Un grito a ser misericordiosos, un clamor al discernimiento pastoral

Y llegamos al final de la lectura y reflexión de esta exhortación apostólica postsinodal que hace cinco años nos ofreció el papa Francisco. Cabe remarcar que este Papa es y será el papa de la misericordia con una gracia añadida: dice las cosas por su nombre y se hace entender sin darle muchas vueltas, aterrizando en la realidad y en la experiencia.

Lo que encontramos en estos dos últimos capítulos de la Exhortación me hace pensar que lo primero que hay que hacer si queremos ser fieles al Evangelio es mirar a nuestro interior y vislumbrar el entorno más cercano. A menudo sabemos tan bien la «doctrina» que queremos aplicarla sin aterrizarla en nuestra humanidad. Esa humanidad que ama y quiere amar más, pero que a menudo, o con demasiada frecuencia, juzga sin miramientos y la pifia rápidamente. Me gusta decir que en las mejores familias pasan cosas y que torres más altas hemos visto caer y van cayendo y el Señor nos debe guardar de caer y juzgar, debemos pedirle y aplicarlo en nuestra pastoral cotidiana . Que hay cosas que no pueden ser, evidentemente, pero antes de hundir, es necesario acompañar. Dolo mucho ver cómo a menudo se aplica la ley o la norma a quienes nos rodean mientras en la propia vida hay agujeros oscuros que deberían hacernos más compasivos, pero o los escondemos o prescindimos, en cambio si en nuestra fragilidad pudiéramos entender la de los demás, seríamos más hermanos, más según el corazón de Dios.

Acompañar, discernir e integrar la fragilidad (Capítulo octavo)

Así pues, el capítulo octavo es un grito en ser misericordiosos, un clamor al discernimiento pastoral. Siempre he pensado que si Dios se encarnó es para hacernos entender qué hacer o mejor dicho, cómo ser. Y Francisco lo resume en tres verbos: “Acompañar, discernir e integrar” la fragilidad humana”.

No es un capítulo sencillo, porque está claro que hay situaciones en la vida de las personas que no responden a lo que el Señor nos propone vivir, a lo que nos hace plenamente humanos. La fragilidad existe y por eso el papa Francisco habla a menudo de la labor de la Iglesia como un hospital de campaña. Esto inexorablemente nos lleva a la necesidad de curar, hacer compañía, escuchar…

La Exhortación confirma sin duda alguna qué es un matrimonio cristiano y muestra una serie de preocupaciones de cómo mucha gente hoy, especialmente los jóvenes, desconfían del matrimonio, postergando el compromiso conyugal, y añadiría que muchos otros compromisos. No se ahorra decir que hay formas de unión que contradicen el ideal del matrimonio cristiano, pero reconoce que algunas lo realizan de forma parcial y análoga. Insiste, y al final es lo que nos llevaremos al otro mundo, al reconocer los signos de amor que reflejan el amor de Dios en algunas de estas situaciones no ideales.

De ahí la gran importancia del discernimiento, este ejercicio que nos permite analizar ciertas situaciones evitando juicios que no contemplen la complejidad de lo que aquellas personas viven o han vivido. No es cuestión de marginar, sino de integrar, puesto que, como bien dice el Papa, el camino de la Iglesia es el camino de Jesús, el de la misericordia y la integración. La lógica del Evangelio es la no condenación, es tender la mano y acompañar.

Que no ocurra que añadamos más cargas a los que ya sufren, o confirmamos sin querer lo que algunos ya piensan: que Dios no los ama. A menudo me encuentro a jóvenes en la universidad que afirman categóricamente que Dios no los ama porque han hecho o hacen o viven de tal modo, y está claro que lo que han captado de nosotros es bien equivoco, porque la esencia de Dios es amar y acoger . Como dice Francisco «la lógica de la integración es la clave de su acompañamiento pastoral, para que no sólo sepan que pertenecen al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, sino que puedan tener una gozosa y fecunda experiencia».

Francisco abre puertas, no es cuestión de tergiversar la norma, ni pensar en disminuir las exigencias del Evangelio, pero, como afirma el obispo de Roma, sentirnos satisfechos porque aplicamos bien la ley ante situaciones «irregulares» es lanzar piedras sobre la vida de las personas. Y esto lo que demuestra es un corazón cerrado y como decía al inicio, poco nos debemos de haber mirado o analizado a nosotros mismos y el entorno cercano, familiar o comunitario.

Esto no debe llevarnos a renunciar al ideal pleno del matrimonio, ni el Papa quiere una nueva normativa canónica, sobre todo ante la cantidad de situaciones concretas, pero debemos abrirnos al discernimiento.

No todos los casos son iguales ni la responsabilidad es la misma, y ​​hay quien sufre mucho. Citando a santo Tomás de Aquino en relación a las normas y el discernimiento, nos presta atención a que la norma no se puede desatender pero no puede en modo alguno abrazar todas las situaciones particulares, de ahí la importancia del discernimiento pastoral y particular , al igual que la conclusión que surge en un caso, no puede convertirse en norma por otro.

