Me considero un hombre afortunado. Tengo una familia maravillosa, unos amigos que son como hermanos, un círculo profesional formado por gente extraordinaria donde desarrolla mi vocación entre compañeros y voluntarios. Me rodea un entorno social y cultural del que aprendo tantas cosas buenas. Soy un optimista por naturaleza! Siento de manera muy especial la comunión eclesial en toda su dimensión, una conexión bien profunda que me une con los cristianos de todo el mundo y de todos los tiempos y en esta comunión también incluyo todas las personas anónimas de buena voluntad que integran las diferentes razas y credos del mundo. Cada día, cuando me levanto, contemplo el día que nace como un renovado regalo lleno de oportunidades donde hacer valer mi libertad y decidido a integrar mis alegrías y adversidades en un sincero «hágase tu voluntad».

Y por la noche, cuando vencido por el cansancio, me dispongo a dormir, una oración en forma de revisión de vida pone en las manos del Señor todo lo que mi conciencia me indica que he hecho bien y el sufrimiento que he podido causar a otras personas o ala creación. De repente pienso que este programa de vida sólo es explicable desde el precioso don de la Fe. Así, creo firmemente que Dios es Padre, creador de toda la realidad Dios nos habla, podemos descubrir su verdadera esencia, el sentido de nuestra vida y la comprensión de toda la realidad y que ha dotado a las personas de amor, inteligente inteligencia y libertad. Nacidos en este mundo, que ya es Reino de Dios, aceptamos, como seres libres, el amor que Dios nos ofrece en una comunión indisoluble y eterna.

Dios y nosotros somos a la vez emisión y recepción en una constante relación personal y en un diálogo íntimo y sagrado, individual y comunitario. Este hecho es posible por el conocimiento que Dios tiene de cada persona por su omnisciencia: «Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo» (1 Jn 3,20). Recíprocamente, nosotros tenemos un verdadero conocimiento de EII gracias a las Sagradas Escrituras que actúan en nosotros como mensaje, canal y código a la vez.

La Biblia no es únicamente un fascinante producto cultural que debemos saber descodificar para penetrar en el universo de su exégesis. Llegados a su significación profunda, las Sagradas Escrituras se nos presentan como un tesoro infinito: Dios nos habla, podemos descubrir su verdadera esencia, el sentido de nuestra vida y la comprensión de toda la realidad. Dios, además, nos quiere protagonistas desde una feliz interacción: su Palabra se materializa en la persona que la proclama. Dios nos implica activamente en el proceso de hacerla viva.

El relato bíblico saboreado con el espíritu, captado por la inteligencia y actualizado desde nuestro corazón, se nos presenta como la mejor carta de navegación de nuestra vida. Somos capaces de descubrir que también formamos parte de este diario íntimo del Pueblo de Dios escrito sobre líneas humanas con pluma divina. Cada palabra, cada pensamiento, cada imperativo, cada historia contenida en la Biblia es el regalo más preciado de un creyente en el Señor que espera ser interiorizado y transformado en acto de alabanza y compromiso.

Andreu Muñoz Melgar
Arqueólogo y director del Museo Bíblico Tarraconense

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