El domingo más próximo a la solemnidad de San José, que se celebra el día 19 de marzo, la Iglesia celebra el Día del Seminario. Una Jornada que se celebra desde 1935 con el objetivo de suscitar vocaciones al presbiterio a través de la sensibilización, dirigida a toda la sociedad, y en particular a las comunidades cristianas. Este año, con motivo del Año de San José convocado por el papa Francisco, llevará por lema «Padre y hermano, como San José».

Con motivo de este Día hemos conversado con el rector del Seminario Pontificio de Tarragona, Mn. Josep Mateu y el rector del Seminario Mayor Interdiocesano, Mn. Armand Puig. Ambos son relativamente nuevos en el cargo, Mn. Mateu fue nombrado rector del Seminario de Tarragona el pasado mes de mayo y Mn. Puig es el rector del Seminario Mayor Interdiocesano desde el pasado mes de octubre, aunque hay que recordar que ya fue el vicerrector entre los años 1988 y 1997.

Con ellos conversamos sobre la situación actual de ambos Seminarios, la crisis de vocaciones en el seno de la Iglesia y los retos y las oportunidades de la formación de los seminaristas en un contexto social y eclesial en constantes cambios.

—¿Cómo están afrontando este nuevo cargo?

Mn. Josep Mateu (J. M.): Con mucho respeto, ciertamente. Cuando el Sr. Arzobispo me propuso asumir esta nueva responsabilidad la primera respuesta fue que no, porque sin duda es una responsabilidad importante en la medida que tienes entre manos un tesoro que son aquellos jóvenes o no tan jóvenes que el Señor llama para ser sacerdotes. Una gran responsabilidad también porque de alguna manera te sientes interpelado ti mismo. Con ilusión, con respeto y cierto temor pero con la confianza de que si te han encomendado significa que puedes aportar algo en este nuevo servicio que la Iglesia te confía.

Mn. Armand Puig (A. P.): Yo, personalmente, la encaro con una grande ilusión. A veces alguien se podría pensar que repetir algo que ya habías hecho tiene poco interés pero en mi caso tiene mucho porque en medio han pasado muchos años y retomo esta responsabilidad con un cierto grado de experiencia que no tenía en ese momento.

—La crisis de vocaciones es un tema presente en la Iglesia desde hace años. Qué momento viven actualmente el Seminario de Tarragona y el Seminario Mayor Interdiocesano?

A.P.: El momento del Seminario Mayor Interdiocesano es bueno dentro de las coordenadas actuales. Está formado por siete diócesis de la Provincia Eclesiástica Tarraconense -Tarragona, Tortosa, Lleida, Girona, Vic, Solsona y la Seu de Urgell, y hay quince seminaristas. Una ratio relativamente baja pero que responde al momento eclesial actual en el que las vocaciones caminan con cierta dificultad. Pero pienso que no debemos ser esclavos del número y debemos saberlo distinguir de la calidad. Desde el punto de vista de la calidad de la formación, los resultados son buenos. El seminarista es un chico que discierne su propia vocación, por tanto en este sentido hay que darle todas las herramientas posibles para que él vea si el camino que ha empezado a escoger es el camino realmente de su vida o si el Señor lo llama a otra cosa.

J.M.: Es cierto que esta cuestión se ha ido acentuando con los años. Se dice que hay una crisis de vocaciones en el seno de la Iglesia y es verdad, pero hay una crisis de vocaciones en el mundo de la política, en el ámbito de la familia, del compromiso matrimonial… hay una crisis de compromiso vital. Por lo tanto, si afecta a la sociedad también afecta a la Iglesia.

Es verdad que el Seminario no pasa por sus mejores momentos, actualmente tenemos cuatro seminaristas, dos de ellos, en el Seminario Mayor Interdiocesano, estudiante tercero de Teología; otro seminarista que está en etapa pastoral que justo ahora ha terminado la etapa del Seminario y ahora comienza su formación pastoral en una parroquia y otro seminarista que ya ha recibido la ordenación diaconal y por lo tanto está a las puertas de la ordenación presbiteral.

Por tanto, es verdad, hay pocos seminaristas y en un contexto que no es favorable, en una sociedad de una profunda crisis vocacional. Nos toca ir a contracorriente pero este hecho a menudo puede motivar y dar vida, puede convertirse en una opción más madura que en otros momentos de la vida de la Iglesia.

—¿Cuáles son los retos y oportunidades que hay hoy en día en la formación de los seminaristas?

J.M.: El reto está en la dificultad de hacer un compromiso vital y personal en la sociedad que nos toca vivir. Por tanto, el principal reto es cómo suscitar en el corazón del joven esta pregunta y responder con un sí al Señor. Pero al mismo tiempo la oportunidad es que hoy en día los jóvenes quieren opciones radicales y, por tanto, esta propuesta que también es radical porque integra toda la persona, la vertiente personal, afectiva y relacional, puede cautivar aquel a quien el Señor llama.

