo que Dios espera de nosotros. Seguir a Jesús nos sirve para ir descubriendo cuál es nuestro lugar en el mundo y al que hemos sido llamados.

Jordi Vila, pbro.
Delegado diocesana de Apostolado Seglar

(Artículo publicado en el Full Dominical del 22 de enero de 2017, n. 3489)

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