Desde hace tiempo y desde todos los medios de comunicación nos llegan inputs recordándonos las fiestas de Navidad. Cada vez más bien, las calles, las tiendas y centros comerciales se engalanan con una fría iluminación china y con una decoración lejos de lo que significa Navidad, porque no nos olvidemos que es tiempo de comprar, consumir en exceso, de regalos y de comidas pantagruélicas, que contribuyan a que las fiestas navideñas luzcan más.

Sin embargo, los que ya tenemos una edad añoramos aquellos días de Navidad que vivíamos cuando éramos pequeños, en los que el rescoldo familiar recordaba y celebraba el nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre para redimirnos a todos. Curiosamente ahora se ha tergiversado el sentido de esta fiesta. Jesús nace pobre y, en contraposición, si no gastamos y consumimos mucho, ya no es Navidad. Hacer el pesebre en las casas era una manera de recordar y revivir el nacimiento de ese Dios humilde y, al poner una estrella en el establo, aquel Niño irradiaba el amor que nos tiene. Entiendo que los tiempos cambian, sin embargo, ahora, es como si nos empujaran hacia una fiesta pagana, ya que según los cánones políticos, es más aceptado y recomendado decir felices que desear una feliz Navidad.

Estamos en pandemia, pero parece que pronto nos olvidamos. Vivir el día a día, sin tener que pensar mucho, como si fuéramos robots, hace que no encontremos un rato para reflexionar y vivir, sin tanto alarde, el verdadero sentido de estos días navideños. Poco a poco, con o sin conocimiento de causa, lo vamos desacralizando todo. Nos creemos tan importantes y fuertes que, incluso, en estos días, podemos prescindir de Dios. Pero al otro lado de esta realidad de opulencia, existe todo un grueso de la sociedad a los que, por las circunstancias sociales y económicas en las que se encuentran, celebrar estas fiestas al ritmo que nos impone la sociedad en general, les puede resultar duro y triste.

Ciertamente que desde Cáritas y otras entidades sociales que trabajan para los más desfavorecidos, durante este ciclo navideño, reciben muchas donaciones y la sociedad parece más concienciada, pero hay que recordar que estas familias no sólo tienen necesidades básicas durante estas fechas, puesto que , a lo largo de todo el año la pobreza y la soledad continúan.

Nos conviene hacer un paro en el que seamos capaces de meditar y vivir el presente, con los pies en el suelo, ya que muchas veces caemos en el derroche de muchas cosas inútiles, mientras estamos privando a otras familias de lo que les es necesario.

Quizás, fijándonos en la humilde familia de Nazaret, llegamos a captar que no necesitamos tanto para vivir, que en la sencillez de las cosas y del hacer seremos más felices, no iremos tan angustiados y, al experimentar la idea de compartir, llegamos a entender el verdadero sentido de Navidad.

¡Ojalá no tengamos que escuchar más aquella reiterada frase, «suerte que se han acabado las fiestas», porque el consumismo ha podido con nuestras fuerzas!

Montserrat Esporrín Pons, delegada diocesana para la pastoral social

Artículo publicado en la Hoja Dominical del 26 de diciembre de 2021 (n. 3746)

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