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Amar de forma llena siempre es un gozo. Y este gozo que significa amar, situado en el seno de una familia, es luz que irradia el amor de Dios; talmente fuese Dios mismo quien se añadiera al abrazo familiar que, con ternura, abarca aquella célula de vida y de convivencia. La exhortación que vamos desgranando en esta revista, como un análisis reposado después de cinco años de su promulgación, nos propone ahora un repaso a los capítulos sexto y séptimo.

A modo de preámbulo debemos recordar —ya lo han hecho también los artículos anteriores— que esta exhortación fue escrita en situación prepandémica y, por tanto, libre de consideraciones que ahora sería impensable olvidar. Sin embargo, los primeros cinco capítulos presentan, en una especie de status quæstionis, la vocación al matrimonio como una joya y no un yugo; el acompañamiento como una ventana al mundo y no como una intromisión; la apertura a la vida como una colaboración a los planes de Dios y no como una carga; la educación como escuela de amor y no como un asunto que es necesario delegar. Llegados aquí, los capítulos sexto y séptimo descienden a la concreción: el sexto se centra en la acción pastoral de la acogida, acompañamiento, celebración del matrimonio y de la familia formada al abrigo del mismo. La segunda parte de este capítulo sexto trata de cómo la propia acción pastoral ilumina las crisis, angustias o dificultades, no para refugiarse en ellas, siempre para superarlas, y enfoca cómo acompañar rupturas o hacerse cargo otras situaciones sociales complejas. Después, el capítulo séptimo, enfrenta la educación de las hijas e hijos surgidos de un proyecto de familia cristiana. Es, en la educación, donde radica el meollo de la propuesta de futuro que significa el documento del papa Francisco.

Las perspectivas pastorales (Cap. VI)

Recojo el comentario que Mn. Josep Gil hizo en el primero de los artículos, en el que destacaba el lamento de Amoris Lætitia sobre la falta de realismo, la poca destreza al presentar las propuestas cristianas o la ausencia de acompañamiento a los nuevos matrimonios como la situación que ha provocado lo que ahora lamentamos. Ciertamente hay que tener presente que la acción pastoral debe revertir la consideración del matrimonio como una carga que conviene apartar del horizonte del proyecto de vida de las personas o del que, sencillamente, conviene alejarse de él cuanto más mejor. El Papa hace la petición expresa en este sentido en el conjunto del texto del capítulo sexto: la iglesia doméstica es una escuela de amor y responde a un proyecto de vida, lo que afectará a la totalidad de las personas que formen parte para que en sí mismo es un proyecto que está llamado a ser fecundo.

El capítulo no define qué es la pastoral familiar, sino que remarca los retos y necesidades para convertirse en una pastoral completa, señalando como base necesaria no perderse en generalizaciones y acercarse a los problemas reales. Y los retos van encabezados por la formación amplia de quien, a nivel parroquial, aporta la principal contribución a la pastoral familiar. En efecto, es en las parroquias donde se da este ámbito preferente y es necesario que quien participa de la pastoral tenga una formación profunda, resolviendo la falta de formación adecuada de los ministros ordenados —en este sentido menciona la experiencia de la larga tradición oriental de los sacerdotes casados o la urgencia de la formación de los seminaristas— como punto primordial y aprovechar la presencia del laicado, las familias y en particular de la presencia femenina (núm. 203). Se trata, en definitiva, de conseguir una buena capacitación pastoral de todos los participantes.