A.P.: El primer reto es aceptar la palabra «autorizada» de los formadores a fin de avanzar, es decir, ser dócil. Y una segunda cosa que es más importante es la docilidad a la voz de Dios. De hecho, el formador lo que intenta es explicitar lo que la voz del Señor va suscitando en la persona. Por lo tanto, aquí no sólo hablamos de la formación espiritual, sino también de la formación humana, intelectual, comunitaria … Y todo ello llevado por un crecimiento interior que depende fundamentalmente de la docilidad de la persona a la voz interior del espíritu que se manifiesta también en las indicaciones que los formadores dan como también de los profesores, porque hay que recordar que el seminarista recibe las clases en la Facultad de Teología del Ateneu Universitari Sant Pacià.

—Liderazgo, conversión, nueva evangelización… son conceptos y metodologías que han ido ganando fuerza en la pastoral. ¿El plan formativo del Seminario también se adapta a esta realidad?

J.M.: Sí, precisamente hace poco hemos tenido una reunión de todos los rectores y formadores del Seminario Mayor Interdiocesano que agrupa todas las diócesis de la Provincia Eclesiástica Tarraconense y comentábamos este tema, que el plan de formación de los sacerdotes debe cambiar. Ni los jóvenes son los mismos de hace veinte o treinta años ni el contexto en que viven tampoco. Por lo tanto, la formación ha de ir adaptando. Ciertamente, la Santa Sede ha sacado un nuevo plan de formación para los seminaristas donde acentúa mucho estos cambios. En esta reunión hablábamos, por ejemplo, del liderazgo pastoral, de la conversión pastoral, que la formación no sea estrictamente intelectual sino que también vele por la convivencia. Tiene que haber un replanteamiento constante para que el presbítero que salga de nuestros seminarios esté preparado a las circunstancias y los retos que nos manda la Iglesia y la sociedad.

A.P.: Sí, esta es una cuestión básica. El contexto histórico, político, cultural, religioso, económico o antropológico es diferente ahora en cada momento. De hecho, el papa Francisco afirmó que no estamos en una época de cambios sino en un cambio de época. Y aquí surge una dificultad: ¿cómo formar a estas personas que están viviendo un cambio de época? Siempre los ha habido cambios pero ahora vivimos un cambio fortísimo y por tanto aquí hay un reto y una responsabilidad de todos para dar una respuesta en el contexto histórico que vivimos.

—¿Qué aspectos creen que pueden ayudar en el despertar de nuevas vocaciones al presbiterado?

A.P.: Es una cuestión compleja porque los seminaristas vienen de itinerarios personales muy diversificados. Hace cincuenta o sesenta años el seminarista venía de unas estructuras cristianas consolidadas como eran la familia, la parroquia y la escuela. Este era el hummus que daba pie a las vocaciones. Ahora no pasa lo mismo, pasa en primer lugar la respuesta a la voz interior que uno siente y le llega a partir de una experiencia, de un acontecimiento que él ha vivido, de un crecimiento interior lento pero no hay esas grandes estructuras de apoyo de las vocaciones como había antes.

J.M.: Pienso que la importancia del Día del Seminario, más allá de la colecta, que también lo es para el propio sostenimiento, está el aspecto de la sensibilización. Que las comunidades sepan qué significa acompañar el presbítero y por parte de ellas ir cambiando la visión que tienen del presbítero. Es importante que cada vez tomemos más esta conciencia comunitaria. La Iglesia no es cosa del presbítero solo, y cuando digo Iglesia me refiero a todo lo que comprende: la catequesis, el patrimonio, los enfermos, la evangelización … Es importante que las comunidades tomen por sus seminaristas, por las nuevas vocaciones, que integren en su vida esta misión con el presbítero. Y también es importante que el sacerdote no se sienta solo ni que las comunidades se sientan solas. Esta sensibilización debe ayudar a un cambio de paradigma que lleve a un trabajo y una misión conjunta.

—¿Qué aconsejan a los jóvenes que les plantean una posible vocación?

J.M.: En primer lugar les planteamos un discernimiento, intentarlos acompañar con un discernimiento. No debemos caer nunca en el peligro «de ir a la caza» cuando tenemos pocas vocaciones sino que debemos dar mucha libertad, que ellos hagan un proceso y plantearles que ser sacerdote no es algo fácil pero como tampoco lo es ser padre de familia, tener un trabajo que te llene o hacer una opción de vida. El objetivo final a la respuesta de su llamada es la felicidad. También los planteamos, y acompañamos, en la inserción de una comunidad para que el seminarista no sólo debe cumplir un expediente académico sino que debe vivir apasionadamente una dimensión pastoral. Y también potenciamos cada vez más una vida comunitaria con los sacerdotes, que ellos descubran qué significa ser sacerdote no sólo desde la teoría sino también conviviendo con quienes han de ser hermanos en el presbiterio.

Lo resumiría con cuatro aspectos: la oración, el discernimiento, la inserción pastoral y la convivencia con los sacerdotes y con los seminaristas.

A.P.: Lo que yo aconsejo es que no se precipite, que dé tiempo al tiempo para ver si es algo que tiene consistencia. Y después de que se ponga en manos de alguien que la acompañe, debe haber un guía: un padre espiritual, un sacerdote amigo o una persona que no sea el padre que lo pueda ayudar, naturalmente, y que esta inquietud sea objeto de una oración sincera.

Entrevista publicada a la Revista Església de Tarragona (n. 319)

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