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Hay ocasiones en la vida que no se pueden perder y ésta era una: la posibilidad de hacer los tres juntos una experiencia misionera o de cooperación. Dedicar casi un mes entero (y toda la preparación previa con el resto de componentes durante los meses previos) al servicio de aquellos a quienes antes de conocer ya queríamos: los niños y niñas que participarían del Campo de verano organizado por la ONG Manyanet Solidario en la escuela San Joseph de Yaundé (Camerún), escuela que está bajo la dirección del misionero reusense, el P. José María Juanpere y que junto con el padre Emilio Berbel (responsable de la formación de los aspirantes de la Sagrada Familia y del Campo de trabajo propiamente) hacen posible que se lleve a cabo esta experiencia de misión-cooperación.

Han sido 24 días en los que el sol no ha lucido casi nunca pero en los que las experiencias vividas han aportado luminosidad.

Las mañanas las hemos dedicado a preparar diferentes actividades con los niños (niños de la misma escuela, o del barrio o del orfanato). El inicio del día era la oración conjunta con todos ellos y el canto del himno que los aspirantes habían preparado y, a partir de ese momento, a disfrutar del baile, del deporte, de todo lo que fuera… y escuchar continuamente cómo nos reclamaban. Tenían una forma preciosa y muy familiar de dirigirse a nosotros que cada vez que lo recordamos nos emociona todavía. Aquí reclamamos la atención del profesor gritando: «profe Juan»… Allí es el término que traducido viene a significar: padrino o madrina: «tantine Maria o Mar, tonton Paz». Gracias al inglés nos hemos podido entender con la mayoría; pero ha habido un lenguaje universal que ha traspasado fronteras y corazones dolidos, y ha sido el lenguaje del amor, del abrazo y de la caricia, de la risa y del lloro.

Una de las experiencias que también queremos compartir ha sido la posibilidad de conocer a los niños apadrinados y sus familias que Manyanet Solidario gestiona en Yaoundé. Ver sus condiciones de vida (vivienda), de salud…, tan de cerca, nos ha captado muchísimo porque viven en la mayoría de ocasiones en condiciones terribles. Y aún así cada visita que hacíamos por grupos en su casa eran generosos con nosotros, dándonos comida o bebida o regalos… y el corazón se nos encogía porque hemos vivido como «aquel que menos tiene es el que más da».

Una mañana conocimos otra cruda realidad y es la de los chicos de la calle. Visitamos un centro de menores donde un misionero español, con la ayuda de voluntarios, gestiona un espacio donde los chicos de la calle, los sin techo, pueden ir a darse una ducha diaria y poder tener un plato de comida dos veces por semana. La dureza de su vida no sólo se reflejaba en su mirada y en su actitud sino incluso en su piel: heridas, golpes… Fue muy impactante. Y no podemos olvidar la visita al dispensario que teníamos cerca de la escuela, donde una de las cooperantes, Lourdes, realizó tareas de enfermería. En qué condiciones tan básicas, por no decir precarias, se cuida de la vida y de la salud!

Es cierto que también hemos podido hacer un poco de turismo, durante los fines de semana; conocer el entorno de los cameruneses es importante para descubrir sus realidades y su manera de entender la vida.

Veinticuatro días han sido pocos para nosotros. Hemos vuelto con las manos y los corazones llenos… No sabemos si hemos hecho mucho por ellos pero ellos por nosotros sí. Y es que han dejado de ser extraños para ser nuestros hermanos. Santa Edith Stein decía que «para los cristianos no existen los hombres extraños. Nuestro hermano es todo aquel que tenemos ante nosotros y que tiene necesidad de nosotros» y así lo hemos vivido. Ahora bien, quien tenía más necesidad, ¿ellos o nosotros?

Maria i Pau Melero, i M. del Mar Cugat
Tarragona

 

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