El pasado 19 de marzo, solemnidad de San José, se inició la celebración del Año Familia Amoris Lætitia, convocado por el papa Francisco con motivo del quinto aniversario de esta exhortación apostólica postsinodal, una de las más extensas de su pontificado, que contiene una profunda reflexión sobre la alegría y la ternura del amor en el matrimonio y la familia, y que, sobre todo, anima a una necesaria revisión de la acción de la pastoral familiar que despliegan las diócesis, espoleando a las familias cristianas para que sigan siendo el ejemplo de amor y ternura auténticos que la sociedad necesita en unos momentos tan inestables como los que estamos viviendo.

La celebración de este Año es un buen motivo para profundizar pausadamente en este documento. A lo largo de este curso pastoral la Revista contribuirá a este cometido publicando un conjunto de artículos, escritos por varios colaboradores, que, capítulo a capítulo, destacarán el contenido más sustancial de esta exhortación.

Si digo que la exhortación postsinodal Amoris Laetitia, del papa Francisco, como el resto de documentos del actual pontífice, es de profundidad fuera de tamaño, no digo nada nuevo, y no insisto. En todo caso, sí que me gustaría decir que el texto, al referirse al amor que se vive en las familias, en mi opinión deja sin hacer suficiente mención de lo que el título del documento sugiere: el hecho del alegría o del gozo de amar, por lo general. Traducir Lætitia por «alegría» o por «gozo» equiparando una con la otra, me parece poco acertado, al menos según el significado que, en nuestra lengua, acostumbramos a dar a ambos sustantivos. Para nosotros la palabra «alegría» responde a la superficie de un sentimiento que sólo la palabra «gozo» describe en toda su profundidad. Dada la doctrina del documento, yo me quedaría con la palabra «gozo» o «joya». Sin embargo, lo dejo estar.

Sí, en cambio, quisiera añadir dos observaciones. La primera es que, de todas las fuentes de donde proviene el auténtico gozo y la auténtica alegría, la más importante es el amar, el amor; la segunda, que si no sentimos el gozo de amar es que no amamos lo suficiente o no amamos lo suficiente correctamente. Pienso que, al amor, podemos calificarlo de muchas maneras, pero que si, al amar, tanto en el sentido activo como en el pasivo, no nos sentimos llenos de alegría, es que el cariño, tanto el que damos como la que recibimos, es deficitaria. Y soy consciente de que hablar de cariño deficitario es hablar de algo muy normal: como seres humanos que somos, todo lo que hacemos, por grande que pueda parecer o nos lo quieran hacer creer, siempre será deficitario y, por tanto, mejorable.

Dicho esto en forma de preámbulo, paso a dar mi opinión sobre el primer capítulo de la exhortación apostólica, que habla de la fuente bíblica en la que bebe la doctrina de este documento. Y, de entrada, yo subrayaría la importancia de señalar los dos extremos que deben evitarse cuando se trata de discutir temas como los que se tratan y el mismo camino sinodal, del que el documento quiere ser el punto final. Ambos extremos son: el deseo desenfrenado de cambiarlo todo sin suficiente reflexión o fundamentación, y la actitud de resolverlo aplicando normativas generales o sacando conclusiones excesivas de algunas reflexiones teológicas. Creo que hay que agradecer que el Papa diga textualmente: «En la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero eso no impide que subsistan diferentes formas de interpretar algunos aspectos de la doctrina y algunas consecuencias que se derivan».

La primera cita bíblica tiene un destinatario concreto: «Tú y tu esposa», es decir, la pareja humana que ama y genera la vida, verdadera imagen del Dios creador y salvador, en tanto que «ayuda mutua», capaz de resolver la soledad que perturba y que no está aplacada por la proximidad de tantas cosas de las que solemos envolvernos, y capaz de generar una comunión de amor, hasta llegar a ser «una sola carne».

La segunda cita habla de los hijos como vástagos de olivo, sentados en la misma mesa, con lo que la familia, el hogar, se convierte en una iglesia doméstica y la sede de la catequesis de los hijos, aunque sin olvidar que los hijos no son una propiedad de los padres, ni una inversión para cuando éstos sean viejos.

