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Hace tiempo que los aplausos salieron de los teatros, los espectáculos, de las cortes palaciegas y de los parlamentos agradecidos. Aquello, que tradicionalmente era un reconocimiento de las habilidades artísticas, o homenaje ante la autoridad encarnada en una persona o de forma colegiada en más de una, ha ido invadiendo otros espacios. Aplaudimos aun cuando muere alguien, cuando la muerte se produce en determinadas circunstancias, o consideramos singulares los difuntos. Nada, ni nadie, no ha podido escapar de los aplausos. Aplaudimos en las iglesias, en los lugares de trabajo, por las calles.

En todo el mundo, últimamente, aplaudimos a los que luchan en primera línea contra la pandemia. Los doctores y doctoras, enfermeras y enfermeros, auxiliares sanitarios, personal de limpieza o de administración. Cada tarde, puntualmente, desde ventanas y balcones. Aplaudimos también a otras personas, que con su continuado servicio hacen más cómodo nuestro confinamiento: policías, bomberos, personal de emergencias y protección civil … Hemos olvidado a otros, que seguramente no hemos valorado como debíamos. No estaban en la lista de los imprescindibles: carniceras, panaderos, pescaderas, farmacéuticas, basureros, trabajadores de los supermercados, aquellos jóvenes que, en bici o moto, llevan a domicilio todo tipo de paquetes, algunos francamente innecesarios. Los aplaudimos porque les estamos agradecidos. Reconocemos su esfuerzo, voluntad y sacrificio. Y, por último, quizás, también a sus familias.

El aplauso expresa reconocimiento, pero también la alegría contenida. La impotencia, la perplejidad, el desconsuelo, el dolor y la muerte se apoderan de la vida de muchas personas y familias. Aplaudimos también cuando alguien vence la enfermedad, cuando sale de la UCI, cuando abandona el hospital. Experimentamos entonces una alegría profunda, pero sobre todo solidaria. Aplaudiendo a los enfermos que se han recuperado, no olvidamos a los que han muerto. Movidos por la esperanza deseamos el restablecimiento de los que todavía sufren. La alegría, pues, como una flor de primavera, mira de florecer dentro de unos corazones agobiados, doloridos, inquietos y cansados. Sin embargo, hay quien dice: menos aplausos y más recursos públicos destinados a la sanidad y la investigación. Ahora, todo el mundo se siente solidario, sobre todo de los sanitarios, pero cuando la tormenta pase, ¿exigiremos dotaciones presupuestarias adecuadas? El interés y preocupación, que demostramos hoy por la sanidad y los sanitarios, ¿lo expresaremos correcta y racionalmente después de la pandemia? ¿Un jarro de agua fría sobre nuestros cálidos y espontáneos aplausos? Quiero creer que no. Más bien, un recordatorio. Es necesario establecer prioridades. Y la salud, lo hemos experimentado en todo el planeta, es, cuando menos, una de las primeras.

La Pascua está aquí. Jesús ha vencido el pecado y la muerte. La Vida, como la primavera, explota por doquier. La Vida, que se ha impuesto definitivamente a la muerte, genera necesariamente alegría. Una alegría profunda, contagiosa y duradera. Jesús vive. Es una muestra de aquello que esperamos, pero que ya se ha manifestado en Cristo. Así lo cree Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; […] Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom 8,35.37-39). ¿Nada ni nadie nos la quitará? Jesús lo asegura a los discípulos: «y nadie os quitará vuestra alegría» (Jn 16,22).

Manuel Maria Fuentes i Gasó, pbro.

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