La compleja realidad de la familia actual requiere una adecuada guía que se inicia junto con el proyecto, con el acompañamiento de los prometidos. Por eso, el Papa invita a las comunidades a «acompañar el camino de amor de los novios, primando la calidad de esta acción por encima de las cantidades porque aprender a amar a alguien no es algo que se improvisa ni puede ser el objetivo de un breve curso previo a la celebración del matrimonio» (núm. 208). En este sentido destaca la aparición en el documento del interesante concepto «familia misionera» aplicada sobre todo a la insustituible enseñanza que la propia familia de los novios puede haber ejercido desde el inicio de las vidas con su ejemplo. Este espejo debe prever fracasos, preparar para las situaciones conflictivas y mostrar como la vida de matrimonio no se basa en el deseo de tener, hacer o disfrutar siempre. Todo esto configura una pedagogía del amor vivido en casa desde la infancia y prepara para no centrarlo todo en la preparación más inmediata en el momento del sacramento. Es común destinar excesivos esfuerzos en la celebración y menguar proporcionalmente la importancia de la liturgia del sacramento (núm. 213), la percepción teológica y espiritual del consentimiento que se darán (núm. 214) o reducirlo todo a un momento que queda tan sólo en el cajón del recuerdo (núm. 215).

Cuando Amoris Lætitia afronta la pastoral menciona sobre todo el acompañamiento en los primeros años de la vida matrimonial (núms. 217-222) como un desafío de las parroquias y comunidades para que quien ha decidido fundar una nueva familia y proyecto de amor entienda que, después de la celebración, no se trata de una cosa acabada. Ciertamente es una cosa que se va construyendo siempre, y este trabajo permanente ayuda a ver venir a las tormentas, a ser realistas en la fijación de los objetivos y en situar siempre el amor como centro de la comunicación conyugal. La exhortación aporta un abanico de recursos e iniciativas aplicables en estos casos (núms. 223-230).

A partir del número 231, la exhortación del papa Francisco, recogiendo los trabajos sinodales, ilumina las angustias, las crisis y las dificultades que la vida, también la del matrimonio y de las familias, debe afrontar. Las crisis no son situaciones excepcionales, extrañas o paradójicas, son connaturales en la vida, y presentes en todos los ámbitos (salud, espiritual, existencial, económico…) el matrimonial y familiar incluidos; por eso deben afrontarse, sin resistirse, negarlas, retrasar su solución o, más aún, desapareciendo de la escena, porque para afrontar una crisis se necesita estar presentes (núm. 234). La no resolución deja cicatrices y viejas heridas que al final obstaculizan las soluciones. La pastoral matrimonial se acerca a las situaciones de crisis sin olvidar jamás el dolor y la angustia que suponen. El abanico casuístico de las crisis es amplio: a veces comunes al estado matrimonial, a veces de convivencia, a veces de comunicación, a veces sólo individuales… pero siempre se elaboran, afrontan y superan en el ámbito comunitario del amor conyugal y, llegado el caso, del amor familiar. Y he aquí que, empeñados en que las crisis siempre tienen solución, Francisco nos pone ante los ojos la aportación sinodal clave: «Parece urgente la necesidad de un ministerio dedicado a aquellos cuya relación matrimonial se ha roto».

¿Y qué hacer para acompañar rupturas familiares, divorcios matrimoniales y roturas filiales? Pues un discernimiento particular para acompañar pastoralmente; sobre todo es necesario acoger el dolor de quien sufre injustamente la situación, sean los hijos (núms. 245 y 246), ajenos a la misma situación o el cónyuge maltratado. Y hay que promover la pastoral en torno a la reconciliación, aunque a veces el perdón sea un horizonte lejano. Este acompañamiento debe tener en cuenta el dolor espiritual de quien fiel al consentimiento sacramental, se plantea rehacer la vida. Aquí, a las personas divorciadas que viven una nueva unión es importante hacerles saber que son parte de la Iglesia, que no están excomulgadas y no son tratadas como tales y, en consecuencia, es necesario promover su participación en la vida de la comunidad. Y la Iglesia local debe añadir a la activa pastoral en estos casos, la real agilización de las vías judiciales para las nulidades; la lentitud de tales procesos irrita y cansa y no hace más que mostrar la escasa capacitación o la necesidad de personal preparado.

Termina este apartado atendiendo a otras situaciones, como los matrimonios mixtos, con disparidad de culto, la petición de bautismo para los hijos e hijas de estos matrimonios, las familias monoparentales y la existencia de miembros en las familias con tendencias homosexuales. El Papa escribe claramente en la exhortación postsinodal que «toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar “todo signo de discriminación injusta” y particularmente cualquier forma de agresión y violencia» (núm. 250).

