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Vivo en un mundo que no reconozco. De esto me he dado cuenta gracias a la experiencia vivida en Ceuta.

Durante dos semanas participé en un campo de trabajo organizado por los Misioneros Javerianos y las Hermanas Misioneras de María. Estábamos en el Centro San Antonio, un espacio donde venían jóvenes del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) y del centro de menores para aprender castellano, manualidades e informática. El fin de semana fuimos a Tetuán. Estuvimos debatiendo con voluntarios de muchas culturas y nacionalidades diferentes sobre la situación del inmigrante y nuestro papel al respecto.

En el Centro San Antonio mi principal tarea era la alfabetización de los chicos. Los chicos se dividían en tres grupos, dependiendo de su nivel de español, e iban rotando a lo largo de la mañana por los 3 grupos. Cuando pasan dos o tres días te das cuenta que no eres tú quien tienes más cosas para enseñarles a ellos. Escuchándolos, hablando, jugando, bailando y cantando con ellos empiezas a descubrir un mundo diferente al que tú pensabas que vivías. Yo iba con prejuicios, con ideas preconcebidas. Estos chicos tienen sueños, igual que nosotros. Algunos tienen estudios universitarios iniciados y quieren continuarlos en Europa. Otros tienen proyectos de vida que no pueden cumplir en África y por eso quieren venir a nuestra casa. También había dos chicos de 14 años. ¿Qué motivación te puede llevar a dejar tu casa tan pequeño y emprender este peligroso viaje? Muchos subsaharianos mueren por el camino, los estafan o caen en mafias. Es un camino muy duro el que tienen que recorrer hasta llegar aquí. Y la única razón de todas las dificultades que se les presentan es el país donde han nacido. Todo esto me ha hecho descubrir un mundo nuevo. Un mundo que no reconozco. Que no es como me habían dicho.

De esta experiencia me llevo un reencuentro con Dios muy especial y diferente. He visto a Dios en los hinduistas, los musulmanes y todos los proyectos que ayudan a los inmigrantes, en el que no es relevante tu raza o religión. El grupo de amigos que hemos hecho todos los voluntarios con los que compartí el campo, que nos ayudábamos a seguir con fuerzas para que la frustración no pesara más que la alegría que nos transmitían los «morenos». Ellos, mis «morenos», todo lo que me han enseñado y como me han acogido nunca lo olvidaré. Doy gracias al padre Rolando, misionero javeriano que ha organizado el campo. Y a Maite, directora del Centro San Antonio, por acogernos y hacernos sentir como en casa.

Maria Melero Cugat

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