En relación con quienes se han divorciado y se han vuelto a casar civilmente, el Papa insiste en que sean integrados en la comunidad cristiana en las diversas formas posibles y en diferentes servicios eclesiales. Integrarlos es clave para la educación cristiana de sus hijos, los verdaderamente importantes y futuro de la Iglesia.

En resumen, el capítulo octavo es una llamada clara y concisa a no poner condiciones a la misericordia de Dios, como si nosotros supiéramos más que el Omnipotente. A no hacer «moral de escritorio» sino de calle, porque acompañar, perdonar, escuchar y sobre todo integrar es vivir según el Evangelio, sin aguarlo.

Espiritualidad matrimonial y familiar (Capítulo noveno)

El capítulo noveno es el último de esta Exhortación del papa Francisco publicada en 2016 y dedicada a la alegría y la ternura del amor en el matrimonio y la familia, pero sobre todo es un llamamiento a la pastoral de la misericordia.

Aterriza en la espiritualidad del amor familiar, hecho de miles de gestos reales y concretos. Es, en mi opinión, un capítulo muy profundo y bonito, que sigue integrando, no hace parcelas en la vida o espacios estancos uno del otro sino que deja muy claro que la vida familiar con sus preocupaciones no debe ser ajena a la vida espiritual. Afirma que «la Trinidad está presente en el templo de la comunión matrimonial». La vida de familia es un camino que el Señor utiliza para acercarnos.

Me parece sublime como con palabras entendedoras y frases bien ligadas, Francisco explica la presencia del Resucitado en el seno de la familia, con todos sus sufrimientos, luchas, alegrías y propósitos diarios. Como a partir de la cotidianidad de la vida, que a veces está llena de dolor y angustia, nos unimos a la Cruz de Cristo.

Insiste en la oración en familia, algo que cuesta ya menudo se pierde por la vida frenética de hoy en día, pero sólo hay que encontrar unos minutos al día para estar unidos delante del Señor y decirle, contarle, lo que nos preocupa y agradecer las cosas buenas de la vida. Pedir a María, la Virgen María, Madre de Misericordia, como le cantamos en Reus, que nos mire con ojos de amor y si ella nos mira con ojos de amor, por qué nosotros no lo hacemos también con todos los que nos rodean o se nos acercan? Como destaca Francisco «es una profunda experiencia espiritual contemplar a cada ser amado con los ojos de Dios y reconocer a Cristo en él». La fuerza se encuentra en la Eucaristía, es la forma de vivir cada día «la alianza matrimonial como Iglesia doméstica».

Los esposos en el anhelo de envejecer juntos reflejan la fidelidad de Dios. Es un volver a empezar todos los días, confiando en que nunca están solos y que el Señor nunca los deja. Hay que echar el miedo y entonces el amor crece y libera, sobre todo para comprender que el otro no es suyo, sino que el único amo y único señor es el Dios del amor. Dios es el fiel y es necesario pedir al Espíritu Santo esta fidelidad en cada opción de vida.

Este capítulo acaba dejando muy claro cómo «la vida en pareja es una participación en la obra fecunda de Dios» y como «ninguna familia es una realidad confeccionada de una vez por todas, sino que requiere una maduración de su capacidad de ‘amar’. Siempre en camino y nunca desesperar de las propias limitaciones, es necesario luchar y pedir la fuerza para buscar «la plenitud de amor y de comunión que se nos ha prometido».

Ahora en este nuevo camino de sinodalidad emprendido por el papa Francisco hay que ayudarnos a integrar a todos en la Iglesia, y las familias son clave para esta nueva manera de andar valiente, atrevida, y que a menudo se queda en palabras; pero ahora lo necesario son hechos. Todos estamos llamados a sentarse en torno a la mesa del Señor y los matrimonios como comunidad de vida y amor, en palabras del concilio Vaticano II, tienen una tarea y una responsabilidad muy grande para con el futuro de la Iglesia.

Finalmente, la Exhortación acaba con una oración en la Sagrada Família, que vale la pena transcribir y que puede ser una ayuda para dedicar un momento a la oración en familia:

Jesús, María y José
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.
Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas iglesias domésticas.
Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.
Santa Familia de Nazaret,
haz tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.
Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica.
Amén.

Sor Gemma Morató i Sendra,
Dominica de la Presentación

Artículo publicado en la revista Església de Tarragona (marzo-abril de 2022 / n. 325)

Ús de galetes

Aquest lloc web utilitza galetes perquè tingueu la millor experiència d'usuari. Si continua navegant està donant el seu consentiment per a l'acceptació de les esmentades cookies i l'acceptació de la nostra política de cookies . ACEPTAR

Aviso de cookies