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Amor que se convierte en fecundo (capítulo quinto)

El amor siempre da vida. (…). Los cónyuges, a la vez que se dan entre ellos, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente de su amor (…). (Amoris Lætitia, 165)

La llegada de un hijo, dentro del matrimonio cristiano, debe ser siempre un motivo de alegría, puesto que es un regalo que Dios nos hace. Sin embargo, es un presente no inmediato, puesto que lleva en sí mismo una dulce espera. Nueve meses en los que los esposos podrán imaginar cómo será su hijo/a, soñarán cómo se convertirá en su llegada, qué nombre le pondrán y, sobre todo, durante el embarazo y, ya desde el primer momento, le amarán y acogerán con cariño y de forma gratuita, sin haberlo conocido antes. Es, por tanto, un amor sin condiciones. Un sí como el de María, es decir, un fiarse de Dios. Pero también, un período lleno de dulce esperanza, en el que los progenitores poco a poco se van haciendo la idea de este nuevo niño. Un regalo muy bien envuelto que vas descubriendo y destapando con mucho cuidado. Por eso, creemos que es muy importante haber tratado el tema de los hijos durante el período previo al matrimonio. Que se haya meditado, hablado y contemplado antes, ya que la idea de llevar al mundo una nueva criatura no es un juguete ni un capricho, sino que es un don que el Señor nos hace y nos confía antes de haber hecho nada por merecerlo. La paternidad responsable debemos tenerla siempre presente. Sin un espacio y un tiempo de diálogo profundo y de oración, antes de engendrar a un hijo, nos encontramos, dentro de nuestra sociedad, con la cruda realidad de muchos niños que son abandonados y rechazados, como si su vida no tuviera ninguna valor. Aquí entraría la idea, por aquellos matrimonios, de que por diversas circunstancias no pueden tener hijos, el tema de la adopción o el de la acogida. Una decisión que comporta un alto grado de maduración, de generosidad y de amor por parte de este matrimonio, si se tiene en cuenta, que un matrimonio sin hijos «sigue existiendo y conserva su valor e indisolubilidad» (178), ya que como señala Francisco: «Adoptar es el acto de amor de regalar a una familia a la que no la tiene» (179).

Creemos también que una nueva criatura no debe ser nunca el pretexto para mejorar una mala convivencia entre sus padres, sino que ante todo, debe haber amor entre ellos y que éste se derrame hacia el niño. Un nuevo niño/a no debería ser el fruto del egoísmo de sus progenitores, hecho que enlaza con la idea de que este nuevo ser tendrá su propia personalidad, sus defectos y sus virtudes, pero no siempre será el que sus padres le impongan, ni tampoco se cumplirán todas las expectativas que tengan en él. Eso sí, padre y madre tenemos la obligación de orientar, ayudar y acompañar en todo momento a nuestro hijo, es decir, estar presente sin ser controladores. Dicho de otro modo, que sepan que estamos y estamos allí. Sin embargo, seguirá siendo él, porque, tal y como hemos mencionado antes, cada ser humano es único e irrepetible. ¡Cada hijo es diferente! Y, por eso, debemos respetar la dignidad de cada uno, sabiendo que los acogeremos siempre, tanto en momentos buenos como malos y, como dice el Papa, con ternura, entrega y fuerza moral. Aunque esto no siempre es fácil ni para ellos ni para nosotros.

Otro aspecto de la familia es el de su dimensión social, puesto que el núcleo familiar no puede estar encerrado en sí mismo ni tampoco dar la espalda a los problemas sociales tan numerosos hoy en día, es decir, debe luchar por la justicia de nuestras familias, es decir, se nos pide solidaridad con aquéllos más vulnerables. Como dice el Papa, es necesario que «todo el mundo llegue a sentir a cada ser humano como un hermano» (183). Por tanto, es necesario que la familia tenga un espíritu abierto. «Así, los matrimonios pintan el gris del espacio público llenándolo del color de la fraternidad, de la sensibilidad social, de la defensa de los frágiles, de la fe luminosa de la esperanza activa» (184).

Pero dentro del concepto de familia abierta, también entra el de la familia ampliada. Una vez que los hijos han formado su núcleo familiar no pueden olvidar a sus padres, hay que honrarlos, sin embargo, siempre teniendo en cuenta su nuevo hogar, con el fin de que su propio proyecto se lleve a cabo. Y dentro de esta familia mayor, también forman parte los hermanos, los tíos, sobrinos y otros familiares, amigos y vecinos.

Hay que mencionar que esta exhortación del papa Francisco fue escrita antes de la pandemia, que para tantas personas ha supuesto vivir en soledad, un concepto de lo que ahora cada día es noticia, ya que esta realidad se ha hecho más visible en todo el mundo. En esto, el Papa se adelantó. Abandonar a los ancianos sólo es fruto del mismo individualismo de aquellas personas que todavía están en activo. Y no podemos ignorar que, un día no muy lejano, los jóvenes llegarán también a la ancianidad. Podemos aprender mucho de ellos, porque tienen más experiencia y más historias vividas que pueden ayudarnos en nuestra vida presente. Olvidar el pasado es un error que, en muchos casos, nos lleva a equivocaciones. Las personas ancianas tienen mucho que decir, aparte de que también ellas tienen su propia dignidad  Como señala el Papa, no podemos despreciar la vejez ni sentirnos indiferentes frente a los ancianos. Ciertamente que no podrán hacer según qué cosas, sin embargo, tienen la capacidad de acariciar a sus nietos, acariciarlos, contarles cuentos, jugar con ellos, iniciarlos en los primeros pasos de la vida cristiana y, a la vez , que los pequeños aprendan a respetarlos.

No en vano, en estos momentos que vivimos de superficialidad y de individualismo, sólo la ternura y la atención hacia los demás, podrán ayudar a cambiar, poco a poco, nuestro mundo.

Montserrat Esporrín y Jordi Sardà
Matrimonio cristiano

Artículo publicado en la revista Església de Tarragona (noviembre-diciembre 2021 / n. 324)

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