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La mirada puesta en Jesús: vocación de familia (capítulo tercero)

El matrimonio como comunidad de vida y de amor, poniendo el amor en el centro de la familia. (Concilio Ecuménico Vaticano II – Gaudium et Spes)

Cuando el papa Francisco, al inicio de este capítulo tercero, hace referencia a la palabra kerigma, nos remite a su exhortación apostólica Evangelii gaudium, ya que toda la reflexión del tercer apartado de Amoris Lætitia gira en torno a esta palabra griego, que viene a significar el anuncio de una buena noticia y, que como escribe el papa Francisco, «nuestra enseñanza sobre el matrimonio y la familia no puede dejar de inspirarse y de transfigurarse a la luz de ese anuncio de amor y de ternura, para no convertirse en una mera defensa de una doctrina fría y sin vida» (59). De ahí que anteriores Padres sinodales hubieran escrito varias exhortaciones papales en torno al concepto de la familia. Y es también el Señor, quien comienza su vida pública asistiendo a una boda en Caná.

Cuando se habla del sacramento del matrimonio, creemos que no nos referimos a un mero contrato entre un hombre y una mujer que tienen un proyecto de vida común. Hay algo más, puesto que, ante Dios y la Iglesia, son ellos los verdaderos ministros de este sacramento y, libremente, se prometen amor, fidelidad y apertura a la vida. Es entonces cuando el Señor nos hace un regalo, un don que incluye la sexualidad o que, en palabras de gran belleza del papa Francisco, se refiere al misterio nupcial. Como dice el Papa, «su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia» (72). Aquí es donde entra el concepto de vocación del matrimonio y el porqué no debe entenderse este vínculo como un yugo impuesto a las personas.

¿Pero cuál es la postura de Amoris Lætitia frente a otras formas de entender el matrimonio, uniones civiles, fieles que simplemente conviven o divorciados vueltos a casar? Ante todo, es necesario no juzgar, porque muchas veces no somos conocedores de sus propias circunstancias que, en ocasiones, pueden ser muy complejas. Ante estas realidades, es mejor el acompañamiento, porque con palabras del Papa «(…) la Iglesia mira con amor a quienes participan en su vida de forma imperfecta; les infunde valor para hacer el bien, para hacerse cargo con amor uno del otro y para estar al servicio de la comunidad en la que viven y trabajan»(78). Es mejor la escucha atenta que la imposición y el juicio. Cierto que la semilla del Verbo no caerá en tierra seca.

Y cuando se habla de apertura a la vida, es cuando hacemos mención a los hijos. Una nueva persona que es fruto del amor de los cónyuges y, a la vez, otro don de Dios. Por esta razón, no cabe la idea de rechazar o destrozar la vida de otro ser, porque él, en el momento de ser engendrado, ya tiene su propia dignidad. Es necesario cuidar la vida de los demás, desde el inicio hasta el final. Por esta razón, la Iglesia también se muestra contraria a la eutanasia e incluso a la pena de muerte. Aquí es donde hay que tener también en cuenta la vida de los ancianos, de los enfermos terminales y la de aquellos que no tenemos conocimiento suficiente para juzgar.

Ciertamente que la vida de los hijos es de ellos, sin embargo, los padres tenemos la obligación y el derecho a cuidarnos de su educación. Un derecho que en palabras del Papa «(…) es esencial e insustituible que están llamados a defender y que nadie debería pretender sacarlos» (84). Como profesores que somos, no podemos estar más de acuerdo con que la escuela no puede sustituir a los padres, en todo caso los complementa. ¡Ciertamente que la primera educación siempre debe venir de los padres!

De ahí el concepto de tanta belleza de la que nos habla Francisco, como es el de Iglesia doméstica, porque no olvidemos que el Señor «nos acompaña hoy en nuestro interés por vivir y transmitir el Evangelio de la familia» ( 60). Una escuela, que como señala el Catecismo de la Iglesia Católica es donde «se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida» (1657).

No olvidemos que esta Iglesia doméstica es, ante todo, una escuela de Amor y, como tal, tiene como ejemplo la Familia de Nazaret. ¡Aprendemos cada día, vivimos momentos inolvidables y muy felices, pero también pasamos dificultades y tenemos momentos complicados, sin embargo, sabemos que, por encima de todo, nos amamos porque contamos con la presencia y con la ayuda del Señor!

M. Montserrat Esporrín y Jordi Sardà
Matrimonio cristiano

Artículo publicado en la revista Església de Tarragona (noviembre-diciembre 2021 / n. 324)

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