La cita siguiente habla del camino de sufrimiento y de sangre que atraviesa muchas páginas de la Biblia: son las ansias y las tensiones que viven muchas familias; hijos que se marchan de casa para intentar alguna aventura o hijos difíciles con comportamientos inexplicables; o víctimas de la violencia. Como recuerda el Papa, Jesús no olvida la dimensión física del matrimonio, presente desde el principio cuando, con el pecado, la relación de amor y de pureza entre el hombre y la mujer se transforma en un dominio. Lo cierto es que la Palabra de Dios también se detiene e ilumina estas y otras situaciones de sufrimiento y, naturalmente, la situación de crisis de los matrimonios en riesgo de romperse.

El capítulo segundo del documento está centrado en la realidad y desafíos de las familias. El Papa dice: «Ni la sociedad en la que vivimos ni aquella hacia la que caminamos permiten la pervivencia indiscriminada de formas y modelos del pasado. Pero somos conscientes de la dirección que están tomando los cambios antropológico-culturales, por los que los individuos tienen menos apoyo que en el pasado por parte de las estructuras sociales en su vida afectiva y familiar». Y añade: «Por otra parte, hay que considerar el creciente peligro que representa un individualismo exasperado que desvirtúa los vínculos familiares y acaba por considerar a cada componente de la familia como una isla, haciendo que prime, en ciertos casos, la idea de un sujeto que se construye según sus propios  deseos asumidos con carácter absoluto. Las tensiones inducidas por una cultura individualista exagerada de la posesión y del disfrute generan dentro de las familias dinámicas de intolerancia y agresividad».

El Papa constata que, en este contexto, «el ideal matrimonial, con un compromiso de estabilidad y exclusividad, acaba siendo arrasado por las conveniencias circunstanciales o por los caprichos de la sensibilidad. Se teme la soledad, se quiere un espacio de protección y de fidelidad, pero al mismo tiempo crece el miedo a ser atrapado por una relación que pueda postergar el logro de las aspiraciones personales».

De las conclusiones que, de todo ello, saca el Papa, yo destacaría, en primer lugar, que se atreve a hablar de la necesidad de autocrítica, autocrítica porque a menudo presentamos el deber de la procreación de tal manera que queda oscurecida la finalidad fundamental del matrimonio , que es su carácter unitivo, de amor y de ayuda mutua; autocrítica también porque en ocasiones hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, lejano de la situación concreta y de las posibilidades de las familias reales; autocrítica finalmente porque nos cuesta dejar espacio a las conciencias de los fieles que muchas veces responden lo mejor posible a las exigencias del Evangelio, desarrollando su propio discernimiento ante situaciones que rompen todos los esquemas. Parece que a menudo hemos olvidado que nuestro deber de pastores consiste en formar conciencias, no en sustituirlas.

Sin embargo, el Papa recuerda que, como cristianos, no podemos renunciar a proponer el matrimonio, si no queremos privar al mundo de los valores que podemos y debemos aportar. En este sentido el Papa reclama un esfuerzo más responsable y generoso, que consiste en presentar las razones y las motivaciones para optar por el matrimonio y la familia, de modo que las personas estén mejor dispuestas a la gracia que Dios les ofrece; y añade: «Al mismo tiempo debemos ser humildes y realistas para reconocer que en ocasiones hemos presentado las convicciones cristianas de tal modo que hemos provocado lo que hoy lamentamos, especialmente cuando no sabemos evitar los excesos de idealización. Tampoco hemos hecho un buen acompañamiento de los nuevos matrimonios en sus primeros años, con propuestas que se adapten a sus horarios, lenguaje e inquietudes más fundamentales y concretas». Ni que decir tiene que esta falta de realismo, junto con nuestra poca traza a ayudar a confiar en el auxilio de la gracia, han hecho que el matrimonio, en lugar de ser atractivo, sea considerado una carga de la que conviene alejarse , cuanto más mejor.

Josep Gil i Ribas, pbro.

Artículo publicado en la revista Església de Tarragona (septiembre-octubre 2021 / n. 323)

Ús de galetes

Aquest lloc web utilitza galetes perquè tingueu la millor experiència d'usuari. Si continua navegant està donant el seu consentiment per a l'acceptació de les esmentades cookies i l'acceptació de la nostra política de cookies . ACEPTAR

Aviso de cookies