La Iglesia, el último domingo de septiembre, nos invita a reflexionar y tener presente la situación de las personas refugiadas y recién llegadas. Una realidad que no es nueva: sólo hace falta que repasemos los movimientos migratorios a lo largo de la Historia Contemporánea. Olas migratorias que nunca han sido bien vistas por los países receptores, al contrario, el recién llegado ha sido y es tratado como una persona de categoría inferior; sólo hace falta ver la situación de precariedad y vulnerabilidad que viven muchos de ellos, sin olvidar que, a menudo, hacemos uso de algún mote al referirnos a ellos. Sin embargo, la Historia importuna y preferimos olvidarnos fácilmente. Quizá deberíamos pensar cuántos antepasados ​​nuestros, a lo largo de los siglos XIX y XX, emigraron. Mientras, las contrariedades son cada vez más numerosas y los problemas se multiplican: falta de trabajo, aumento del precio de los alimentos básicos, poca vivienda social, pobreza energética…

Por otra parte, en Europa, las agresiones racistas y los partidos populistas van en aumento, lo que provoca incertidumbre e inestabilidad y, eso, da miedo.

El refugiado no es un invasor. Si nos llamamos cristianos, el recién llegado deberíamos verlo como un hermano nuestro y dejarnos de esconder o mirar hacia otro lado porque consideramos que no es uno de los nuestros o adoptamos una actitud de superioridad cuando, en realidad, nos queda mucho por aprender y enriquecernos mutuamente. Como dijo el papa Francisco, en su viaje a Canadá, «no somos colonizadores». Es desde el respeto hacia el otro cuando podremos mejorar el mundo.

Precisamente, algunas de las propuestas que salieron en la síntesis del trabajo del Sínodo en el arzobispado de Tarragona son, por un lado: «Necesitamos humildad y saber hacer silencio para poder escuchar y acoger lo que dice el otro» y, por otra parte: «Las personas inmigradas (…) tienen cierto sentimiento de no ser acogidas y/o escuchadas».

Todos merecemos una vida digna; sin embargo, nos mostramos hacia los recién llegados con recelo y carencia de confianza. Estaría bien salir de nuestro sitio de confort y tener una mirada más amplia y acogedora. No podemos obviar los sentimientos de estas personas, ya que no es fácil tener que dejar familia, amigos, la tierra, las costumbres y adaptarse a un mundo diferente al de uno mismo. Nos llenamos la boca con las palabras integración e igualdad, pero ¿es adecuado lo que hacen los gobiernos? Y, nosotros, los cristianos, ¿cómo reaccionamos ante un inmigrante o un refugiado? ¿Qué pensamos de él?

El libro del Éxodo nos invita a reflexionar sobre cuál debe ser nuestra actitud ante el refugiado o el inmigrante: «No explotes ni oprimas al inmigrante, que también os fuisteis inmigrantes en el país de Egipto» (Ex 22,20).

Montserrat Esporrín Pons
Delegada diocesana para la pastoral social

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