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Vuelve en septiembre con bonitas fiestas como la del nacimiento de la Bienaventurada, la de la Santa Cruz … Con septiembre, pero, vuelve también la alegría a las parroquias para empezar un nuevo curso pastoral es siempre un gozo. Demonos cuenta que: «Acabamos el curso cansados, pero siempre lo empezamos con ilusión.» Después de muchos años de experimentarlo, lo considero una gracia del Espíritu Santo. Es como ir a misa, a veces da pereza, pero siempre salimos contentos. Y con razón: hemos encontrado al Señor y los hermanos. De todo lo que hemos de programar y preparar para el nuevo curso pastoral, no olvidemos la Liturgia. No lo dude: es el centro, el corazón, de allí viene todo y hacia allí va todo. Nosotros tenemos que poner los mejores medios: proclamar bien las lecturas, el canto y los cantores, la música y los organistas, la dignidad, competencia y preparación en los que presiden. Sobre todo, todos tenemos que poner un corazón humilde, receptivo, orante.

Por nuestra parte, debemos hacer lo mejor para hacer la acción litúrgica: después, ya viene el Espíritu Santo que lo llena todo y hace de la celebración un don para nosotros. Como si en lo que hemos preparado nosotros viniera un arroyo de agua que lo llenara todo. Con la lectura escuchamos la Palabra de Cristo (cosa admirable, podemos acompañar al Señor en todas partes como los apóstoles), con la música nos brota el corazón de alabanza que nos eleva y nos hermana, con la predicación crecemos en la vida teologal (como el eco de la Palabra que brota del corazón de un sacerdote que vive en la oración) y, finalmente, con el pan y el vino recibimos el don más grande, el Cuerpo y la Sangre del Señor. El que recibe la Eucaristía se convierte en un solo corazón con él (1 Co 6,17). El Señor, que «llena de bienes a los pobres», nos dará el mayor, él mismo como Presencia y Comunión.

El paradigma de todo esto es la presentación de las ofrendas. Fijémonos en ella: nosotros presentamos al Señor lo más humilde, el pan y el vino, pero el Señor nos lo devuelve, por la acción del Espíritu Santo, como algo incomparablemente mejor: como su Cuerpo y su Sangre . Como dice el canon romano: Él que lo ha creado, lo ha bendecido, lo ha santificado, lo ha vivificado y, finalmente, nos lo da, lo regala.

No consideramos la liturgia como algo marginal (por añadidura), sino como el centro de una comunidad parroquial ya que allí, simplemente, está Cristo glorioso. Para Él, y sólo por Él ya causa de Él y del Espíritu que nos ha sido dado, recibiremos los niños en la catequesis, atenderemos los hermanos a Cáritas, encontraremos y acompañaremos los jóvenes que vienen y vendrán, visitaremos los ancianos y los enfermos y tantas otras cosas. Todo ello encuentra su fuente en la Eucaristía dominical, allí el Señor nos da su Espíritu, fuego que abrasa y empuja.

Tampoco debemos olvidar el principio: no tenemos que preparar la liturgia, sino prepararnos para la liturgia. Hay que prepararse con la oración, la conversión, el seguimiento humilde de Cristo, que es renunciar a nuestros criterios, y aceptar la obediencia amorosa de la fe. Convencidos de que esto no es obra nuestra, sino una obra de Cristo que así manifiesta el poder de su resurrección (Ef 10,12). El Misal Romano (cf. IGMR 3a. Ed. Núm. 45) nos dice que es laudable que en la asamblea, en la sacristía, se mantenga un silencio expectante, porque todo el mundo se prepare para la acción sagrada por la que Cristo viene nosotros.

En la Iglesia nada debe hacerse con precipitación como olvidando que el Señor ya lo ha hecho todo por nosotros, pero tampoco a la Iglesia no se debe hacer nada con negligencia, quedándonos en las confortables tiendas del Tabor.

Rafael Serra, sacerdote.

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