La educación de los hijos e hijas (Cap. VII)

 En el complejo mundo del aprendizaje global de niños y adolescentes no todo está al alcance del control educativo parental. Por eso, interesa sobre todo generar procesos de maduración de su libertad que los lleven a la auténtica autonomía (núm. 261). Esta autonomía integral, fruto del amor, dota a las personas de la capacidad de escoger, con libertad —el documento lo señala como algo grandioso que se puede perder— e inteligencia, su camino sintiéndose valoradas por los padres.

El camino es complejo, despierta a veces desprecios, pide excesivas resistencias y aporta, talmente, malas experiencias. Porque aunque los padres necesitan la escuela (y el documento explicita, en el número 279, los beneficios de la escuela católica como complemento de este estilo educativo) para la instrucción básica «nunca podrán delegar su formación moral» que les incline a hacer el bien, a descubrir el bien y a convertirse en personas de bien. Pero para ello hay que desarrollar buenos hábitos y costumbres, aprendidas mayoritariamente por imitación de lo que han vivido en el seno del hogar familiar que ha generado, con amor, el rescoldo del fiado. Es la educación moral la que cultiva la libertad a través de propuestas, estímulos, ejemplos y modelos, diálogo e instrucciones y logra enseñar a obrar de forma espontánea el bien (núm. 267). Y cuando la fragilidad de cada momento y de cada persona hace aparecer las malas acciones, se produce el momento de valorar la buena salud de esta tarea educativa y entonces se aprende que estas acciones también tienen consecuencias. El ejercicio amoroso de la corrección aporta entonces una considerable fuerza a la educación filial.

Todo este proceso educativo debe crearse en el seno de la familia, mejor dicho, en el seno de la vida familiar. Es éste el mejor contexto educativo que pueden tener niños y adolescentes. Porque la familia es la primera educadora y la primera escuela. Es donde se aprende a discernir de manera crítica, incluso, la avalancha de mensajes de las redes sociales y de los medios de comunicación que penetran, al margen de la misma familia, en el entorno vital de los educados (núm. 276). Es donde se aprende a cuidar el planeta (núm. 277).

Hacia el final del capítulo VII se promueve, con un apartado muy explícito, un sí a la educación sexual en la edad infantil y adolescente (núm. 280-286). Y lo hace precisamente preguntándose si el desafío del Concilio Vaticano II hacia una educación sexual positiva se ha asumido con valentía en medio de una sociedad sexualizada con creces que tiende a distraer y a saturar de informaciones inadecuadas que no tienen en cuenta las edades ni los procesos de aprendizaje y en esconder y destruir aquello de bien que hay. Una sociedad que negativiza la reproducción inherente al acto sexual, que saca a la luz morbosidades violentas y tratos inhumanos a los seres humanos necesita una educación sexual decididamente respetuosa, íntima, alejada de los juegos narcisistas y que valore en igualdad la feminidad y la masculinidad. Amoris Lætitia apuesta por educar a los niños y adolescentes ayudándoles a alejarse de estereotipos que otorgan el rol de masculinidad y feminidad a determinadas acciones, trabajos o situaciones, ya que esto condiciona la legítima libertad y mutila el auténtico desarrollo de la identidad de cada persona.

Transmitir la fe

La educación de las hijas e hijos debe estar marcada por un camino de transmisión de la fe, que ciertamente se dificulta por el estilo de vida actual porque el hogar debe seguir siendo el lugar donde se enseñe a percibir la belleza de la fe. En el entorno familiar nos acercamos al bautismo, se nos desvela la fe mediante el testimonio de quien es «instrumento de Dios», y descubrimos el espacio de oración. Es así tan sencilla como la familia se constituye como primera comunidad, como sujeto de la acción pastoral y depósito del kerigma.

 

Miquel Marimon Vall
Diácono

Artículo publicado en la revista Església de Tarragona (enero-febrero 2022 / n. 324)

 

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